El neoliberalismo en retirada

Mientras en nuestro país los tecnócratas corifeos del neoliberalismo siguen pregonando las bondades del libre mercado como si fuera la panacea salvadora de la economía, en el resto del mundo las ideas de la escuela de Chicago y los principios económicos emanados de Mont Pélerin se baten en retirada.

Luego de algunas décadas de reinado absoluto y después de haber causado estragos en las economías emergentes, el fundamentalismo neoliberal empieza a sucumbir como consecuencia de los nefastos efectos que causó su aplicación sobre todo en los países pobres o en vías de desarrollo. Fue la doctrina económica cuyo auge se correspondió con las peregrinas tesis del fin de la historia y de las utopías y con las tilinguerías del posmodernismo. Funcional a los intereses de las grandes corporaciones multinacionales, fiel a las pretensiones de los grandes centros de poder, el neoliberalismo impulsó el pensamiento único en un mundo globalizado por el capitalismo salvaje y sin el contrapeso del bloque soviético.

Ese pensamiento único que inhibió todo cuestionamiento hacia el sistema imperante, que proclamó el pragmatismo a ultranza y un realismo en cuyo nombre se abandonaron ideales y principios morales, va siendo lentamente abandonado a causa de los pésimos resultados obtenidos en su aplicación a rajatabla. Desde que Milton Friedman enunciara su doctrina, el mundo asistió a una profundización sin precedentes de las injusticias sociales y de la brecha que separa tanto a ricos y pobres dentro de una misma sociedad como a naciones desarrolladas y subdesarrolladas en el concierto mundial.

En El País Cultural del viernes 17, una muy esclarecedora nota del economista Carlos Luppi destaca la vigencia que ha recobrado en los últimos años el pensamiento de un teórico denigrado por los popes del neoliberalismo y considerado por la derecha vernácula como un pensador obsoleto y superado por las teorías económicas «modernas». Estamos hablando de John Maynard Keynes, un teórico maldito para el pensamiento único pero cuyas ideas –rechazadas por no convenir a los intereses de los grandes grupos económicos– han readquirido plena vigencia.

«Keynes es reconocido como el padre de la intervención del Estado en la economía, del ‘Estado del bienestar’, de la búsqueda de los equilibrios internacionales y de la justicia como prerrequisito necesario de la estabilidad y la paz mundial», recuerda Luppi.

En las primeras décadas del siglo pasado, Keynes ya había denunciado el «error básico de toda la teoría clásica, según la cual todos los mercados se ajustan automáticamente y el desempleo no debería existir».

Continúa Luppi más adelante: «Problemas como las recesiones, los desequilibrios económicos internacionales, las pérdidas en la balanza comercial, el desempleo y la falta de inversión eran consideradas patologías pasajeras que se resolvían por sí mismas, en el marco de un darwinismo social en el que se imponía la ley del más fuerte y la supervivencia del más apto». En su obra «La Teoría General», Keynes había refutado tales conceptos preconizando la necesidad de la intervención estatal. El economista inglés también había sostenido que una moneda sobrevaluada no es una moneda fuerte sino débil, y propuso, por los años veinte del siglo pasado, «un programa de obras públicas financiado con endeudamiento para incrementar el empleo».

Como hace notar Luppi, varios premios Nobel de Economía de los últimos tiempos están alineados claramente en el neokeynesianismo: Paul Samuelson, John K. Galbraith, Paul Krugman y Joseph Stiglitz.

Es tiempo que los fundamentalistas criollos del libre mercado abandonen su prédica novelera y vuelvan sus ojos a este gran pensador que fue capaz de elaborar sus teorías económicas desde un punto de vista humanista. *

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