Los medios y los debates sobre la impunidad

En la noche del jueves tuvo lugar un «debate» –de algún modo hay que llamarlo–, entre el ex ministro luego candidato colorado Pedro Bordaberry y el senador de la República Rafael Michelini.

Más que un debate conceptual o de posiciones políticas, la comparecencia fue organizada sobre la base de una maniobra, de hecho una suerte de emboscada, basada en actitudes de muy dudosa buena fe por parte del dirigente político colorado.

El operador político del coloradismo más ligado a las tradiciones autoritarias de ese partido desplegó una actuación de solidaridad con la dictadura instaurada en junio de 1973, a nombre de la devoción filial. Enternecedor punto de partida para defender las actuaciones de un dictador. Patente también para transitar por los escabrosos senderos de la grabación solapada de conversaciones que se presentan ante el desprevenido interlocutor como privadas.

Los organizadores del «debate», en realidad fue una áspera confrontación entre figuras políticas de muy desigual valía, tienen sobre sí la responsabilidad de un estilo superficial, novelero e irresponsable. La nota dominante es el efectismo, cosa que normalmente se aplica para simplificar acerca de otras materias, y es deplorable.

Aplicado ahora a la cuestión de los asesinatos políticos cometidos durante el período del terrorismo de Estado, del que Juan María Bordaberry fue promotor y protagonista encumbrado, el estilo de la tilinguería efectista de un programa de ese estilo resulta especialmente chocante.

Patética chafalonía: «dos hijos enfrentados a partir de la defensa de sus padres». Una pretendida simetría, empapada en demagogia, que pretende poner en un mismo nivel a un político que violó la Constitución y contribuyó a montar en el país todo el andamiaje de las instituciones represivas que sofocaron a nuestro pueblo durante trece años, con un líder popular de trayectoria resueltamente democrática.

El enfrentamiento del pasado miércoles entre Bordaberry y Michelini fue apenas una muestra de que en nuestro país hay algunos sectores sociales y políticos que empiezan a desesperar ante la consolidación de una nueva etapa política y de gobierno, y ante el nacimiento de una nueva perspectiva de cambios populares en las anquilosadas estructuras del país conservador.

El quebrantamiento de reglas de juego elementales en las relaciones políticas y del debate público es un recurso que está siempre al alcance de los grupos familiares y económicos que detentan el oligopolio de los medios de comunicación.

Ya hemos visto, más de una vez, cómo se «arman» estas puestas en escena destinadas a exculpar a los verdugos y a culpabilizar a las víctimas, sin excluir, para los organizadores del espectáculo, las «bien educadas» posiciones intermedias, los autodesignados árbitros que, en nombre de la moral y las buenas costumbres, se presentan como encarnando el espíritu mismo de la ponderación y la justicia, y desde ella reparten «equitativamente» los premios, los castigos o los empates.

Esas formas de simplificación y manipulación de los debates políticos no hacen sino obstaculizar el conocimiento a fondo de los hechos y por esa vía acumular la energía negativa que nace de la incomprensión para abordar los asuntos públicos.

¿Adónde se puede llegar en materia de comprensión de la historia reciente del país si se trabaja con la simetría grotesca de presentar las posiciones de Bordaberry con las del senador Rafael Michelini?

¿Cuánto hay que omitir? ¿De qué manera truculenta hay que mutilar la actuación de un dictador de ultraderecha para pretender recortarla con la del tribuno democrático y libertario que fue Zelmar Michelini?

Felizmente en el país se han instalado los mecanismos institucionales previstos por la Constitución, la Justicia ha empezado a actuar, y allí, sin simplificaciones ni demagogias, sin grabaciones solapadas ni insultos prepotentes, la verdad irá emergiendo de las tinieblas de tantos años de dictadura. *

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