Bordaberry y el autoritarismo colorado
No han cesado las reacciones en los partidos y los análisis políticos y académicos acerca del debate-altercado que tuvo lugar el pasado miércoles.
No deja de ser un dato de interés conocer las reacciones en el coloradismo en el seno del cual la actuación de Pedro Bordaberry (el acusador) se ha ido trasladando desde la mirada más o menos comprensiva (denodado hijo que defiende estoicamente a su padre) a los análisis que miden el efecto de su actuación en términos de marketing político.
El propio ex ministro Bordaberry ha expresado que, quizás, su movimiento haya significado su suicidio político, lo que no parece muy acorde con la presentación de defensor exaltado de una causa movido por la pura lealtad filial.
En el coloradismo la entonación general de las reflexiones ha ido subiendo de tono. Es más, las declaraciones de algunos de sus dirigentes indican una creciente inclinación, en términos democráticos, muy negativa, hacia las pautas más autoritarias y conservadoras existentes en las tradiciones de ese partido. Las rémoras autoritarias que remiten al viejo riverismo, al terrismo luego y más recientemente al pachequismo tan directamente emparentado con el ascenso de Juan María Bordaberry a la presidencia en marzo de 1972.
En ex presidente Jorge Batlle, que pareció tomar cierta distancia de las posiciones de su ex ministro, derrapó hacia afirmaciones desopilantes hablando de la «dictadura» actual del presidente Tabaré Vázquez. Para fundar esa descabellada conclusión, Batlle hizo referencia a los comentarios presidenciales acerca del carácter solapadamente opositor de algunos medios de prensa. Como suele ocurrir, nadie puede tomarse demasiado en serio los juicios del ex presidente.
En una senda de afirmaciones no menos impresentables, en El Espectador se pronunció de manera soez contra Michelini Carlos Ramela, que no ha conseguido –pese al tiempo que le viene dedicando– ni una mínima destreza en la manera de agraviar.
No menos reaccionarias resultan las conclusiones que emiten los voceros del Foro Batllista. Tomándoselas con la política de Derechos Humanos que viene impulsando el gobierno del Frente Amplio, para bien de la verdad y de la justicia, el sanguinettismo no está dispuesto a dejarse arrebatar el primer lugar entre los más intolerantes y reaccionarios contradictores de la izquierda: «Treinta años después, el establecimiento de esta política del rencor, ya ha engendrado un muerto: un oficial que se suicidó. Pudo haber sido una balacera, el crimen sin juicio de algún militar o el atentado a sedes judiciales, para amedrentar a magistrados. Todo es posible con un gobierno que fomenta el odio y que ha demostrado una infinita incapacidad para mantener la seguridad de la población».
En ese contexto no deja de llamar la atención el análisis del politólogo Garcé, quien sostuvo que (a partir de este episodio) Bordaberry «dio muestras de ser un retador peligroso de la izquierda». En su opinión, el ex ministro colorado se mostró como «un político que tiene el suficiente arrojo para hacer una apuesta como la que hizo», y «aparece otra vez como un político joven que logra algo que a muchos les cuesta: hacerle frente a la izquierda». Evidenció capacidad para «debatir con una figura política y simbólica de izquierda, y arrinconarla», dijo. «Bordaberry puede ser visto por votantes colorados y blancos como uno de los pocos políticos capaces de lograr eso». Agregó que dio «un paso adelante» y «se fortaleció».
Según nuestro punto de vista, el incidente tiende a fortalecer dentro del Partido Colorado las opciones más primitivamente de derecha, con fuerte entonación autoritaria. Es una tendencia y una apuesta que solo puede contribuir a aumentar el confinamiento del partido en una porción más restringida del espectro político. Menguada porción de apoyos ciudadanos en la que son muchos los que miran y pocos los trompos.
Al Partido Colorado nadie le impuso esa opción ruinosa. La eligió solo. *
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