Compañero del alma, compañero
Fue hace 40 años que conocí a Hugo Cores. Por los compañeros de la FAU (la Federación Anarquista Uruguaya) tenía referencias de su militancia en la FEUU y en las Juventudes Libertarias. Unos pocos días después de la Navidad de 1966 me lo presentó Mauricio Gatti.
En aquel tiempo la Feria de Libros y Grabados se hacía en el atrio del edificio de la Intendencia y por allí nos encontramos con Hugo. No eran días fáciles. Buena parte de lo que luego se convertiría en la dirección histórica del MLN había quedado clandestina. Y ahí estaba Hugo, que en ese momento no integraba orgánicamente la FAU y también nosotros, tratando de hacer lo que se podía y se debía hacer.
Poseedor de una cultura vasta y consistente, Hugo era casi un prototipo de esa rara avis hoy camino de la extinción que era el intelectual revolucionario.
Pero era también un polifuncional. Hizo de todo. Su militancia gremial y sindical son conocidas, también su condición de dirigente político de la FAU y del PVP, del que se convirtió luego de las caídas y asesinatos de buena parte de los compañeros exiliados en Buenos Aires, en principal dirigente y animador.
Agitador sin par, orador de barricada, si había que escribir un artículo, un volante, lo que fuera, ahí estaba blandiendo su excelente pluma, exhibiendo su ironía a veces convertida en odiosa sorna, que acompañaba sus reflexiones a menudo polémicas, siempre enriquecedoras. Era un intelectual y un militante revolucionario. Pusimos petardos, hicimos todo lo que sabíamos hacer para apoyar huelgas en las que se jugaba el destino de gremios enteros, conseguimos fondos para las ideas en los años en los que la dureza de los enfrentamientos sociales nos hicieron abrazar con fe la acción directa que siempre habían predicado los anarquistas. Hay una anécdota de Hugo que ha pasado a formar parte del patrimonio histórico y cultural de la izquierda. Los fondos de un banco de la calle Uruguayana debían pasar a engrosar la caja siempre semivacía de la FAU. Todo resultó según lo planeado… hasta llegar a la esquina. Porque nunca falta un semáforo en rojo y un vehículo que luego no quiere arrancar. Mientras Hugo sigue al volante comienzan a sentirse sirenas y alarmas; a empujones y patadas el resto de los compañeros trata de hacer arrancar el auto más empacado que un burro. Finalmente el auto-asno se amansa, suben los compañeros, cruzan con cualquier color de luz y mientras maneja con la derecha, él saca la mano izquierda por la ventanilla y revoleando una de las bolsas con dinero va gritando: «Arriba los que luchan, arriba los que luchan».
Mauricio Gatti convertirá el grito en consigna. Aquel grito de nervios y desesperación convertido en consigna fue con el que lo despedimos.
En mi memoria Hugo no ha quedado como una persona con quien fuera fácil ponerse de acuerdo. Diría más bien que fueron más las veces en las que me encontré en las antípodas de aspectos básicos de su pensamiento y opciones políticas ¿vale la pena mencionar siquiera, las diferencias? Pero no estar de acuerdo obligaba siempre a un gran esfuerzo intelectual, a un afinar de argumentos, a una polémica viva y punzante.
Lo encontré por última vez un par de semanas después de las elecciones internas del Frente. Hablamos unas palabras, comenzamos a discutir, terminamos casi peleando. Era una conocida rutina que siempre se resolvía en el reencuentro y el próximo abrazo.
Porque Hugo era una razón con la que no era siempre fácil ponerse de acuerdo. Pero era también una pasión con la que continuamos identificándonos, que continuamos compartiendo.
Una pasión como la que en medio de la tragedia de la Guerra Civil y la Revolución Española, Buenaventura Durruti, el gran dirigente obrero anarquista, antes de caer en el frente defendiendo a Madrid, definió con una frase: «Nosotros construiremos un mundo nuevo porque llevamos un mundo nuevo en nuestros corazones». Es esa añoranza de un mundo nuevo, de los sueños y utopías, lo que hizo que tantos nos juntáramos para despedir a Hugo. Porque sin ella, sin esa pasión, la actividad política pierde su encanto y seducción, se desliza con facilidad al mercadeo de una feria, se convierte en regateo de mercachifles.
Fue esa pasión compartida con Hugo la que nos hizo ver con mirada empañada los colores rojos y negros flameando su despedida a un camarada del alma, de la vida.
¡Qué tristeza Hugo que tu corazón se haya cansado! ¡Qué pena que ya no estás más con nosotros para ayudarnos a cargar ese mundo nuevo de sueños y utopías que seguimos llevando en nuestras almas!
¿Por qué, Hugo, justo ahora tenías que hacer volver del olvido aquel poema de Miguel Hernández? Aquel que termina diciendo: » A las aladas almas de las rosas de almendro de natas te requiero que tenemos que hablar de muchas cosas Compañero del alma, Compañero». *
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