El resurgimiento de las utopías
Nostálgicos de las utopías, anclados en el pasado, amarrados a postulados obsoletos, faltos de realismo y de pragmatismo, y un sinfín de calificativos que apuntan a descalificar a quienes tienen la osadía y el mal gusto de volver a levantar viejas banderas de la izquierda, se han oído por estos días.
¿Cuál es la razón de este recrudecimiento de ataques virulentos que no demuestran otra cosa que la alarma de las clases conservadoras?
Ciertos hechos ocurridos en América Latina en los últimos días han inquietado a la derecha. Veamos. Primeramente, el encuentro del XIII Foro de San Pablo, una instancia de reflexión y de análisis de los partidos de izquierda en busca de alternativas al modelo neoliberal, no es una noticia grata para las clases dominantes. En segundo lugar, el discurso de asunción de Hugo Chávez para un nuevo mandato en Venezuela tiene que haber disgustado profundamente a la clase conservadora venezolana, alarmada por la perspecitva de ir perdiendo parcelas de poder, y a las fuerzas reaccionarias del resto de América Latina y del mundo. ¿Cómo es posible que alguien se atreva a proponer el socialismo como meta? Y por último, en el pequeño Ecuador, otro hombre de izquierda acaba de asumir la primera magistratura. Y aunque no es un militar mulato como Chávez ni un sindicalista mestizo como Evo Morales sino un pulcro economista, su alineamiento con las posturas radicales de estos últimos no augura un futuro color de rosa para los intereses de los amos del mundo.
Cierto es que el desplome –o la implosión– del bloque soviético y su «socialismo real» fue convenientemente aprovechado por los ideólogos de la derecha para instalar en el inconsciente colectivo la idea del fracaso del marxismo. Asociaron, sofísticamente, el fracaso de la experiencia soviética a una doctrina filosófica, como si el fracaso del régimen se debiera a los postulados e ideas de Marx.
De ahí a postular el fin de las ideologías, el sinsentido de la utopía, el fin de la historia, la aceptación mansa de la realidad tal cual es y de las cosas tales como son, la resignación, el abandono de ideales, no hubo más que un paso. Así se entronizó el pensamiento único del neoliberalismo que venía abriéndose paso desde unos cuantos años antes del derrumbe del imperio soviético.
Por eso, para un espíritu pragmático, para una mentalidad realista y moderna, aggiornada, no es comprensible ni tolerable que alguien se atreva a hablar de socialismo, porque el socialismo se convirtió en una mala palabra asociada a conceptos tales como pensamiento obsoleto y régimen totalitario. Entonces, cuando el presidente Hugo Chávez anuncia su propósito de poner el rumbo hacia el socialismo del siglo XXI, cuando Evo Morales se plantea nacionalizaciones y cuando Rafael Correa llama a llevar a cabo una revolución profunda y radical, las fuerzas conservadoras ven tambalearse el edificio neoliberal que creían tan sólido. Tiemblan los cimientos de ese mundo feliz, apropiado para que los poderosos siguieran esquilmando a los más infelices sin obstáculos.
Tal vez –como los generales de García Márquez, que se creyeron su propio cuento– la derecha se había creído el cuento del fin de la historia, de las ideologías y de las utopías; las fuerzas conservadoras supusieron que las doctrinas neoliberales reinarían para siempre.
A ellas, a esas fuerzas conservadoras tan apegadas al realismo, los acontecimientos políticos empiezan a mostrarles una realidad que está dejando de ser funcional a sus intereses. Enhorabuena. *
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