Surrealismo estadounidense
El resultado de la votación de noviembre no fue una conjura terrorista internacional en contra del vicepresidente Dick Cheney, del ahora defenestrado ex secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, o de la promotora del Departamento de Estado, Condoleeza Rice.
Fue simplemente un voto democrático y libre en contra de la actual política surrealista de la Casa Blanca.
Los nombrados son los únicos que quedan de la primera presidencia Bush. El resto, hace rato que escapó de la Casa Blanca y sus aledaños en vistas a la debacle que se veía venir en la casona encantada.
Ahora, lo único que se escucha desde esa dirección, es la desesperación de un presidente quemando sus últimos cartuchos, persiguiendo sombras y fantasmas de una realidad que se le escapa de las manos.
La reacción democrática de noviembre se manifestó en todos los frentes: la política internacional, la guerra contra el terror, la invasión de Irak, la ocupación de Irak, la política económica, la política del medio ambiente, la política de la salud estatal, la organización de gobierno. Todo.
Como en un juego de tiro al blanco en un parque de diversiones infernal, los votos pegaron duro en todas y cada una de las caras del gobierno Bush. Hasta que no quedó nada. Ahora hay que recomponer el juego. Pero ya no hay plata ni tiempo y la locura sigue cobrando con intereses. Para ella, estos son tiempos de vino y rosas.
El presidente está solo y no tiene quien le escriba sus discursos. Desde noviembre, la política se decide en el Congreso estadounidense. Pero el daño ya está hecho. Según el corresponsal de la revista Time en Londres, «Estados Unidos tardará 30 años en recuperarse de lo que ha hecho esta camarilla desde la Casa Blanca».
Pero el presidente Bush decidió ignorar el voto popular y optó por caer en el surrealismo dantesco de un presidente que prefiere extinguir sus propias obsesiones a cualquier costo. El suyo ya no es un gobierno, es el argumento de una película de terror con los mejores efectos especiales.
El interior de la Casa Blanca parece un set del largometraje de Wes Craven, «La pesadilla de la calle Elm». En ella, los protagonistas sienten pánico desesperado de dormirse, por el temor a que sus peores pesadillas se hagan realidad.
Es que entre los párpados y la retina hurga Freddy, el fantasma que se aprovecha de los dormilones y sega vidas con un guante que en lugar de dedos tiene tijeras. Nadie escapa a uno de sus tijeretazos.
En la Casa Blanca actual, la imaginación decide la realidad. La realidad es una pesadilla infernal. El infierno es Bagdad. La Casa Blanca es un lugar donde sus habitantes deambulan por los corredores como sonámbulos en una noche interminable.
Tal es la situación desesperada, que se torna «normal» que el mundo entero reciba como regalo de fin de año las imágenes televisadas o impresas de un condenado a muerte con la soga al cuello. ¿Es una ofrenda al mundo de lo que vendrá?
Es Año Nuevo en Londres y Washington. Hace poco más de una semana fue Navidad, una de las fechas más importantes de la religión cristiana. En esas dos ciudades, a esta época se le llama «el tiempo de la buena voluntad». El 5 de enero llegan los Reyes Magos con ofrendas para el niño Jesús.
Tal es la tergiversación de valores en la Casa Blanca, que se piensa que un cuerpo colgado al final de una cuerda tirante es motivo de orgullo por el deber cumplido y de esperanza por encontrar una solución a la barbarie generalizada.
Un vocero del propio papa Benedicto desde el Vaticano lanza un sermón que contradice la sabiduría aceptada en la Casa Blanca y llama a la ejecución sumaria de Hussein como «trágica» ya que «recrudecerá las diferencias sectarias entre los ira- quíes». «Lo que Dios da, no puede ser quitado por el hombre», dice un feligrés en la plaza San Pedro en el Vaticano. No importa quién sea el linchado.
En Meca, Arabia Saudita, la opinión de clérigos y peregrinos musulmanes presentes en ese país con motivo de una de las fiestas más sagradas del calendario islamita critican la decisión de ejecutar a una persona, cualquiera, justamente durante la fiesta religiosa de Eid, cuando hasta los déspotas más poderosos del pasado en la región solían conmutar penas capitales como signo de esperanza y respeto al Todopoderoso. «Alá es mi dios y Mahoma es su profeta», oran millones de fieles mientras leen las noticias del día.
Pero en el mundo actual de la Casa Blanca y la Zona Verde de Bagdad cualqiuer cosa es posible, todo es posible.
«¡Más polvo, sangre, humo, fuego, mucha muerte!». Gritaba el director Francis Ford Coppola, en el set de la película «Apocalipsis ahora». En Bagdad, se podría haber ahorrado un montón de dólares. Allí, el apocalipsis es real.
Sobre el fin de semana, a escasas 24 horas de la ejecución de Saddam Hussein, Estados Unidos rompe la barrera de los 3.000 soldados muertos en Irak, desde abril 2003. Donald Rumsfeld había dicho que conquistar Irak iba a ser como derribar un castillo de naipes.
También en Mosul, Ramadi y Basora, ciudadanos iraquíes caen mordidos por enajenados, como si fuera una secuela de la película de George A. Romero, «La noche de los zombies». La única diferencia es que en esas ciudades, hombres, mujeres y niños caen día y noche. Pero nunca nadie grita «Corten».
No hay respiro para los funebreros que cavan las fosas o los doctores que amputan manos, piernas, brazos y hasta cabezas. Porque todo es posible en esta producción surrealista.
En noviembre, el pueblo estadounidense habló. Habló claramente. Como si fuera la caballería de una película de John Ford llegando a último momento y soplando la trompeta salvadora.
Tarde, ya es. Hace rato. Pero tal vez todavía se puedan salvar algunas vidas de extras en esta serial infernal, internacionalmente conocida como «La toma de Bagdad». El capítulo de hoy: «Los linchadores también mueren».
Compartí tu opinión con toda la comunidad