Homónimo no es lo mismo que homólogo
Confieso que quedé desacomodado cuando leí la información siguiente:
«Después de tres décadas se reunieron el presidente sirio y su homónimo iraquí». Ignoraba que hubiera un iraquí que se llamara Bachar Al Assad, igual que el presidente sirio, y además me pareció bastante menor el hecho de que un presidente se reuniera con un tocayo. Pero en fin, hay para todos los gustos. Podría suceder que el novel presidente ecuatoriano buscara reunirse con un ignoto uruguayo llamado, como él, Rafael Correa.
Pero resulta que, leyendo la información de marras, me encuentro con que no se reunió con un iraquí llamado Bachar Al Assad sino con el presidente de Irak, que se llama Jalal Talabani. Y entonces, ¿dónde está la homonimia? Como el lector habrá adivinado, se quiso decir homólogo y no homónimo.
Sobre la palabra homónimo nos ilustra el diccionario: «Dícese de dos o más personas que llevan un mismo nombre. Dícese de las palabras que siendo iguales por su forma tienen distinta significación». Ejemplos de personas tocayas tenemos unos cuantos. Veamos; coincidentes en nombre de pila: Saravia y Larrañaga (los dos Jorge); en apellido: Eleuterio y Gonzalo (Fernández para ambos, el senador y el secretario de la Presidencia) o Daniel y Pablo García Pintos (neoforzudo colorado el uno y blanco lacallista el otro); y tenemos homonimia completa con la esposa de Kirchner y la de Washington Carrasco: las dos se llaman Cristina Fernández.
Y en cuanto a las palabras comunes, abundan los ejemplos de homonimia: sargento (grado militar) y sargento de la vid; pantalla para opacar la luz y pantalla del cinematógrafo. No confundir homónimo con sinónimo, que viene a ser al revés: palabras diferentes por grafía y sonido pero con el mismo significado: muro y pared.
Pero existen también los homófonos, palabras con distinto significado y grafía diferente pero que suenan igual al oído, como baca y vaca, bello y vello o halla, haya y aya. Tampoco confundir con los parónimos, palabras muy parecidas pero de significado diferente y con pequeñas diferencias formales, como infringir e infligir, por ejemplo. Están también los antónimos, palabras de significados opuestos, como verdad y mentira.
Parece claro, pues, que en el enunciado en cuestión se debería haber dicho que el presidente sirio se reunió con su homólogo iraquí, puesto que este adjetivo se aplica a la «persona que ejerce un cargo igual al de otra en ámbitos distintos».
–Y diga, Mendieta, ¿el antónimo vendría a ser heterólogo?
–¡Qué hombre culto, qué lo parió! *
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