La náusea
Es lo que provoca el señor Presidente de la República en su respuesta a Günter Grass que reclama por la nieta o nieto de Juan Gelman y por la suerte corrida por esa madre de tan solo 21 años, María Claudia.
Una conferencia de dicho escritor se llama «Escribir después de Auschwitz» y en ella el Premio Nobel hace una historia de su vida y su obra desde la actitud ética de un escritor alemán que tuvo que aprender a vivir :
«confrontado con los resultados de crímenes de los que eran responsables alemanes y que, desde entonces, se resumen en la idea de Auschwitz, me dije: nunca. Me dije y dije a otros, y los otros se dijeron y me dijeron: Un alemán nunca haría algo así (…) Incluso cuando ese Jamás o ese Nunca (más tarde con el proceso de Nuremberg) quedaron destruidos –el ex dirigente de las Juventudes Hitlerianas nos declaró libres de culpa– hicieron falta más años para que yo empezara a comprender: nunca dejará de estar presente, nuestra vergüenza no se podrá reprimir ni superar; la imperiosa concreción de esas fotos –los zapatos, las gafas, los cabellos, los cadáveres– se resiste a la abstracción; Auschwitz, aunque se rodee de explicaciones, nunca se podrá entender».
El doctor Sanguinetti dijo que acá en Uruguay nunca hubo niños secuestrados o nacidos en cautiverio. «Todo fue allá en la Argentina». No voy a referirme a la burda mentira. Sólo compararlo con la vergüenza y la ética de su eventual interlocutor. ¡Qué pequeño que es usted, doctor Sanguinetti! ¡Qué enano al lado de un hombre que además de escribir bien se pregunta por hacerlo y cómo después del horror! Usted habla, habla y habla. Cansa con tanta falacia y pretensión amanerada. Ofende y avergüenza. El único aliciente que nos queda es que no podrá seguir recorriendo el mundo codeándose como uno más entre los intelectuales destacados de todo el mundo. Una sombra lo seguirá e interpelará. Su actitud arrogante y mezquina frente al drama de Juan Gelman (¿no piensa que hay otros valores además de las maniobras electorales?) y de todos los desaparecidos se parece mucho a la complicidad. Ahora se comienza a sospechar que su actitud es algo más que una postura de pretendido estadista referido a la «paz»; quizás sea el pánico a revelar algunas verdades que demostrarían cuán cerca está usted y cuán salpicado por estos casos. ¿No se codeó nunca en alguna fiesta o reunión familiar con el coronel Silveira que torturaba en Orletti (allá en Argentina), con un cuadro de Adolf Hitler colgado en una pared? ¿No le podrá decir, su amigo y correligionario Fernán Amado dónde guardan celosamente las órdenes impartidas a la división actuante en el vecino país? Están. Mire que están.
La Comunidad Europea acaba de reaccionar y sancionar a Austria por la inclusión del neonazi Jörg Haider en el gobierno. Europa no olvida y hay una conciencia moral que reacciona contra todo lo que reanime al horror de hace 60 años atrás. Fiel a su pensamiento es de esperar que el doctor Sanguinetti declare públicamente que toda Europa está con los ojos en la nuca, que tiene espíritu revanchista y que seguramente esto tiene claros fines electorales. Después de todo, si defiende a los émulos nazis del Pozo de Orletti, me refiero a los uruguayos actuando bajo órdenes estrictas del mando superior y en planes operativos que respondían a la cadena de mandos del Ejército de nuestro país, por qué no defender al señor Haider que por otra parte fue elegido democráticamente.
El doctor Sanguinetti presentó el atentado perpetrado contra su estudio como título certificante y habilitante de su fe democrática. Si es por ello estoy plenamente autorizado a hablar también con certificado de lucha democrática. Hay sin embargo una diferencia. Mis hermanos y hermanas de lucha todavía no gozan siquiera de un entierro digno y decoroso. El señor Presidente, en cambio, tiene correligionarios y amigotes enterradores, que saben dónde están.
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