Un barbarismo importado de España
Veo con alarma cómo se extiende en Hispanoamérica y particularmente en nuestros pagos orientales un fenómeno lingüístico (que para mí no es sino un barbarismo) conocido como leísmo, muy común en España, y que consiste en remplazar el pronombre lo (acusativo masculino de tercera persona del singular) por le (dativo de ambos géneros de tercera del singular); incluso ocurre en plural: en vez del acusativo los, se usa el dativo les en remplazo del complemento directo. Para hacer inteligible todo este palabrerío técnico, recurro a ejemplos.
Yo, como usted –hispanohablantes americanos–, diremos Vi a Pedro y lo saludé; en cambio en Castilla, y por imitación en casi toda la península, se dirá Vi a Pedro y le saludé. En Uruguay diremos Los gurises me pidieron que los ayudara; pero en España lo más probable es que digan Los chavales me pidieron que les ayudara.
Es de destacar que este cambio de pronombres no se da cuando el complemento directo es femenino: es raro que un español culto diga Llamaré a María y le invitaré a cenar; dirá la invitaré…
Ignoro la razón de esta confusión entre dos pronombres que cumplen funciones gramaticales claramente diferenciadas, pero es un fenómeno que empieza a contar con émulos también en Hispanoamérica. No es buena cosa andar copiando costumbres foráneas, pero cuando lo que se copia es incorrecto, resulta francamente lamentable.
Exhorto pues a mis colegas a respetar la función de cada pronombre y reservar la forma le para sustituir el complemento indirecto.
En la oración El presidente convocó al ministro a su despacho, el ministro es el complemento directo y diremos por tanto, El presidente lo convocó. En cambio en El presidente pidió la renuncia al ministro, el ministro ya no es complemento directo sino que funciona como complemento indirecto, por lo que diremos El presidente le pidió la renuncia. ¿Quedó claro cuándo es correcto usar le y cuándo no lo es?
Y por fin, tenemos otro fenómeno vinculado a la confusión de pronombres personales: es lo que se conoce como «laísmo» y que consiste en trocar el dativo de tercera (le) por la cuando el complemento indirecto es femenino. Es así que en algunas regiones de España (la moda todavía no llegó al Uruguay) pueden oírse expresiones como la siguiente: «Estoy enfadado con Dolores y por eso no la hablo».
–Mire, Mendieta, no es por nada, ¿vio?, pero esta cuestión del cambio de pronombres me ha dejado medio mareado, así que pídalo al patrón que nos sirva la otra.
–¡Qué lo parió! *
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