Los números malditos
Los «padres de la patria» no reconocen su legado, su «herencia maldita». Como siempre la derrota es huérfana. No son ellos los malditos sino los números que miden la salud de sus hijos.
Tenemos desde hace décadas una muy modesta natalidad del 0.563% anual, lo que equivale a decir que nacen 35 mil orientales por año. A partir de fines de la década de los noventa, un 35% de los nacidos lo eran en hogares pobres. A partir de 2002 el 50% de los niños nacen en la miseria.
Por otra parte tenemos en el último quinquenio, un promedio emigratorio anual de 20 mil jóvenes entre 20 y 29 años de edad, en los cuales la sociedad ha invertido en salud y educación, secundaria o terciaria. De los nacidos, en cada año, el 57% de los mejor alimentados, mejor preparados para la vida, emigran año a año. ¡Regalamos, junto con los jóvenes, décadas de inversión en salud y educación pública!
La natalidad varía según las clases sociales. Los sectores sociales con mayores oportunidades de vida, medios o altos, aportan mínimamente a la natalidad global. Su tasa apenas supera 1.2 nacidos por pareja, con lo cual no llegan a cubrir su reposición por mortalidad natural. Es, además, el sector social que nutre las legiones de jóvenes emigrantes, que generarán hijos en la extranjería. Los sectores medios tienden a envejecer y minimizar su participación porcentual global. ¡A largo plazo se extinguen!
Inversamente, los sectores excluidos de las oportunidades de la vida presentan una natalidad de 3.5. Es decir que superan su mortalidad natural con capacidad acumulativa de crecimiento. La simple consecuencia de estos datos permite imaginar la proyección del Uruguay de lo que será el país de los «nietos del proceso». Si hoy la relación entre los menores de 20 años y los comprendidos entre 45 y 54 es de 1 a 3 respectivamente, dentro de 15 años la relación será de 1 a 6. En este momento hay tantos niños entre 5 y 9 años como mayores entre 65 y 75. Dentro de quince años los veteranos duplicarán a los niños en cantidad.
Los viejos del futuro no serán los viejos de hoy. Estos pueden brindar cobijo y auxilio a sus hijos y nietos desocupados o atrapados en «trabajos basura». Cuando la franja actual de 45/54 se jubile, lo hará bajo el nuevo régimen, sentirán las consecuencias del aporte irregular, de la informalidad laboral, de los reiterados seguros de paro sufridos. Habrán tenido un aporte «perlado», lleno de altibajos. Serán viejos pobrísimos. Pero los que votaron esas leyes, entregando el ahorro previsional a la tómbola financiera internacional, sabiamente no se acogieron a ellas, optaron por el antiguo régimen; esos estarán felizmente muertos, o cobrando las últimas mesadas decentes.
Jóvenes excluidos y viejos miserables llenan el horizonte de la patria liberal. Los jóvenes que pertenecen al circuito de la costa son otros, son los llamados «jóvenes normales», típicos adolescentes, la Policía lo sabe. Por lo que el trato es distinto según el caso. No es necesario lucir una estrella amarilla en la solapa para ser maltratado. El racismo se ha instalado grotescamete entre nosotros; es una creación puramente estética, que eriza la piel de los «incluidos», de todos los niveles sociales.
Con tantos excluidos en el festín de la vida, la seguridad de los convidados se ve seriamente comprometida. Ese es el origen de la famosa «sensación de inseguridad», para cuyo remedio los «padres de la patria» solo tienen una propuesta: represión. Aun sin conocer los números, el instinto de conservación no los engaña.
En la calle ya se ve. Una nueva etnia aparece en todas partes. Chiquitos, jóvenes de edad indefinible, oscuritos, flacos y de mirada torva, manguean por las esquinas en tono amenazante «p’al vino» o enloquecidos por la «lata», mueren matando por monedas. El crimen organizado tiene una inagotable cantera de aparceros, clientes o aspirantes a sicarios entre los rechazados por la sociedad.
Como decía Emerson: «todos los viejos abusos de la sociedad, universales o particulares, todas las acumulaciones injustas de propiedad, de poder, quedan vengadas del mismo modo. El temor es un maestro sagaz, el heraldo de toda revolución (…) Es un cuervo husmeando la carroña, y aunque no lo veáis todavía porque se cierne en tal paraje, allí hay la muerte».
La destrucción del entramado social fue obra del modelo libre importador que ha desindustrializado al país. Con la tilinga consigna de «Uruguay país de servicios», arrasaron la infraestructura agraria que garantizaba nuestra seguridad, tranquilidad social y soberanía alimentaria. El proyecto de país agroindustrial puede revertir este desaguisado, en una carrera contrarreloj con los efectos acumulativos de la política de exclusión.
Entre tanto la seguridad seguirá siendo bandera de demagogos y mercachifles de patria. Padres no, fieros padrastros de la Patria. Los números malditos ahorran adjetivos calificativos. *
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