Hacia el diálogo en el contencioso vasco español
Llegó a mi mesa de trabajo una declaración internacional de apoyo al proceso vasco en su contencioso con el nostálgico imperio español. Es obvio, que no me lo manda su majestad imperial don Juan Carlos de Borbón precisamente. Pero después de las declaraciones, es significativo rescatar el peso específico intelectual, moral y hasta político de los que lo hicieron y lo firman. Francesco Cossiga (Italia), Mario Soares (Portugal), Gerry Adams (Irlanda), Kgalema Motlante (Sudáfrica), C. Cárdenas (México), A. Pérez Esquivel (Argentina). Se apoya y pondera el interés en buscar soluciones para el fin de la confrontación y la apertura de un camino de reconocimiento y compromiso cívico de la voluntad democrática emprendida. La indirecta es clara. Los vascos siempre estuvieron dispuestos en mayor o menor medida (plan Kas, etc.) en encontrar salidas que el viejo imperio negara en reconocer como pasó en Argelia (1985). En el segundo ítem, se afirma como único instrumento viable a la negociación, para dirimir problemas políticos en asentar la paz, reconociendo los compromisos mutuos como los derechos democráticos universales. En tercer lugar, el restañar heridas y reconocer derechos que en el caso específico con ETA lleva más de 45 años y en una lucha libertaria por la soberanía escalduna que se remonta a 400 años desde los reyes Isabel y Fernando que consiguieron por las armas el sometimiento vasco, siempre resistido por estos. Se cierra con la disposición de apoyo con todo el sentimiento e influencia ética y política que estos intelectuales del mundo tienen. Y acá, buena cosa es admitir que por primera vez en la España de Zapatero, se visualiza una aparente intencionalidad de reconocimiento a los derechos vascos. Por supuesto es por ahora sólo una intencionalidad que habrá que ver si se piensa llevar a cabo o si como ha sido costumbre, termina abruptamente en negativas que exacerbaban rencores que culminaban en los balazos. Hasta hoy, España jamás quiso la paz con los vascos, sino un simple sometimiento del pueblo eskaldun vencido y aceptando la negativa a sus derechos. Esta realidad explicada en forma escueta, es muy difícil hacerla entender con un océano de por medio y absorbidos en globalizaciones de poder económico imperiales cada vez más absorbentes de los legítimos derechos de patrias y naciones chicas.
Patrias y naciones cuyos derechos han sido como campanas de palo, no tañen ante los poderosos. Son los mismos derechos que tenemos nosotros en Uruguay, con apenas 176 años de soberanía constitucional. Edad que en la historia del mundo es por cierto muy poco, diría la pubertad institucional, contra los muchos milenios de existencia vasca. Con el argumento agravante de tener idioma, sangre, costumbres, cultura, artes, letras y música propias sin perjuicio de tradiciones e historias exclusivas. No son los vascos indoeuropeos. Nada los une con naciones europeas en general y muchos menos con los imperios vecinos en particular. ¿Qué otra causa, más allá de la fuerza, razón de las bestias, tienen España y Francia o cualquiera otra potencia para adquirir limbada por una historia, sangre, tradiciones, idioma, costumbres y sentimientos libertarios avalados por milenios de existencia libérrima? Todo ser humano y una nación con razones más que sobradas, tienen su legítima aspiración y derechos a sus libertades, igualdad y justicia.
El pueblo vasco no se caracterizó a lo largo de su milenaria y añosa existencia, por haber sido un pueblo belicoso, conquistador, depredador o genocida. Por el contrario, sufridos, trabajadores e industriosos, buenos vecinos, solidarios con los pueblos donde decidían instalarse y forjar con sus familias patrias nuevas. En nuestro Uruguay los tenemos justamente como ejemplos. Característica justamente primordial de la personalidad de ese pueblo.
Surge hoy una esperanza renovada para encontrar por lo menos, legítimos derechos. No creo que el logro sea absoluto en estas instancias primarias. Pero en la medida de admitir que gozan de la simpatía de la opinión pública mundial, sumado al peso intelectual y político de estas reconocidas figuras del manifiesto, se siguen abriendo ventanas por las que el sol libertario llegue tarde o temprano a sus picos pirenaicos. Allí estará siempre una Irkurriña flameante, esperando con noble terquedad su hora soberana.
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