Chávez: un liderazgo legitimado
No por predecibles los resultados electorales del domingo en Venezuela dejan de sorprender. Por la contundencia de este tercer triunfo del chavismo y por la alta concurrencia a las urnas, un hecho que distingue esta última elección de las anteriores convocatorias cívicas.
Es la legitimación de un proceso singular y de su conductor, el presidente Hugo Chávez, una figura que ha trascendido fronteras y que afianza su liderazgo incuestionable.
Las cifras no dejan lugar a dudas: una mayoría aplastante de venezolanos decidió otorgar al coronel Chávez seis años más de gobierno. Desde que se postuló a la Presidencia de la República por primera vez, en 1998, la popularidad del líder venezolano no ha cesado de crecer concitando el apoyo de los sectores mayoritarios de la población, aquellos conformados por los olvidados de siempre, los marginales y excluidos en un país que ostenta un alto grado de concentración de la riqueza; son los asalariados rurales y urbanos, los pequeños campesinos, todos aquellos a quienes no llegó ni un centavo de toda la riqueza que ellos ayudaron a generar pero de la que se apropiaron los muy pocos de siempre.
Desde que se asomó a la vida política, Hugo Chávez despertó las iras de la derecha nacional y continental; la rancia aristocracia mantuana no tolera que un individuo de tez oscura dirija los destinos del país. Y con el paso del tiempo, esas iras han ido acrecentándose en razón de que por primera vez en la historia los intereses de las clases dominantes estaban en peligro. Desde su gobierno, el presidente Chávez ha venido impulsando reformas de signo claramente popular que atacan los privilegios de la clase conservadora, de sus dirigentes políticos acólitos y del imperialismo.
Ha sido acusado de golpista, de autoritario, de antidemócrata, de demagogo y de populista, un término este último con que se pretende deslegitimar el notorio sesgo popular del gobierno. Para ello han contado con el decisivo apoyo de los grandes medios de comunicación, voceros directos del establishment, que desempeñaron un papel protagónico en todos los intentos desestabilizadores pergeñados por la derecha.
El 6 de diciembre de 1998, Chávez gana las elecciones presidenciales con el 56% de los votos. Al año siguiente, el pueblo es convocado nuevamente para elegir una Asamblea Constituyente encargada de redactar la nueva Constitución Bolivariana, que es sometida a plebiscito a fines de ese mismo año y resulta aprobada.
Ratificado en el cargo en 2000, se abre una etapa de gran labor legislativa: se aprueban 47 leyes de hondo contenido popular y nacional que generan protestas opositoras. Dichas protestas, acicateadas desde los grandes medios, desembocan en un paro nacional. Pero la oposición jugó su carta fuerte en abril de 2001, cuando se produce un golpe de Estado que aleja a Chávez del poder por apenas un par de días.
Después será la gran huelga general y paro petrolero que detiene la actividad del país por 64 días.
Chávez logra dominar la situación y acepta el desafío de someter a consulta popular su gestión, un mecanismo introducido en el nuevo texto constitucional. Un 59% de los ciudadanos ratifica su confianza en el mandatario.
Todas estas consultas populares han sido cuestionadas desde la oposición por denuncias de fraude y por el alto índice de abstención registrado. En tales circunstancias, en 2005 la oposición decide no participar en los comicios para la Asamblea Nacional, que queda totalmente en manos del oficialismo.
Pero la instancia del domingo encontró a la oposición unificada bajo el liderazgo de Rosales y registró una importante disminución de los índices de abstención. Estos dos hechos –unidos a la transparencia de los comicios verificada por observadores internacionales– aventan por completo cualquier sospecha de fraude o de ilegitimidad y avalan, por tanto, el rotundo triunfo de Chávez.
Empieza ahora una nueva etapa de la Revolución Bolivariana: la construcción, en libertad y en el respeto a la institucionalidad democrática, del «socialismo a la venezolana». *
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