Debate educativo
Opacado por las reformas impositiva, de la salud y del Estado, el debate educativo ha pasado a un segundo plano.
Sin embargo, el anuncio de que todos los escolares (y sus maestros) que concurren a la escuela pública contarán con una computadora pareció reavivarlo, y no bien finalice la siesta estival, habrá que ponerse las pilas para seguir debatiendo.
Creo que más allá de las computadoras, hay que centrar el asunto de qué educación queremos en otras cosas menos concretas pero fundamentales.
Dice Ernesto Sábato en un ensayo sobre estos temas publicado a fines de los setenta:
«Alguien ha dicho que la cultura es lo que queda cuando se ha olvidado la erudición. No sé si me he convertido en un hombre culto, pero puedo garantizar que ya olvidé en forma casi total lo que me inyectaron a lo largo de mis estudios primarios y secundarios, como paradójico resultado de querer enseñarnos todo».
La de Sábato es una preocupación pertinente que tiende a rechazar, con razón, la enseñanza libresca, el saber enciclopédico. Y lo que propugna este polifacético intelectual argentino es que la educación logre proporcionar sabiduría. No en el sentido del sabio erudito memorioso capaz de acumular una cantidad de datos inútiles, sino la sabiduría como lo que «sirve para convivir mejor con los que nos rodean, para atender sus razones, para resistir en la desgracia y tener mesura en el triunfo, (…) y, en fin, para saber envejecer y aceptar la muerte con grandeza».
Casi nada, ¿no? Pues, precisamente, de eso se trata.
La verdadera educación deberá respetar un delicado equilibrio entre los conocimientos «útiles», es decir aquellos destinados a la eficacia técnica que habilita la inserción laboral del educando, y los conocimientos humanísticos –con la correspondiente incorporación de valores– que permitan la formación de hombres integrales. *
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