Educación y trabajo
Subsecretario de Trabajo y Seguridad Social
Los ministerios de Trabajo y Seguridad Social, de Educación y Cultura y la Administración Nacional de Educación Pública han coincidido en la importancia de fortalecer la cultura del trabajo, a través de la formación de los jóvenes en las nociones de los Derechos Fundamentales del Trabajo y los Principios del Trabajo Decente. Así dice el convenio firmado por las tres instituciones el 8 de diciembre. Pasó algo desapercibido en medio del debate educativo. ¡Pero vaya si tiene trascendencia!
Resultaría muy fácil referirse a que la Constitución incluye entre los derechos fundamentales al trabajo y que éste está bajo la protección especial de la ley. (Arts. 7 y 53) Pero sería una afirmación formal. El trabajo no es sólo fuente de ingresos, sino mucho más que eso: es un ámbito de reconocimiento social, de proyección humana hacia el futuro, de articulación con la familia y con la sociedad. Se trata en definitiva, de una enseñanza de vida.
El «Ñato» Eleuterio, refiriéndose al inolvidable y querido amigo Héctor Rodríguez, decía que el día que a los 17 años comenzó a trabajar en una fábrica textil, un pedazo inmenso del movimiento obrero entraba con él por los portones de la historia, porque hay cosas en esta vida que tal vez solo pueden aprenderse al pie de una herramienta, en medio del infernal bochinche del galpón, de los trabajadores y máquinas a todo ritmo. Recordando a Florencio Sánchez, soy de los que creo que no sólo nuestros hijos «los doctores» construyen ciudadanía. También lo hacen los trabajadores, los buenos empresarios, los artistas, etc. Recuerdo en oportunidad de una visita de un grupo de la Facultad de Derecho al Penal de Punta Carretas, antes del golpe del 73, que Héctor estaba dictando cátedra de sindicalismo, política ¡y de vida! en los patios del penal. Seguramente transmitía el concepto de que el bienestar colectivo era imprescindible para cualquier sociedad. Y que el proceso para lograrlo estaba signado por marchas y contramarchas, porque en definitiva la noción de trabajo está en constante producción.
Los jóvenes, los principales afectados para conseguir trabajo, deben reflexionar sobre compromisos y derechos que como ciudadanos y trabajadores deben asumir. Y es en este aspecto que la discusión sobre principios y derechos fundamentales en el trabajo y la promoción del trabajo decente, resultan fundamentales. De ahí la importancia del convenio firmado hace apenas unas horas. De no ser así, significaría el comienzo de la sustitución de la ética del trabajo digno por la del consumidor o el aceptar cualquier cosa llamada empleo que provea algún peso sin importar las condiciones del mismo.
Somos conscientes de que la formación educativa y laboral resultan mprescindibles pero insuficientes para conseguir trabajo.
Y que quien no consigue laburo digno, ingresa en la segmentación cultural. Y si sus padres, abuelos, provienen del mismo mundo de exclusión, estamos en pleno círculo reproductor de pobreza y de exclusión social: individuos que están limitados para actuar como ciudadanos en la sociedad. En ese sentido las instituciones educativas pueden brindar un gran aporte generando espacios de aprendizaje, reflexión y crítica.
Cuando Héctor en el penal intentaba transmitir que los valores de la justicia social y la solidaridad seguían vigentes, que no era cierto que la época del fin o desaparición del trabajo había llegado para quedarse, que había que rechazar el proceso de exclusión que estaba rompiendo el entramado familiar y social, que en definitiva el trabajo continuaba siendo necesidad y dignidad a la vez, que había algo más por encima del simple pero trascendente hecho de trabajar, esto es, la sociedad en su globalidad, nos remontamos otra vez al día que a los 17 años no sólo comenzó a laburar sino a entrar a través de los portones de la historia, como dice el «Ñato». Bienvenido el convenio entonces. *
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