Tosca y La Traviata

FUI A VER Tosca, de Puccini, en su estreno, y La Traviata, de Verdi, en su segunda función, el sábado 23. Las disfruté muchísimo. Y eso que entré muy tarde al mundo de la ópera, inicialmente por amistad con Virginia Castro. En cambio, había sido desde la niñez un oyente apasionado de la música, gracias a la nunca bien ponderada emisora del Sodre, que en casa estaba prendida todo el tiempo, fija a esa altura del dial. Desde la época de las inolvidables lecciones de Mondino (¿Luis Pedro, José Luis?), miren si habrá corrido agua bajo los puentes.

Ambos espectáculos, integrados a los festejos de los 150 años del Solís, están montados a gran nivel. Creo haber descrito ya la sensación de felicidad que lo invade a uno al poner los pies en el Teatro, remozado sin perder el señorío de los viejos tiempos. Todo es de buen gusto, sin ostentación, en la medida adecuada, para sentirse bien en cada uno de los ambientes, y apreciar la flautista que nos recibe, al igual que los funcionarios, sin excepción, así como las palabras liminares del intendente que invocan «la exigencia de alta calidad».

Eso es lo que se nos entrega a manos llenas. Los espectáculos señalados podrían figurar con honor en las más renombradas salas del mundo. Se me dirá que se lograron importantes colaboraciones, como la escenografía creada originalmente para la Opera de Nueva York. Pero todo debía ser amalgamado con la participación de los numerosos cantantes-actores del Coro del Sodre y de los figurantes de la Escuela Municipal de Arte Dramático (EMAD) que lleva el nombre de la inolvidable Margarita Xirgu. En el I acto, y en el III (o segunda parte del II) hay decenas de participantes en escena, cada uno representa su papel, el conjunto logra un hermoso efecto plástico. Excelencias de la régie de la polaco-argentina Marga Niec, sin hablar de la Orquesta Filarmónica de Montevideo bajo la batuta de Federico García Vigil y su afiatado entrelazamiento con las voces.

En su espléndida remodelación, el Solís  lo reitero- puede acoger espectáculos de máximo nivel como los señalados. Me atrevo a afirmarlo porque me ha tocado presenciar óperas de renombre en el Bolshoi de Moscú como Rigoletto de Verdi, la Dama de Pique de Tchaikovsky, el Príncipe Igor de Borodin, o el Nabucco de Verdi en el gran teatro de Odessa, o Los Miserables en la Opera de Nueva York. Lo nuestro aguanta cualquier comparación, a pesar de que los otros tienen las máximas posibilidades técnicas.

Lo digo también, por extensión, del teatro uruguayo. He tenido ocasión de ver, por ejemplo, tres versiones de El Jardín de los Cerezos: una en el Circular dirigida por Omar Grasso, otra en Buenos Aires y una tercera en el famoso Taganka de Moscú (que me pregunto si seguirá existiendo); y sin vacilación me quedo con la primera, la que mejor expresó el alma chejoviana, con una espléndida Nidia Telles. Vi las varias versiones uruguayas de La resistible ascensión de Arturo Ui, y aún si las comparo con el espectacular montaje de Jerôme en el Trocadéro de París, me quedo con la de Atahualpa del Cioppo. Lo mismo me sucede con La Boda de Brecht: la puesta un tanto acartonada del Odéon de París cede ante la versión desopilante que dirigió Héctor Manuel Vidal en la salita contigua al Solís.

Me da la impresión de que en nuestro país hay un público muy culto y educado en materia operística, que sabe apreciar y diferenciar la calidad. Me llamó la atención un detalle: los aplausos (en las arias famosas, o al final) estuvieron muy claramente concentrados en los intérpretes más destacados. En el caso, en la soprano María José Siri, nacida en Tala, excepcional en el papel de Violetta Valéry (La Traviata, la extraviada) y en el barítono Darío Solari como el padre de Alfredo Germont. Ahora veo que se formó en la Escuela Nacional de Arte Lírico, bajo la dirección de la maestra Virginia Castro.

Tengo una gran pregunta para la dirección del Solís y los responsables del planeamiento de estos espectáculos. ¿Por qué son tan pocas las funciones? En el caso de Traviata se cuentan apenas seis (22, 23, 25, 26, 27 y 28 de setiembre), en Tosca era parecido. Se monta una obra a todo nivel, con participación de decenas de integrantes de los elencos nombrados, a los que debe agregarse la Orquesta Sinfónica Juvenil del MEC, y se representa en muy contadas ocasiones.

En cada función hay un lleno total en cada una de las localidades, que están vendidas con anticipación y se agotan rápidamente. Hay mucho más público potencial, que queda frustrado al no poder conseguir su entrada. Cierto es que hubo dos ensayos generales abiertos al público, a estudiantes de liceos y de escuelas de lírica y de ópera, y que la función del miércoles 27 se televisó en directo a través de Canal 5 y TV Ciudad. Pero no es lo mismo, y no alcanza. ¿Qué razón hay para no duplicar, por lo menos, el número de funciones? *

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