Adiós Chino

Si al Chino Barrett Díaz lo hubieran dejado hablarle a la muerte, hacerle un discurso de barricada, la hubiera convencido. Fue el mejor orador que conocí del movimiento estudiantil uruguayo de su época, y uno de los mejores de toda la izquierda. No sólo y principalmente por cómo hablaba, por la voz, sino porque sabía lo que quería decir y te llegaba a la mente y al corazón.

Cuando había que hablar en algún momento crucial para el país y para la Feuu elegían al Chino. Sabía interpretarnos, sacarnos de cualquier modorra y ponernos en movimiento. Y todos éramos exigentes, críticos, no nos conformábamos fácilmente. Es que el Chino, además de hablar, estaba. Si había que salir a la calle, si había que hacerle frente a la Policía brava, si te dabas vuelta en los alrededores de una manifestación estudiantil ­en particular si era en las proximidades de su facultad­, seguro que te encontrabas con Barrett Díaz. Tenía labia y tenía de lo otro, y sobre todo, tenía ideas.

Fue dirigente estudiantil, secretario general de la Feuu en una época de grandes cuadros, de militantes brillantes de la Federación como el flaco Bazzano, el colorado Echave, Errandonea, Cremanti, el flaco Méndez, Mauricio Gatti, Jorge Lanzaro, César Aguiar y de muchos otros que ahora no recuerdo. Yo tenía unos años menos y era dirigente de secundaria, de la Cesu, pero recuerdo perfectamente los federales de la Feuu en las facultades, o en los diversos locales que tuvo la Federación. Aprendí y me divertí mucho. En el mejor sentido de la palabra, compartí la experiencia de quedarme horas escuchando debates ácidos, punzantes y sobre todo con principios, con valores e inteligentes, de nivel. Todos teníamos pocos años y, sobre todo, muchos sueños y objetivos.

En las asambleas de Medicina, de su AEM, era un polemista formidable; no malgastaba una palabra, sus ideas eran como jabalinas que cruzaban el salón y se clavaban en el centro del debate. Estábamos todos del mismo lado, pero…teníamos diferencias profun- das, y no las ocultábamos, no las malgastábamos, eran parte de nuestra pasión, de nuestra lucha y de nuestra identidad. Y no aceptábamos simplificar las cosas, hacerlas cómodas. Éramos jóvenes, serios y apasionados en nuestras decisiones. Y no éramos de izquierda porque éramos jóvenes, lo seguimos siendo, hasta el final. Es bueno recordarlo en estos tiempos, donde algunos desertan amparados en la edad.

Decir que el Chino era serio es complejo. Barrett Díaz tenía un humor ácido, incisivo, que nunca sabíamos hasta dónde llegaba; le daba condimento a las reuniones, las serias y las otras, las políticas, las gremiales y las del Sportman, del Alcalá o en el boliche de la esquina del Comité Universitario. El Chino fue también dirigente de la UJC, de la Juventud Comunista, en la época de Walter Sanseviero, del Pepe Massera y no voy a nombrar a los vivos para no olvidarme de ninguno. Y sus ideas, su pasión, no le impedían ser irreverente, al contrario. Fue el mejor imitador de Arismendi que conocí. El flaco un día lo encontró haciendo su imitación en el salón Marash y lo abrazó, creo que era el año 1963. Hasta se acomodaba el saco con el antebrazo izquierdo, como hacía sistemáticamente Arismendi, y no por coquetería.

Fuimos juntos a Cuba en 1966, a la Conferencia Latinoamericana de Estudiantes, cuando se fundó la Oclae. Viajamos con otros tres compañeros, Mauricio, Pilo y Jorge de la Feuu y yo por la Cesu. En el largo e increíble viaje pasamos por Praga, el recorrido era digno de Marco Polo: Montevideo, Río de Janeiro, Liberia, Zurich, Praga. Dos días en la capital de Checoslovaquia y de nuevo Praga, Shanon, Gander y La Habana, en unos aviones Electra que se parecían bastante a una batidora volante.

En Praga ­dos años antes de la primavera y de la invasión­ el socialismo real nos pegó en el medio de la trompa. Cambio negro de moneda y nadie que no fueran los funcionarios ­que conocimos pocos­ que defendieran el régimen. Una vez con el Chino casi nos agarramos a trompadas con un sorprendido cambista negro, en la avenida San Wenceslao. Nosotros defendiendo la pureza de la legalidad socialista… Nos deslumbramos también con la belleza de Praga, de su arquitectura y de sus mujeres. Y nos fuimos pa´Cuba. Menos mal, porque el impacto con el socialismo europeo había sido cruel. Nos encontramos con la revolución en pañales, con toda su soberbia y su pasión reventando por los cuatro costados. Con millones de cubanos y cubanas en las calles, en las facultades, en todos lados. Muchos se ofrecían para venir a combatir a Uruguay… Nos descolocaban.

Una Cuba con posiciones muy radicales, con un discurso de Fidel en el acto del 26 de julio, en una plaza tan llena como nunca habíamos visto, con posiciones bastante distantes de las de nuestro partido. Nuestros compañeros de delegación, que eran de otras posiciones, la gozaron. Pero, sobre todo, éramos uruguayos y cuando llegó el momento no nos costó nada actuar todos juntos. De todas maneras, fue una experiencia inolvidable. Dejo las anécdotas de las imitaciones del Chino en Cuba para mis mejores recuerdos del humor político.

El debate en la Oclae fue de rompe y raja, se mezclaban cuestiones estudiantiles con temas estrictamente políticos, como las vías de la revolución. Me acuerdo de la delegación de Venezuela hablando desde la tribuna y blandiendo una subametralladora. Aplausos atronadores de la tribuna. Y también los «chinos», los otros «chinos» de la Universidad de San Marcos, Perú, que concursaban para ser los más radicales de los radicales. La Feuu tenía una gran historia, una fuerte tradición unitaria y sabía ocupar su lugar, así que los cuatro ­con posiciones políticas diferentes y yo como estudiante de secundaria­ nos movimos juntos, apretados, y fortalecimos la imagen del movimiento estudiantil uruguayo y nos hicimos bastante amigos.

El Chino también en esa sede se mandó un formidable discurso, y a pesar del ambiente, de las hinchadas, de las presiones, reflejó las posiciones de la Feuu y del movimiento estudiantil uruguayo perfectamente y con pasión. Porque sobre todo tenía claro lo que quería y sabía decirlo. Y además, tenía la valentía de hacerlo, con la Policía sitiando a su facultad o con la hinchada en contra. Era valiente, física, intelectual y políticamente. Y lo demostró toda su vida.

Se estaba muriendo, él era médico y lo sabía perfectamente, pero siguió en el barco, en su querido barco del sindicalismo médico, del SMU, del Casmu y de la Fosalba. Estaba en las penúltimas en el Hospital Italiano de Buenos Aires y llamaba por teléfono para seguir la situación del Casmu. En medio de otros conflictos, de agresiones e insultos, le ponía la cara, enfrentaba los problemas.

En esta época en la cual el sindicalismo médico se expresa en asambleas de veinte personas, cuyo único objetivo es mantener el multiempleo y tener las mayores ventajas posibles con el menor esfuerzo, el Chino seguía levantando las mejores banderas del SMU. Y lo digo y lo subrayo. El Chino seguía peleando su impar batalla por la mejor historia del Sindicato Médico, de esa gran institución que tuvo tanto que ver con la lucha democrática, con la recuperación y la salida de la dictadura. Siguió combatiendo hasta el final su batalla por la vida, por su vida, posiblemente más allá de lo posible y siguió defendiendo su visión del mejor sindicalismo universitario y médico. Los que lo han reducido a los zócalos del corporativismo actual, algún día ­aunque no estoy seguro­ se darán cuenta de qué enorme costo tendrá para la sociedad uruguaya este proceso de degradación.

No nos veíamos mucho últimamente. Lo recuerdo en su discurso en un acto recordando a otro médico, Manuel Liberoff. Me llegó al corazón, habló de sus méritos como gremialista, como luchador por la enseñanza y de su condición de comunista, porque el Chino no se guardaba nada, no andaba con atajos y miserias.

No sé si llorarlo o recordarlo con ese humor
negro y terrible que nos ayudó a todos a ser más humanos. *

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