Tres amigos a los que quiero mucho

Hay en el medio periodístico una verdadera psicosis, por lo menos en algunos sectores, que desesperados por recibirse de periodistas independientes andan escondidos detrás de los árboles buscando a un gobernante del Frente Amplio corrupto. En algunos casos son alentados por los propietarios de los medios de comunicación, en otros no.

Algunos de esos cazacorruptos son o fueron votantes de la izquierda, que no se sentirán tranquilos hasta que el desgraciado caiga. Dentro de esos «sospechosos» hay tres personas que creo conocer muy bien y como estoy cansado de escribir sobre amigos que se mueren, escribo de amigos que están vivos y peleando.

 

Rossi

A Víctor Rossi, ministro de Transporte y Obras Públicas, le tienen ganas desde hace tiempo. Primero sembraron dudas sobre los contratos con Buquebús y ahora con el proceso capitalización de Pluna. En los dos casos no hubo sola prueba de nada, pero las interrogantes circularon a toda velocidad por los medios de prensa.

Hicieron lo mismo que aquella vecina que codeaba a la otra cuando veía salir al vecino, todos los días con un hombre joven y apuesto. De tanto codazo y de tantos secreteos, del hombre desconfiaban todos en el barrio, hasta que en un día supieron que era el hijo mayor que estaba de visita en el país, porque residía en Estados Unidos. Fue así que todos se equivocaron, pero al pobre tipo le quedó la mácula de que era algo rarito.

Con el asunto de Buquebús pasó algo de eso. Nadie pudo comprobar una sola irregularidad, pero lograron enlodar al ministro. ¿Por algo lo dijo la televisión, sabe? Luego inventaron lo de Pluna: ¿quiénes serán los próximos dueños privados? ¿por qué no dicen todos los nombres?

Con Rossi se equivocaron. Lo conozco desde hace mucho tiempo. Jugando al basquetbol, en los campeonatos departamentales de Canelones, era malo como un saldo. Malo técnicamente pero más malo de carácter (mejor no entro en anécdotas). Luego fue empleado bancario, bolichero, clandestino, preso político torturado, guarda de ómnibus, dirigente de la CNT y del Pit-Cnt, director de un diario, administrador de otro, director de la Intendencia de Montevideo, diputado y ministro.

Es de los que no usa auto oficial, no sólo por no generarle gastos al Estado sino también porque no soporta tener chofer. Eso de que lo lleven, no es de su agrado.

Es de una inteligencia muy particular, especialmente para los números, pero además cuando estudia algo nuevo lo aprende en un ratito. Vive a pocos metros del Viaducto de Paso Molino. La misma casa, sencilla, modesta, cómoda. La de siempre.

 

Lev

Es otro de los duros. Lo tuve de adversario en la década del 60 y confieso que era insoportable. Fue uno de nuestra generación y el que más duró durante la clandestinidad. Disciplinado, valiente e inteligente. Un día me citó, mediante un chasque, a un apartamento en Pocitos. Fue en 1975. Fui, esperé cinco minutos y rajé de inmediato. Al otro día volvió el chasque: «Dice León que antes de ir a un lugar hay que leer las policiales y si la zona es peligrosa no hay que ir». Razones tenía: dos niños polacos habían sido secuestrados de ese edificio donde estaba el apartamento. Los dos tipos que estaban abajo, eran tiras. Desde ese día lo primero que leo son las páginas policiales.

Fue estudiante de Ciencias Económicas, funcionario del Banco Central, militante clandestino y vencedor, una y mil veces, de las peores torturas. Diputado aguerrido. Hoy es el director de la Ursec.

Era de los dirigentes clandestinos que generaban confianza. Cuando la dictadura echó a Hugo Villar del Hospital de Clínicas, se me apersonó: «¿Qué vas a hacer con esta situación?». «Está difícil» le dije, «la gente está desmovilizada». «A Villar no lo pueden echar, sin que pase nada», me dijo. Le entendí: a los dos días la UJC de Medicina dio vuelta el Hospital de Clínicas y la Facultad de Medicina.

Sigue viviendo en su propia casa, muy próximo al Zoológico. La de siempre. Se traslada en su propio auto, su único pecado fue querer democratizar la televisión en nuestro país, aumentando la competencia. Por ello blancos y colorados se lanzaron contra él para hacer creer que estaba favoreciendo al grupo Clarín. ¿Es que el monopolio crujía y hacía agua?

 

De los Santos

Muy pocos me creen cuando digo que con Oscar de los Santos, «El Flaco», debemos de haber hablado solo cinco seis veces y no más de tres horas. De entrada te impacta, no sólo por la forma afectuosa de tratar a los demás, sino porque transmite confianza, firmeza y una particular forma de analizar y ver la política. A los pocos minutos te preguntás cómo ese muchacho de cuna humilde, obrero de la construcción, dirigente del Sunca, edil, diputado por pocos meses y ahora intendente, aprendió a construir política desde el llano y a elaborar un discurso moderno, democrático y de cambio.

«El Flaco» es especialista en dialogar y en negociar. Eso lo aprendió en medio de las grandes huelgas obreras de Maldonado, que supo encabezar.

A este hombre lo ponen en duda sus adversarios, unos pocos correligionarios y algunos periodistas. «¿Quién está detrás de Satenil? ¿quiénes son sus accionistas?» preguntan a coro, con la esperanza de que entre los accionistas de esa empresa publicitaria haya alguno de sus amigos o empresarios del FA.

Vive en su casa de siempre en San Carlos, me han dicho que con una pequeña ampliación, hizo la locura de no quedarse con el sueldo completo y está donando 100 mil pesos por mes para la Universidad de la República en Maldonado. Hace unos meses vino a un acto de la 738 en Montevideo, durante la campaña de las elecciones internas, pero lo hizo en ómnibus. También volvió en ómnibus.

Si con esta columna rompo con ese reclamo de independencia que han construido los teóricos de la derecha sobre el papel de los comunicadores, que ha llevado al ocultamientos de los afectos de los periodistas de izquierda, es porque esos «independientes» han desatado una verdadera campaña contra estos tres amigos, que son de piel dura. Y ante ello me he preguntado: «Si los ‘independientes’ pueden ofender y ser sembradores de dudas, ¿por qué yo no puedo decir quiénes son?». Si no lo hago, «¿no estaré colaborando, por la vía de la omisión, con esa campaña vil?». Por eso he roto el silencio. Como ellos hay mucha gente en el FA y en los partidos tradicionales, en todos los sectores de la sociedad. Pero el tema es que estos son mis amigos. Y los quiero mucho. *

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