Carlos "Chacho" Alvarez deja el gobierno enaltecido

n medio de una serie de cambios en la composición del gabinete y cuando aún no han cesado las actuaciones en torno al escándalo de la corrupción en el Senado, Carlos Alvarez acaba de dejar su cargo de vicepresidente de la República Argentina

La trayectoria del dirigente político argentino, su actuación como senador, enfrentando con coraje y con constancia la corrupción de sus colegas es de sumo interés para los uruguayos, particularmente para los que, como Alvarez están movidos por anhelos progresistas y luchan por la profundización de la democracia y por el cambio.

Carlos Alvarez, un dirigente que se forma en el peronismo, lidera desde los 80, un sector de izquierda, integrado por un núcleo calificado de legisladores jóvenes y capaces.

Escindido del peronismo oficial, donde percibe que ya no es posible impulsar una política popular y progresista, Alvarez participa de la creación del Frente País Solidario (Frepaso), una formación de izquierda fermental e innovadora en la política argentina.

Consigue extender ampliamente la organización, que rápidamente se convierte en un partido de masas, con un apoyo popular como hace mucho tiempo que no existía en la izquierda argentina.

El año pasado el proceso de gestación de nuevas alianzas conduce a Alvarez y al Frepaso a una nueva propuesta, también políticamente innovadora, ideológicamente desafiante: la alianza con la centrista y tradicional Unión Cívica Radical, el partido histórico de los sectores medios argentinos fundado en las primeras décadas del siglo XX por Hipólito Yrigoyen.

La confluencia con la Unión Cívica, liderada por Alfonsín y Fernando de la Rúa, y la constitución de la Alianza abrió camino para la derrota electoral del menemismo, sentido por amplios sectores de argentinos como el símbolo mismo de la corrupción y el desgobierno.

En su gestión, el vicepresidente Alvarez reveló sensibilidad ante la ciudadanía, lealtad a los principios éticos de la gestión política y lealtad, también, al mandato electoral de esa ciudadanía.

En las últimas semanas, como presidente del Senado se enfrentó con energía a uno de los peores escándalos de la historia política argentina: el soborno a un importante número de senadores, mayoritariamente del Partido Justicialista, para que dieran su conformidad con una nueva polémica legislación laboral apuntada a la desregulación.

Surgida la denuncia, Alvarez desarrolla su titánica lucha contra el ocultamiento, la impunidad y el cinismo político.

Percibe claramente que el prestigio del gobierno y de la democracia en la Argentina depende en gran medida de la resolución favorable de la crisis y el desplazamiento de los corruptos.

De los que se dejaron sobornar, y de los que sobornaron.

La presión del «statu quo» situacionista se alzó contra Carlos Alvarez.

Al hombre que clamaba por la decencia se lo pretendió acusar de desestabilizador.

En medio de las tensiones del gobierno de la Alianza, el día jueves el Presidente Fernando de la Rúa realiza un movimiento destinado a reorganizar el gabinete y reafirmar su gravitación en el Poder Ejecutivo.

Para Carlos «Chacho» Alvarez los cambios promovidos por el Presidente significaban la adopción de una línea de acción política que no era la que él venía impulsando.

Sintió que, de un modo u otro, se desautorizaba su lucha contra la corrupción y su convicción profunda de que sin una limpieza a fondo, caiga quien caiga, es muy difícil que la democracia argentina, y el gobierno de la Alianza, no pierdan credibilidad ante la ciudadanía.

Entonces, en una actitud poco frecuente en los ámbitos dominados por los políticos profesionales, Carlos Alvarez decide renunciar a su cargo.

La decisión impacta por su contundencia, por la limpieza de sus aristas: hay corrupción, se juega contra ella. No encuentra respaldo en su gobierno, se va.

Sólo de tanto en tanto los sistemas políticos, normalmente destinados a engordar las cáscaras que insensibilizan a sus agentes burocráticos, generan actitudes de este tipo; sanas, claras, transparentes y acordes con el sentir de la gente que los eligió.

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