"No se olviden de Cabezas"
El veredicto y sentencia aprobados por la Cámara Federal de Dolores (Argentina), en la que se condena a ocho de los responsables del asesinato del periodista José Luis Cabezas, conmovió a la opinión pública y constituye –más allá de oscuridades e insuficiencias que se le han anotado– un acontecimiento de enorme importancia en la lucha contra la impunidad.
Un hecho significativo: durante la lectura por los canales de TV del fallo judicial, que insumió varias horas, miles de argentinos se agolparon frente a las televisoras para seguir paso a paso el desenlace del juicio.
La verdad es que la incuria, cuando no directamente el saboteo por parte de la policía bonaerense en la realización de las investigaciones (que involucran a algunos de sus jerarcas) fue en gran medida atenuada por la enorme presión realizada por la prensa y los gremios de periodistas.
Como ha escrito Mario Wainfeld en el matutino Página/12 del domingo pasado, la frase «No se olviden de Cabezas» simbolizó y encabezó una de las más potentes batallas contra la impunidad que se recuerdan en la Argentina. Logró catalizar una investigación que ya produjo ocho condenas y seguirá abierta».
En el mismo periódico, Miguel Bonasso realiza una serie de críticas a lo que entiende son errores y hasta ingenuidades de los jueces actuantes.
Bonasso, que trabaja sobre la base de un análisis exhaustivo del voluminoso expediente, lanza algunas hipótesis que a primera vista aparecen con incuestionable coherencia.
Sus reflexiones apuntan a señalar la existencia de un mayor número de responsables del asesinato, individuos situados en posiciones de poder tanto en la estructura política como policial en la Provincia de Buenos Aires.
Por eso resultan compartibles las valoraciones de Wainfeld cuando señala: «El saldo es, a todas luces, contradictorio y ambiguo. Por un lado no es poco –en un país con miles de cadáveres insepultos y crímenes cuyo castigo está prohibido por ley o decisiones presidenciales emanadas de gobiernos democráticos– que la sociedad haya clamado por un delito, haya presionado hasta la cima del poder político, haya conseguido que se condenaran algunos culpables y dejado bajo la lupa a patibularios sospechosos. Todos estos son avances contra la impunidad, no menores en términos históricos comparativos.
El crimen de José Luis Cabezas adquirió una trascendencia que pasó las fronteras mismas de la República Argentina para convertirse en una suerte de símbolo en la lucha de la prensa contra el poder mafioso enquistado en los grandes centros de poder económicos, en el aparato político-estatal y especialmente en la policía.
Como se ha señalado: «El crimen no fue consecuencia de un arrebato de brutalidad o de torpeza sino un hecho premeditado, que consecuentemente no se buscó ocultar sino exhibir privilegiando el amedrentamiento o la ocultación (…) los periodistas y los propietarios de medios se sintieron interpelados directamente por la amenaza que era parte constitutiva del asesinato y no sólo informaron acerca de la movilización en pos de justicia, sino que integraron su vanguardia. (…)
Hubo decisión profesional y a menudo militante, de los periodistas de vivirlo como una causa propia. Lo que no indagó la Policía bonaerense, lo que no se preocupó en desentrañar la Cámara (¿hay mensaje y dirigido a quién?) fue racional o intuitivamente respondido en acto por empresas, fotógrafos y cronistas».
La sentencia sobre el asesinato de José Luis Cabezas y la condena de algunos de quienes lo asesinaron constituye un acontecimiento de la mayor importancia no sólo para el combativo periodismo argentino sino para la democracia en toda América.
Haberle arrancado algunas plumas al espantajo invicto y horrible de la impunidad debe ser celebrado como una victoria para todos.
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