Ni pasado ni tan reciente

En 1964, con pasión de liceales de cuarto año, nos trenzábamos a discutir aquel lejano pasado que la historia oficial soslayaba o tergiversaba, origen de añejas adhesiones partidarias. Mientras tanto, fuera del liceo, se tramaba otra guerra civil, ambientada en la «guerra fría entre los imperios del norte», que enrolaría a nuestra generación pocos años después.

En febrero de 1964 el agente de la CIA Manuel Hevia Cosculluela era incrustado en el Ministerio del Interior, en el marco de los acuerdos con la Agencia Internacional para el Desarrollo. Como cobertura para sus acciones, la embajada le consigue un empleo en el diario Acción dirigido por el doctor Jorge Batlle. Por las memorias de Hevia desfilan políticos y militares de la época monitoreados, vigilados, o directamente conchabados, por los servicios extranjeros. Uruguay de los sesenta es un país bajo libertad vigilada, todo el mundo tiene un dossier en algún lado. A todos los políticos, funcionarios, civiles o militares, se les invetigaba minuciosamente en sus vidas personales. Seducción, chantaje, intimidación, todo sirvió a la política de domesticación de hombres.

Este cubano había sido reclutado por agentes de la CIA uruguayos, que formaban parte del cuerpo diplomático en Cuba. Una historia de agentes dobles, por la cual los cubanos logran infiltrar a la CIA, en tiempos en que ésta empezaba a armar la guerra civil uruguaya. Este agente actúa entre 1964/70 al servicio aparente de la AID, organismo que encubría las actividades de la CIA en la Jefatura de Policía montevideana .Hevia permanece hasta mediados de 1970, participa de las sesiones de entrenamiento en tortura a cargo del agente Dean Mitrione, realizadas en una cárcel clandestina en Malvín, donde se sacrifica a cuatro inocentes «bichicomes» recogidos de la calle, para el ejercicio de docencia en torturas; los cuatro murieron en las demostraciones. Y todo esto ocurría en medio de la más aparente paz. Por el libro desfilan muchos personajes, algunos gerontes sobreviven, actores de esas desventuras y que luego tendrían papel destacado en la dictadura. El golpe de Estado, precedido de algún conato previo, es el final de un largo proceso que abarca la década, en el cual el país se convierte en «campo experimental» de los servicios de inteligencia extranjeros. «Pasaporte 11333″, de Hevia, puede ayudar a comprender el papel que cumplieron determinados factores externos en el montaje de nuestros conflictos civiles.

Rasgarse las vestiduras en nombre de una laicidad que ha servido secularmente a la elaboración del panteón partidario, es de malévolos. Lo menos que puede hacerse por las futuras generaciones es fomentar el sinceramiento de los actores de este drama, que cada uno cuente a la posteridad cómo lo vivió, desde la perspectiva que les da el tiempo transcurrido y vivido.

Ya no es posible tapar los hechos con viejos anatemas y con panegíricos familiares, hacer «leyenda patria» para párvulos.

Los que carecen de una historia para compartir, una enseñanza para trasmitir, no se arrepienten de nada, posan de impolutos. Unos se jugaron «Por la Patria» y perdieron. Otros lo hicieron todo «por la plata» y eso es lo único que pueden contar. La mentira ya no tiene ni patas cortas, repta decadente, amenazante, sacudiendo sus descerebrados cascabeles mediáticos. *

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