Convención mordaza

Se constituyó la Convención Departamental nacionalista de Montevideo. La misma tenía como cometido elegir el candidato a la Intendencia del Partido. Claro, la misma debía surgir de la mencionada Convención y no de la decisión «dedocrática» del Directorio que no tiene competencia a esos efectos o lo que es peor de alguna resolución unilateral de algún capitoste que se sienta dueño del partido.

El aserto, según el cual los convencionales, como se nos dijo cuando se requería desesperadamente el voto para la reforma constitucional, iban a ser depositarios y ahora sí, por fin de la soberanía partidaria gracias a la nueva Carta Magna, no dejó de ser un gran engaño o mayúscula mentira. La prueba más cabal de esta realidad ha sido esta convención. Para la candidatura del señor Ruperto Long, persona muy respetable que en ningún momento se cuestiona, no se consultó a ningún órgano, asamblea, agrupación o simplemente consulta verbal individual dentro del partido.

Simplemente se resolvió entre «bambalinas» y se mandó «maniatada» a una convención electiva que según se nos dijo también no admitía discusión alguna. Se votaba o se votaba. Al que discrepase, no con don Ruperto, sino con todo procedimiento arbitrario, dictatorial o antojadizo y absoluto, se tenía que ir. Ante lo cual «vecinos alzados» al decir de Aparicio, cuando inició sus revoluciones ante el absolutismo y arbitrariedad del gobierno de la época, con dignidad, nos fuimos de la convención. Once convencionales, tal vez pocos, pero con entereza, que habíamos presentado una moción para dejar sentado, no la elección de Ruperto Long (candidato según trasciende del doctor Lacalle), sino la discrepancia con los procedimientos antojadizos y vergonzosos, nos retiramos de la Asamblea.

Once sillas quedaron vacías. Once nombres no respondieron. Once voluntades libres que no admiten mandato dictatorial, sin dividir el partido, otros lo han hecho ya, sentaron sus discrepancias legítimas. Somos seres humanos, ciudadanos pensantes. No ganado para ser arriado a lazazos. Otros se quedaron y admiten el «mayorazgo». Es obvio que no van a pasar ni a la más triste historia. Son gustos.

El partido no se salva amordazando a sus hombres libres. El partido no es propiedad privada de políticos decadentes, ambiciosos y soberbios que creyéndose «iluminados» rigen sus destinos amparados en la «pacatez» o «amanzamiento» de una dirigencia menor que se resigna por miedo a perder beneficios y canongías a «levantarse» ante el avasallamiento abusivo.

Vamos a una elección en mayo entre nubarrones y horizontes tormentosos. Estamos mal parados. Es una realidad objetiva. No por culpa de don Ruperto precisamente, que va al «sacrificio» o «matadero» sin darse cuenta, supongo que por buen blanco. Se lleva al partido al desastre por vanidad y soberbia de determinados seudojefes que «abulonados» en sus posiciones se niegan a reconocer sus horrores y sus culpas. En cualquier país donde se hace política en serio, cuando se produce un desastre electoral, los jefes y sus staff renuncian y se van con dignidad. A título de ejemplo en Israel, por citar algo reciente, Netanyahu perdió y renunció. Se podrá o no discrepar con su política pero nadie puede negar que el dirigente judío tuvo dignidad. Alfonsín, santo que no es de mi devoción, después del desastre de su gestión se fue y lo sustituyó De la Rúa. También tuvo vergüenza y dignidad. En el único país del universo donde se pierde por trescientos mil votos y sus responsables siguen lo más garifos y anuncian con rostro «pétreo» que dentro de cinco años «volverán» como Mac Arthur. Es en Uruguay. Nadie oyó un «mea culpa». Nadie se siente responsable. Se sigue dando normas y se declara con frescura polar que «yo soy el que trato sobre cargos y ministerios con el Presidente». «Yo soy el que decido. Yo soy el que resuelvo».

Pregunto: ¿y por qué no dice, yo soy el culpable no de refundar sino de refundir un partido que tiene 170 años de historia y entre otras menudencias, hizo patria? ¿Por qué no se tiene la valentía de decir «estoy matando el partido que mis ancestros honraron y defendieron hasta la muerte y por su bien debo irme para que venga una renovación que lo salve y reflote?

Esta es hora de grandezas y no de enanos ambiciosos o doctores oportunistas y paniaguados. Saravia no se «achicó» por las vocinglerías y presiones zipayas del Directorio de la época que no se animaba a levantarse contra el gobierno de Batlle y su ejército de línea. Con su habitual ironía, le dijo a los doctores del Directorio que la única ventaja que nos lleva el ejército es que «tienen banda e’música».

Hoy sólo fuimos once que no paramos en una convención y que fieles a Saravia no admitimos «mandones» ni candidaturas «forzadas» donde ni se nos deja opinar previamente.

En mayo se termina el campeonato. Si se obtiene menos del 12,5% de los votos de Montevideo y se vuelve a «trastabillar» en el interior, al directorio no le queda mucho «paño». Debe renunciar. Es de sentido común. Claro está, hay que tener «redaños» y amor por el partido sin perjuicio de un mínimo de dignidad, vergüenza y respeto personal en sí mismo.

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