Albania también es Europa
Esta afirmación es evidente cuando uno la dice mirando un planisferio. No tiene la misma claridad cuando está gestionando su pasaje desde Montevideo sentado en el sillón de la agencia de viajes. Me confesó la funcionaria que era la primera vez en su vida que hacía esta reserva. Esto no me desanimó en absoluto, al contrario. El deseo de ir a Tirana es muy antiguo en mí, la familia de mi madre emigró de allí en 1462 , hacia Calabria. Aún hoy, más de quinientos años después, en el pueblo de mi madre en Italia, Lungro, se habla albanés, se mantienen las costumbres y el rito griego en la liturgia. En este pequeño y hermoso pueblo la única estatua que hay es la de Jorge Castriota Scanderberg, por supuesto en la plaza central y toda la nomenclatura está escrita en albanés primero y luego italiano. La referencia a este pasado lejano siempre estuvo presente en mi familia y el pueblo. En las tertulias familiares de los domingos de tarde se reiteraban los recuerdos y las anécdotas que disfrutábamos muchísimo escuchar de los mayores.
Siempre me pregunté por qué este vínculo con la tierra original era tan fuerte. Ahora tenía la oportunidad de hurgar la respuesta. Estaba en Roma, invitado a dirigir un taller sobre «Pedagogía para la paz, la no violencia y el perdón» y por lo tanto a menos de una hora de Tirana. Era la ocasión. ¿No es acaso una (cierta) violencia que Albania esté a menos de 90 kilómetros de Italia y esté fuera de Europa económica y culturalmente? ¿Qué pasa ahí y que viene sucediendo desde hace más de 2.500 años?
Antes de salir debí escuchar los llamados de atención de familiares y amigos respecto a la falta de seguridad en Albania y la peligrosidad de esta gente. Apenas puesto el pie en Tirana pregunté a una persona que me pareció confiable qué había de estos comentarios. Me respondió que allí gozaba de la mayor seguridad posible y que si algo, a veces sucedía, era debido a los italianos y griegos. Si tuviera que arbitrar una resolución del conflicto de pareceres me inclino, sin duda, por el criterio del albanés.
Albania da una primera impresión de un país subdesarrollado no muy distinta de Centroamérica. Mirando mejor me hacía recordar mucho a Cuba. No hay miseria ni pordioseros. La gente viste sobria pero muy limpia. Son atentos, interesados en dar servicios y sobre todo intentan conversar muy afablemente el motivo de que uno vaya a verlos. El problema es que sólo hablan albanés, una lengua ni siquiera inteligible para los griegos ni tiene parentesco con ninguna otra lengua viva. Las generaciones mayores de 30 años manejan algo el ruso, para nosotros vía clausurada. Los más jóvenes manejan varias palabras en inglés y conocen, más o menos, la sintaxis italiana. Así que entre italiano mechado con inglés pudimos desarrollar nuestra aventura intercultural.
A tal punto les interesa saber qué pasa «en el mundo» que nos hicieron un reportaje para el único canal de TV. Un amigo del momento llamado Spartacus hizo de improvisado traductor. El tema era ¿cómo festejamos los uruguayos y cómo se festeja en Occidente un día feriado? El motivo de esta insólita inquietud era que ese día festejaban a la Madre TERESA DE CALCUTA, y era el segundo año que esto acontecía. No tenían antecedentes de días feriados en una rígida tradición trabajadora stalinista, luego maoísta y ahora coreana, con ganas de conocer qué es el Mercado Común y cómo sopla el viento por allá afuera. Por supuesto que contestamos la primera pregunta afirmativamente: ¿Ustedes saben que Teresa de Calcuta era albanesa? Mi cabeza contestaba y hablaba pero también en una segunda reflexión muy emotiva me sorprendía que aquel país tan radicalmente comunista y ortodoxo marxista-leninista se alegra de tal modo con el recuerdo de la Beata Teresa. El nacionalismo desbordaba viejos esquemas.
Por supuesto que esos días en Albania dan mucho que hablar, imposibles de contener en una nota periodística. Sin embargo, abreviando, digo que Albania la vivo como una reserva de humanidad encajonada en Europa. No ha llegado (¿aún?) el consumismo y las transnacionales. Se vive una pacífica etapa precapitalista donde por ejemplo nuestro taxista quedó tan interesado con nosotros que de paso al Aeropuerto nos invitó a conocer su casa (allí todo queda cerca), nos presentó a su padre, su esposa, y sus hijos. Cubrieron una mesa de comida como para que nos quedáramos varios días y nos lo dijeron. Prepararon bolsas con frutas de su huerta para que nos lleváramos, imposible decirles que no. Finalmente pactamos que sólo llevaríamos dos con manzanas, peras, unas deliciosas granadas y algunas hojitas aromáticas para la salsa (sic).
Recordaba, cuando me iba, aquel pasaje de los Evangelios en que Jesús (Lc. 7) le dice a sus amigos que lo invitaron a cenar, ante el reproche que le hacían a aquella pecadora que le lavaba los pies, que ellos, sus amigos, no le habían ofrecido agua para lavarse las manos, y veían mal a quien sin conocerlo le lavaba los pies y los secaba con su cabello.
Volvía a Roma, la occidental y cristiana, pensando cómo cuidarme los bolsillos y la maleta en aquel laberinto humano, dejando atrás a la excluida Tirana que nos mostró su fresca hospitalidad. *
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