La esperanza
Basta una breve frase, acaso una palabra. Y suele pasar en las circunstancias menos imponentes, hasta de modo imprevisto. Es, casi siempre, una expresión de deseos o una convicción.
Cuando la frase, o la palabra, se expresa como convicción tiene el efecto, simple y sin embargo tan significativo, de un despertador.
El otro día, en una de esas encuestas con que acostumbran los noticieros de televisión para llenar su espacio durante días de hechos escasos, se preguntó qué ha dejado a cada uno el año que pasó. Y una mujer quiero decir una señora común, esa tradicional ama de casa a la que tan poco se valora dijo algo conmovedor: «La esperanza. Todavía hay esperanza en este país».
Quizás no tuvo conciencia, al menos ahí, del impacto que su expresión iba a causar en los demás, sobre todo en distraídos como yo, inmersos en eso que creen importante mientras la verdadera vida sigue pasando por encima, por detrás o por delante.
Una simple y significativa frase me obligó a detener el paso, a mirar alrededor con otros ojos y a descubrir que sí, el país conserva la esperanza.
No tiene que ver con la estabilidad financiera, ni con el aumento de las exportaciones, ni con haber pagado la deuda al Fondo Monetario Internacional, ni con la inversión. Ni siquiera tiene que ver con que haya más empleo.
Todo eso importa, claro. Pero la esperanza a la que se refirió esa señora o tal vez yo quiera imaginarme que así es, es igual va más allá. Tiene que ver con el espíritu social, con la convicción de que se ha iniciado otro camino. No es fácil y está lleno de obstáculos; sin embargo, late la certeza generalizada de que las cosas pueden ser mejores, sobre todo más justas.
Conservar viva esa esperanza en 2007 y más allá será, más que dar razón a la mujer de la encuesta, haber hallado la punta de la cuerda agarrados a la cual podremos llegar al otro lado.
Ah, eso sí: es una responsabilidad de todos. Absolutamente nadie puede sacar la pata del balde. *
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