La atómica
El mundo está conmocionado y no es para menos, por la bomba atómica que acaba de experimentar Corea del Norte. La misma, aunque chica, megatones limitados y menores que los usados por EEUU en Hiroshima y Nagasaki hace 60 años, no es óbice para evitar como argumento el peligro «in crescendo» de la proliferación de esta arma terrible. Pues el principio no es la cantidad de explosivo sino la forma de hacerla o armarla. Y Corea del Norte, aclaró fehacientemente que sabe cómo fabricarla, el que sea más o menos destructiva sería hasta menor comparado con la facilidad de crearla, se quiera cuando quiera y por quien se quiera. Pero la verdad ante la alarma generalizada es que era esperable que el limitado hasta hoy, club atómico de los «nueve», se vaya a seguir agrandando de igual manera que ya venía sucediendo. Cuando Von Braun inventó el alma del aparatejo con la cual EEUU arrasó dos ciudades abiertas japonesas multitudinarias, en inédito genocidio en la historia de la humanidad, eran los yanquis los únicos que la tenían y usaban. Después fue la Unión Soviética la que accedió a su descubrimiento. Y como resultado inmediato se forma el segundo block en su torno con el consabido equilibrio y la guerra fría como secuencia. A partir de allí, paulatinamente, en forma tal vez lenta pero constante fueron proliferando los países «propietarios» de la bomba. Nadie se alarmó en demasía cuando los franceses, ingleses por citar los más notorios, la obtenían. Incluso Israel que estaba y está en guerra permanente con los árabes, por citar los más notorios, también las fueron teniendo con el peligro de ser usadas. ¿A los efectos de la humanidad y sus intereses globales, qué diferencia como resultado efectivo y material hace que la exploten los «chinitos» de Corea del Norte, los árabes de Aminajijab que en cualquier momento «levanta la palanca» funcionando la suya, o que les puedan tirar los nueve restantes actuales? Garantías de responsabilidad de tenerla archivada es obvio que no hay. Sin perjuicio de señalar que el único que la experimentó con seres humanos fue EEUU. Justamente el que más invoca valores humanísticos, éticos y sobre el no uso de la misma, o sea, entendámonos. Es criminal que la usen otros que no sean yo y mis amigotes financieros de Wall Street. Pero si la explotan los «chinitos» y los iraníes por señalar los más enfrentados a ellos (petróleo mediante) son criminales y genocidas de la raza humana. En puridad, el resultado en vidas y destrucciones es el mismo. En buen decir, no es un problema de cantidad sino de calidad de seres humanos. ¿Valen más los yanquis, ingleses, judíos, franceses, etc. que un chino, iraní o palestino? A estos últimos parecería que no se les considera seres humanos más allá de las estadísticas.
Acá está justamente el detalle que marca la diferencia con ese incorrecto razonamiento imperial. Los chinos de Corea del Norte ya la tienen y Amajanijad y sus iraníes, en cualquier momento, cuestión de semanas o meses, capaz que también lo que es más, no sería disparatado presumir, que en 15 o 20 años en lugar de los nueve o diez que son ahora, sean más 20 o 30 años los que tengan el «juguete». Ironía al margen, puede llegar el día que en la feria de Tristán Narvaja o de Manga se encuentren repuestos para que algunos nenes ingeniosos armen alguna chiquita para fin de año. Quién para a Brasil, España, México o la propia Venezuela (le mando la idea a Chávez. Le va a venir de perlas), por decir algunos. Claro, puede ser, que los países chicos, pobres e inermes se beneficien, ante las actuales explotaciones imperiales, se forma el equilibrio de fuerzas contra Wall Street y sus manipuladores económicos potenciales, necesario en el mundo para economía y justicia social.
¡Tata Dios es sabio! Nadie se animaría como lo hizo EEUU.
Arrasando las ciudades japonesas, a volver a usarlas en otros países por temor a la represalia. ¡Nadie se higieniza con papel de lija!, reza el sabio refrán.
Los árabes salvarían definitivamente su oro negro y sus fronteras, los coreanos igual, Afganistán lo mismo con su gas natural, los palestinos sus armas dunas y el petróleo que está debajo, y hasta nosotros salvaríamos el acuífero Guaraní siempre que consigamos para entonces algún padrino que evite que fuésemos infieles.
O sea, volver al método del equilibrio mundial
¡No me digan que no soy realista! *
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