La vida después del genocidio

Berlín se comienza a visitar desde la Puerta de Brandemburgo. Allí está el centro de referencia urbano e histórico de esta ciudad que fuera arrasada en la II guerra y aun en plan de reconstruirse.

La solemnidad del espacio impone respeto. Todas las líneas políticas y culturales del Siglo XX parecen encontrarse en la plaza de Oriente. A unos cien metros de allí nos encontramos con el «Monumento en memoria de los judíos asesinados en Europa». Realmente tuve la vivencia de un encuentro sereno y fantástico con un pueblo humillado y recuperado. Nada anuncia este monumento de dos manzanas de extensión. (19.000 m
En lo personal sentí una extraña sensación de cementerio vigilante. Algo así como la presencia histórica de más de seis millones de personas que miran observantes, receptivas y curiosamente amigables. Las formas levemente ondulantes e imperceptiblemente sinuosas, como la sonrisa de la Gioconda, crean una atmósfera de paz, equilibrio, búsqueda de «algo más», más allá de lo que aparece a primera vista.
Seguramente el arquitecto Peter Eisenman, creador de esta maravilla, tiene que haber sentido estallar su cabeza y su corazón para contener tanta grandeza que desafía los sentimientos más profundos, las sensaciones más volátiles y los pensamientos complejos.

Las 2.711 estelas de hormigón pueden recorrerse a pie entre los senderos en cuadrícula que forman, sin rigidez ni violencia. Apenas pequeñas variaciones de centímetros en las alturas, suaves ondulaciones cadenciosas en el piso y desplomes de milímetros, quizás centímetros, en las líneas verticales. (exactamente entre 0.5 y 2 grados). Un monumento que nada tiene que ver con ningún otro. Quizás inspirado en el Cementerio judío de Praga. Parece un cementerio, pero en realidad es un conjunto organizado que estalla como grito de vida y esperanza.

Siento una sinfonía de pareceres, opiniones, encuentros y desencuentros del pensamiento contemporáneo, expresado en esta multitud de pesadas formas de hormigón. El arquitecto Eisenman seguramente es atento escucha de estas sinfonías, con sus disonancias o grandes emergentes como Habermas. Sin duda, llegar a ceder estas dos manzanas, en el lugar más cotizado de Berlín, supuso largas y conflictivas discusiones en el ámbito del debate posterior a la guerra. El sentimiento de culpa del pueblo alemán, y especialmente berlinés, el sentido de reparación y de reencuentro en el perdón de los asesinados y torturados hacia sus «inocentes-cómplices» contemporáneos que reconocen su culpa y limitación, seguramente incidieron en este colosal desafío a un proyecto de humanidad sin violencia y con paz activa.
Mucho se discutió también, si debía ser dedicado «sólo» a la memoria de los judíos asesinados. También la memoria colectiva recuerda el genocidio de los gitanos y homosexuales y las terribles persecuciones de otras minorías religiosas y políticas. Sin embargo, la centralidad en el pueblo judío le da al testimonio una personalidad y concreción contundente e impactante.

En el subsuelo se encuentran los testimonios de cartas inscriptas en vidrios iluminados en el piso, mientras en los bordes del cielorraso se analiza el escalofriante número de seis millones de judíos asesinados por lugar geográfico del sacrificio. La sala queda en la penumbra de las únicas luces que provienen del piso a través de los vidrios escritos. Hay pequeñas piedras de hormigón para sentarse. El ambiente invita a la reflexión y esa oración que nos trasciende y hermana.

La última carta de un hijo a su padre, antes de entrar a la cámara de gas, o la de una madre a sus hijos convencida de que era su postrero adiós, nos hace buscar otro mundo, en la convicción de que es posible.

Este «monumento único» se encuentra a unos doscientos metros del búnker donde Hitler vivió sus últimos días fabulando males mayores y se casó con Eva Braum, como simbólico desaire al pueblo alemán que lo abandonara y donde dejó expresada su voluntad de ser incinerado; lo que sucedió a pocas horas de la llegada del ejercito soviético a Berlín.

Mi viaje al «viejo continente» es para dirigir un taller de educadores sobre «Educación para la paz, la no violencia y el perdón».

Todos mis apuntes e ideas quedaron empequeñecidos frente a semejante impacto humano, definitivo, verdadero. *

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