Una propuesta y su trasfondo
EL PRESIDENTE DEL Frente Amplio, compañero Jorge Brovetto, respondió a una requisitoria periodística señalando algunos puntos susceptibles de ser incluidos en una futura reforma constitucional. Se destacaban en tal sentido tres aspectos: la eliminación del sistema de balotaje para la elección presidencial, la posibilidad de reelección del primer mandatario, y poner fin a la separación de las elecciones nacionales y municipales, habilitando en este caso el voto cruzado. Estas declaraciones se ubicaron entre el discurso del propio Brovetto en la conmemoración de la victoria electoral del 31 de octubre de 2004 (en que destacó en una emotiva alocución la obra positiva del gobierno en año y medio de gestión, tema sobre el cual ha formulado precisiones plenamente compartibles el senador Enrique Rubio en reciente contratapa de LA REPUBLICA) y la elección interna del Frente Amplio, que brindó un ejemplo aleccionador de espíritu democrático y de voluntad participativa. Como era presumible, estas ideas lanzadas al ruedo alborotaron el avispero. La oposición dijo todo lo que puede imaginarse, y algo más. Era la actitud previsible por parte de una oposición que ha perdido el rumbo, que se esteriliza en el rechazo sistemático de las iniciativas del gobierno, que se está cavando la fosa con jugarretas política vacuas, y que exhibe incluso el cuadro de desavenencias internas por la imposición de esa tesitura antinacional. En el campo frenteamplista, las declaraciones de dirigentes de los diversos sectores tuvieron un denominador común: estimaron que era prematuro plantear estos temas y que había otros más urgentes. No se pronunciaron sobre el fondo de la cuestión.
Sin embargo, creo que es conveniente mirar más allá de la nariz y extender la visión hacia un futuro próximo. En el caso, aquilatar adecuadamente cuál es el trasfondo de la propuesta, el revés de la trama. Para ello hay que recordar los avatares de la última reforma constitucional impuesta por el contubernio blanqui-colorado. Y no ser inocentes. Comencemos por la novedad más importante introducida por dicha reforma: el balotaje, la elección presidencial en dos turnos que sustituyó al régimen que otorgaba la presidencia al lema que obtenía la mayoría relativa. Recuerdo la ardua discusión que al respecto se suscitó, particularmente en el Senado, y las conversaciones mantenidas con los legisladores frenteamplistas que sobrellevaron el peso del debate. Lo que venía propuesto por colorados y blancos era que para ganar en primera vuelta había que reunir la mayoría absoluta de todos los votos emitidos. No de los votos válidos, sino de todos los votos emitidos. Esto no existe en ningún lugar del mundo. Ningún sistema electoral presenta una exigencia tan elevada, de manera tal que todos los votos inválidos o en blanco se colocan en el otro platillo de la balanza, sumados a los de los restantes partidos, todos contra el partido mayoritario. Ya vimos cómo el sistema funcionó en Brasil. Lula estuvo a un tris de alcanzar en el primer turno el 50% más uno de los votos VALIDOS. Esto es lo que siempre se consideró. Incluso en varios países se requiere un porcentaje menor. En Nicaragua se necesitaba estar por encima del 40%, o bien del 35% con un 5% de ventaja sobre el candidato siguiente, y así el FSLN con Daniel Ortega ganó la presidencia.
Pero blancos y colorados fueron inconmovibles. Habían sellado un pacto de hierro. No atendieron razones. Impusieron la suma de sus votos con el propósito evidente de evitar el acceso del Frente Amplio al gobierno. Para eso se hizo la reforma constitucional. Y el artículo 151 de la Constitución reformada consagró esa enormidad jurídica y política, quedando redactado de la siguiente forma: «El Presidente y el Vicepresidente de la República serán elegidos conjunta y directamente por el Cuerpo Electoral por mayoría absoluta de VOTANTES» (subrayado NS).
Lo que sucedió es conocido. En la elección siguiente el FA emergió como la primera fuerza política del país. Era un cambio trascendental, frente al predominio de los partidos tradicionales desde el inicio de la vida independiente de la República. Pero la presidencia le fue vedada, porque en el segundo turno blancos y colorados se unieron en la votación, deponiendo una secular rivalidad. Los blancos votaron a un Batlle. Cualquier cosa, con tal de que el Frente no llegara al gobierno. Hubo que esperar un nuevo período, y el Frente estuvo a la altura de la apuesta redoblada. El 31 de octubre 2004 en el primer turno Tabaré Vázquez recibió más votos que blancos y colorados juntos (y estos últimos, que siempre tuvieron el poder en las manos, solos o en yunta, por elección o golpe de estado, bajaron su votación a un dígito, algo hasta ahora impensable), sumándoseles además los votos del Partido Independiente, la Unión Cívica, otros partidos menores, y también los votos en blanco, nulos y observados. Todo fue en un platillo de la balanza contra el FA, y el FA consumó la hazaña de ganarles a todos juntos. Se demostró que se podía. Por añadidura en mayo siguiente alcanzó por cuarta vez consecutiva el gobierno de Montevideo y por primera vez siete intendencias del interior, otros tantos hechos inéditos.
Con estos antecedentes, me atrevo a preguntar: ¿Qué tiene de malo dejar atrás el sistema del balotaje, gestado en esas condiciones espurias, para volver al sistema de mayoría relativa con un único candidato por partido? ¿Y qué tiene de malo plantear la posibilidad de la reelección, para ahora o para después? La experiencia de gobiernos de izquierda en países latinoamericanos ha mostrado que ello resulta conveniente. Por otro lado, ¿qué ventaja ha deparado la separación por seis meses de las elecciones departamentales? Ninguna, y ahora se propone como aditamento el recurso genuinamente democrático del voto cruzado. Todo indica, en conclusión, que en un futuro no lejano las propuestas iniciales de Brovetto se situarán naturalmente en el debate político. *
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