Aggiornarse
Andrés Figari
Tal como era de esperar, pasadas las elecciones y con la expectativa de ganar las próximas, el FA se plantea a través de su presidente un tiempo de discusión interna para ponerse al día.
Esta actitud de promover el debate y la reflexión, con vistas a «actualizar», los principios, los programas y las consignas de una fuerza política que tiene treinta años de fundada, nos parece merecedora de aplausos, pero nos inspira algunos temores.
Merece aplausos por cuanto cualquier fuerza política que pretende ponerse a la cabeza de los acontecimientos no debe descuidar el perfeccionamiento del instrumental teórico de que dispone, so pena de perder el tren de la historia y convertirse en un lugar de culto de dogmas, y verdades fosilizadas. Los instrumentos de cambio social deben ser capaces, para empezar, de transformarse a sí mismos permanentemente, de tener sentido autocrítico, de tener el oído agudo como para detectar aquellas cosas que en sus verdades suenan a hueco y rellenarlas con nuevos contenidos.
Lamentablemente, si de algo pecamos la mayoría de la izquierda, urbi et orbi, fue de no ser capaces de trascender la repetición de la letra de algunos textos convertidos en sagradas escrituras y evitar el culto a eminentes figuras del pasado cual apóstoles fundadores, a la vez que nos apartábamos de las verdades más sólidas de su doctrina.
Por lo tanto bienvenido sea este afán de «actualizar» si el movimiento apunta en esa dirección.
Pero también me temo que más allá de las intenciones de algunos se convierta en un nuevo paso en el otro sentido.
Con el pretexto de «poner al día» siempre hubo un sector que se dice de izquierda, que antes se llamaba «revisionista», después «eurocomunista» y que por ahora no tiene nombre, que se ha dedicado a contrabandear la ideología del enemigo, las «verdades» de los que dominan en la sociedad en el campo de la izquierda oscureciendo su visión y debilitando su moral.
Ya ocurrió en el siglo XIX que a medida que el partido Socialdemócrata alemán se iba convirtiendo en una poderosa fuerza electoral, un sector cada vez más importante de él reclamaba la necesidad de «revisar» los contenidos de su doctrina y actualizarlo a la medida de sus necesidades político electorales.
Ya en aquel entonces, mucho antes de la super manoseada revolución científico técnica, no faltaron quienes «descubrieron» que la propia evolución del capitalismo iba haciendo desaparecer a las clases sociales, que la lucha de clases por lo tanto era algo del pasado, que el Estado lejos de ser el instrumento de opresión de una clase, era el eventual representante de todo el pueblo…; «no hay nada nuevo bajo el sol…»
Pero más allá de las debilidades conceptuales que estas ideas demuestran, generalmente son consecuencia también a la necesidad de responder a intereses de otro tipo.
Cuando una parte cada vez más importante de la izquierda, en lugar de preguntarse por la fuerza social que precisa para transformar la realidad, se pregunta por el tipo de programa que puede resultar atractivo para que la vote la clase media, se pone de manifiesto lo que trato de decir. En lugar de intentar descubrir cuál puede ser el programa político capaz de transformar al mundo y la estrategia correcta para instrumentarlo, se lo reduce a una plataforma electoral que resulte atractiva a la mayor cantidad de ciudadanos posible. En lugar de intentar cambiar la cabeza de la gente para que acepte nuestras verdades como la única vía posible para cambiar, se modifican nuestras verdades y metas a su medida, para «crecer».
El problema que este procedimiento de «capar al cochino para que engorde» –como dijo el catalán– no resuelve el problema de fondo que no consiste en ganar la elección sino en poder gobernar de una manera diferente.
Ojalá que después de esta instancia, no tengamos que decir como Mafalda: «Apresurémonos a cambiar al mundo antes de que él nos cambie a nosotros.»
* Analista
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