Inhóspito destino en la tierra purpúrea
La diáspora uruguaya en el mundo nos exige, evidentemente, políticas de diversa índole que determinen que alguna vez esos uruguayos que, mayoritariamente, quieren volver a su terruño, lo hagan.
Sin embargo hasta hoy nuestra propia sociedad ha sido inhóspita para quienes se han atrevido, venciendo espejismos, a regresar al país porque aquí, mayoritariamente, no se han podido insertar de acuerdo con sus experiencias adquiridas.
Solamente en la primera etapa de la apertura democrática la Universidad de la República abrió sus puertas a los que regresaban, restituyéndolos en sus cargos y reconociendo los períodos de exilio como si hubieran sido efectivamente trabajados. De esa manera cientos de docentes y científicos, del mejor nivel, pudieron insertarse nuevamente en nuestra sociedad y comenzaron a dar lo mejor de su experiencia adquirida en beneficio de las nuevas generaciones.
De esa manera pudo reestructurarse la Universidad de la República duramente golpeada durante la dictadura, que sólo exhibía falencias en materia educativa. Y ni hablar en cuanto a la investigación científica, que es verdadero motor para la incorporación del conocimiento, la que durante el período de facto prácticamente dejó de existir.
Esa política reparatoria que se aplicó con los universitarios y con algunos otros trabajadores de la administración pública, pero no con los de la actividad privada que recién, dos decenios después ,logran un reconocimiento que si bien es justo, aparece como tardío, porque ya muchos de los que regresaron al país con la ilusión de trabajar en democracia siempre tuvieron sobre sus espaldas el peso de ese exilio que, en muchos casos, les impedía completar los años mínimos exigidos por el Banco de Previsión Social para recibir una jubilación.
Fueron políticas desiguales, absolutamente deshumanizadas en torno a los trabajadores privados, sin una explicación válida que justificara todo este tiempo de espera. Pero además una acción que no estimó la importancia que tuvo para el país el reencuentro de las familias en el marco de la democracia. ¿Por qué en su momento no se otorgó una compensación a los que regresaban, reconociéndose ante el BPS los años de exilio, equiparándolos como efectivamente trabajados?
Por supuesto que no existe una explicación válida para tamaña acción, nunca nadie ha intentado darla. Siempre han sido excusas. Como también se evitó durante años contemplar a los ciudadanos que fueron perseguidos, torturados y encarcelados por su lucha por la democracia. ¿Por qué se lo hizo?
Algún análisis mezquino podría concluir que nunca se arbitró una solución para este grupo humano, porque en general los integrantes del mismo pertenecían a la izquierda y no a los partidos tradicionales gobernantes que reiteradamente se sucedieron en el poder, hasta la asunción del gobierno progresista del doctor Tabaré Vázquez.
Ahora la ley reparatoria, modesta y tardía, está aprobada, faltando la reglamentación que debe realizar el Poder Ejecutivo y que esperamos sea lo más liberal posible para que no cree nuevas e injustas exclusiones. Su aplicación servirá para ayudar a muchas familias que se encuentran en la orfandad, para abrir a algunas víctimas de la afrenta dictatorial, una esperanza de vida armónica en las, para muchos, últimas etapas de su existencia.
Sin embargo, es bien claro, nuestro país sigue sin abrirse a los que hoy quieren volver. No existen políticas para los uruguayos que buscan reinsertarse de nuevo en una sociedad que todavía es inhóspita, que pese a su crecimiento mantiene altos niveles de desempleo y no le ofrece tampoco a quienes han logrado en el exterior una calificación de nivel internacional, lugares adecuados para hacer valer lo suyo. Tenemos muchos ejemplos sobre el punto y la mayoría de ellos son lamentables.
Es la hora, quizás, de que se comience a pensar en ese fenómeno. De cómo hacer que nuestro país, con su población envejecida, se renueve en sus cuadros dirigentes con sangre nueva, experiente y capacitada.
Es la hora de repensar al país. *
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