El voto consular

Desde que se empezó a manejar la idea de que los uruguayos que residen en el exterior tuvieran la posibilidad de ejercer su derecho/obligación al voto sin necesidad de desplazarse, blancos y colorados se han opuesto a ella con ahínco.

La iniciativa de voto consular o voto epistolar, o la forma de voto que sea que no obligue al ciudadano a trasladarse hasta su circuito electoral para expresarse políticamente, ha encontrado una férrea negativa de parte de las fuerzas políticas conservadoras. Llama la atención que los dirigentes de los partidos tradicionales –tan ardorosamente defensores de las formalidades democráticas y tan afectos a la democracia representativa– exhiban una oposición tan tozuda ante un mecanismo que no hace otra cosa que habilitar que los uruguayos que viven fuera del país elijan a quienes habrán de regir los destinos de la nación durante cinco años.

Sería admisible –y comprensible– que se discutieran aspectos formales o de instrumentación del voto de quienes están fuera del país; por ejemplo, que se afinaran detalles y se buscaran mecanismos para garantizar la pureza de esos sufragios y evitar así posibles maniobras. Pero lo que está fuera de discusión es el derecho inalienable a participar en las elecciones que asiste a todos esos compatriotas que debieron emigrar compelidos por la falta de horizontes en su propia patria. Con esa negativa cerrada a habilitar el voto desde el exterior, los dirigentes conservadores parecen empecinados en castigar doblemente a los compatriotas emigrados, como si no fuera suficiente castigo el verse obligados a abandonar el suelo patrio; primero los expulsaron, y ahora pretenden quitarles el derecho constitucional al voto.

Y si decimos que los expulsaron, es porque fue merced a la pésima gestión de los gobiernos conservadores –aplicados ejecutores de una política económica que destruyó el aparato productivo y generó desocupación y miseria– que todos esos orientales sin perspectivas en su país debieron buscar en otras tierras lo que en la suya se les negaba. Parecería que, como castigo suplementario por haber abandonado el país, ahora se pretende suspenderles la ciudadanía… Tal vez haya primado el curioso criterio expuesto por el doctor Lacalle al comentar el alarmante fenómeno de la emigración durante su mandato, cuando dio a entender que los uruguayos que se iban lo hacían por novelería o por frivolidad o porque elegían la opción de vivir en el extranjero pudiendo hacerlo en las mismas condiciones en el país. O tal vez odian a los emigrados porque íntimamente advierten que esos cientos de miles de uruguayos de la diáspora son la prueba concluyente de su fracaso como gobernantes; alimentan su mala conciencia y por eso los excluyen.

En fin, el hecho es que blancos y colorados se oponen al voto desde el exterior arguyendo –con una franqueza asombrosa– que la iniciativa del gobierno apunta a «perpetuarse en el poder», ya que se supone, a priori, que todos los emigrados son potenciales votantes de la izquierda.

Pocas veces se ha visto una tan grande mezquindad y un desprecio tan grande por la democracia. *

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