Crónica de un fracaso
Más allá de la reciente derrota del TLC como inequívoco resultado de la oposición política interna desatada en los sectores del propio gobierno, sumada a otras posturas contrarias en el ámbito social, algunas de neto cuño ideológico, oponiendo incluso argumentaciones de naturaleza voluntarista a favor de un Mercosur en estado devaluado, realmente me genera la profunda convicción de que en dicha instancia triunfó una vez más ese culto al país donde pese a todo «la vamos llevando», o que da rienda suelta al delirio deportivo en ocasiones de alcanzar el «empate sobre la hora».
En el fondo, una vez más se impuso el «país del más o menos» y que a su vez poco entiende de la realidad de lo que acontece en el mundo, adosado a su fiel conservadurismo, la resistencia al cambio y esa constante indefinición de lo que queremos ser.
Cuando todo hacía presumir la inminencia del inicio de las negociaciones que nos llevarían a las conclusiones y al balance final respecto de la viabilidad de un futuro Tratado, se optó por desistir ese camino, calmar ciertos gritos de la tribuna y devolver al paisito la tranquilidad donde nada resulta más caro que mantener nuestra apacible siesta.
Cuando las circunstancias nos colocan delante una oportunidad, optamos por traficarnos la sospecha y la duda como símbolo de sabiduría; damos el paso atrás en aras de la «cautela» o miramos impávidos el raudo paso del tren del que no formaremos parte de sus pasajeros.
Para colmo de las desgracias somos maltratados en la región por un vecino occidental que no quiere nuestro desarrollo y crecimiento, y por otro al norte, que si protestamos nos ignora, o en su defecto nos enseña la planta del pie como advertencia del posible crujido si posara su enorme extremidad sobre nuestra frágil osamenta.
Pero lo más patético es que en este cuadro de desventuras todavía hay gente que entona loas al denominado «giro a la izquierda» de los gobiernos de la región, incluyendo la crédula generosidad con el Presidente «K» cuyas simuladas posturas izquierdistas desde el peronismo son «para la gilada».
Para la diplomacia brasilera, la estrategia de Itamaraty representa la versión política imperial cuyos objetivos constituyen una verdadera política de Estado, más allá de quien ocupe la presidencia del país e independiente de las definiciones semánticas atribuibles a los cambios de gobierno.
Considero que si un atributo nos es permanentemente ajeno por contumacia es el de la intrepidez; si una ridiculez nos caracteriza es el sueño de pretender hacer todavía las cosas «a la uruguaya»; y si le echamos las culpas del resultado al estado barroso de la cancha será porque tal vez los adversarios nos ganaron jugando por el lado seco.
En síntesis, ante el fracaso del TLC, creo que no sería acertado incurrir en el error de establecer la fútil estigmatización a la labor de presuntos «halcones mercosurianos». Para nada.
En cambio seamos contestes en cuanto a la necesidad de generar nuestra propia reprensión.
Se trata de hacer entender que el mundo de hoy transcurre con otras lógicas y que así como la globalización se mueve en los espacios de la vertiginosidad de las comunicaciones, la rapidez del transporte y el cálculo, nuestro desafío es intentar subirnos a ese tren o perpetuar una vida cada vez más aldeana y alejada del mundo real.
Nos hace falta un proyecto de país y la consiguiente disciplina para conseguirlo. Nos hace falta mirar más hacia delante y menos para los costados.
Plagiando a Thomas L. Friedman se trata de entender que el mundo se ha vuelto plano. *
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