La oposición se opone al debate educativo
La intempestiva renuncia del profesor José Rilla a su participación en la Comisión Organizadora del Debate Educativo constituyó un nuevo elemento irritativo en las ya turbias relaciones entre gobierno y oposición.
La ocasión fue aprovechada por blancos y colorados para cargar las tintas contra el oficialismo y para anunciar su decisión de no seguir participando en el debate. Esa deplorable práctica de «patear el tablero» se inscribe en la estrategia elegida por la oposición, que parece haber optado por el camino irracional del enfrentamiento. Conscientes de que quedaron en minoría, prefieren –en vez de aceptar el generoso ofrecimiento del gobierno para integrar organismos– doblar la apuesta de su perfil opositor tratando, a la vez, de aparecer ante la opinión pública como las víctimas de un gobierno «autoritario» que los ignora. En ese sentido, el caso más patético ha sido la reacción blanquicolorada ante el nombramiento interino del Fiscal de Corte; se llegó a hablar de violación de la Constitución.
Pero volviendo al tema educativo, recordemos que en mayo pasado escribimos lo siguiente:
«Es ya un lugar común afirmar que la educación en nuestro país ha sufrido un proceso de deterioro nefasto que nos llevó a una realidad bien distinta de lo que fue la educación hasta los años sesenta del siglo pasado. El nivel educativo y la cultura general del uruguayo medio eran motivo de orgullo nacional pues se situaban muy por encima de la media latinoamericana.
La crisis que empezó a mostrar sus efectos hacia fines de los años cincuenta también golpeó a la enseñanza, y sobre todo, a la enseñanza pública. No en balde durante la predictadura pachequista comenzaron los ataques más violentos contra autoridades, docentes y estudiantes; no en balde, ya bajo el gobierno de Bordaberry –pocos meses antes del golpe de Estado– el titular del MEC pergeñó una Ley General de Educación que significó un mazazo feroz contra la enseñanza popular y abrió el camino para que los coroneles metidos a profesores se dedicaran a su tarea demoledora.
La vuelta a la normalidad institucional marcó un alivio en la situación de la enseñanza en la medida en que se ocupó de desfacer los entuertos más groseros cometidos por los motineros, pero la enseñanza no logró recuperar ni su nivel de otrora ni su prestigio. Sucesivas reformas resultaron ineficaces y los males de la enseñanza siguieron agravándose.
Por primera vez estamos ante un gobierno que parece dispuesto a hincar el diente a tan delicado y trascendente asunto. Ardua tarea la que aguarda a todos los actores involucrados en la empresa de reformar la educación. Porque no hay que olvidar que los males de nuestra enseñanza no pasan solamente por incrementar la asignación presupuestal. Nuestra enseñanza debe adaptarse a nuevas realidades, debe reformular sus metas, revisar los contenidos, modificar los programas. Debe observar un justo equilibrio entre la enseñanza libresca que predominó hasta mediados del siglo pasado, algunos de cuyas características aún perviven hoy, y la enseñanza ‘útil’, es decir pragmática, que sólo se propone adiestrar a los jóvenes para su inserción laboral. tener muy en cuenta».
Hoy, debemos decir que es realmente lamentable que blancos y colorados hayan decidido alejarse del debate. Cierto es que la reforma educativa es un asunto polémico, pero precisamente por eso hubiera sido mucho más saludable que se propiciara la confrontación de visiones, puntos de vista, opiniones y hasta concepciones filosóficas diversas de manera de llegar, si no a un consenso, por lo menos a una puesta a punto de la realidad educativa y a una reforma de la enseñanza que permitiera al país tener un sistema educativo aggiornado. Tanto el Partido Colorado como el Partido Nacional cuentan en sus filas con distinguidos intelectuales que podrían haber aportado sus conocimientos, su capacidad y su experiencia para enriquecer el debate y para incorporar al mismo sugerencias y propuestas que seguramente habrían sido tenidas en cuenta. *
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