El estalinismo de El País
El debate sobre la reforma educativa sigue su curso, enriqueciéndose con aportes diversos no solamente de especialistas en la materia sino, también con ideas y propuestas de gentes de otros ámbitos.
Desde estas páginas hemos apoyado calurosamente la iniciativa surgida del gobierno de promover un debate nacional lo más abarcativo posible sobre un asunto clave para el desarrollo del país. Entendemos que en la medida que nos concierne a todos, la educación, sus metas, sus programas y sus herramientas no pueden ser decididas entre las cuatro paredes de los ámbitos académicos.
El colega El País, severo crítico del gobierno progresista, parece haber resuelto participar en el debate en curso. En efecto, en su editorial central de ayer, aborda el asunto desde su óptica y aporta interesantes elementos de juicio que enriquecerán sin duda la discusión.
En primer lugar, como no podía ser de otra forma, lanza sus invectivas contra el documento elaborado por el MPP, en el que se expresan ideas con las que el colega no comulga; por ejemplo, la propuesta de que la educación debe generar un cambio en las estructuras mentales de la gente como forma de que la sociedad llegue a la liberación nacional y al socialismo. Ese tufillo sesentista del «hombre nuevo» hiere las pituitarias paisanas.
A renglón seguido, el matutino adhiere a las críticas expuestas por la oposición respecto no ya de temas educativos sino respecto del propio hecho de instalar un debate. «Corporativista», «enemigo de la democracia representativa» son algunos de los epítitetos que ha merecido el debate educativo.
Podría suponerse que a continuación, el editorialista entraría en el abordaje de algunos temas de interés educativo, sin embargo prefiere reducir sus preocupaciones al respecto a «la conducta estudiantil». Para El País, el comportamiento de los educandos reviste una importancia mayúscula pues «el protagonismo estudiantil es capaz de echar por tierra cualquier programa que se proyecte». Claro, las movilizaciones, las huelgas, la actitud contestataria, la rebeldía natural de los jóvenes ponen los pelos de punta a las mentalidades cavernarias.
Pero lo interesante es advertir que en su afán por reclamar obediencia, disciplina y respeto, no ha encontrado mejor guía y fuente de inspiración que una ordenanza relativa a cómo deben comportarse los estudiantes, fechada en 1943. Es una suerte de decálogo que resume de manera inmejorable el ideal de estudiante disciplinado que persigue el matutino. De entre los mandamientos destacamos: «Obedecer sin discusión las consignas del Director y de los docentes (…) Asistir limpio, bien peinado y vestido correctamente (…) Saludar, poniéndose de pie, cada vez que salga o entre el Director o profesores (…) No decir palabrotas, ni fumar, ni jugar dinero (…)»; también se recomienda levantarse para responder a una pregunta y volver a sentarse cuando se le dé permiso; y finalmente se advierte que «los estudiantes pueden ser castigados por la violación de estas reglas e, incluso, ser expulsados de la escuela».
Pues bien, este cúmulo de disposiciones autoritarias que El País reputa acertadas entró en vigencia en la Unión Soviética bajo el régimen de Stalin. Y lo curioso es que, lejos de ocultar su origen, el colega lo consigna expresamente para declarar su coincidencia con tales reglas: «Los estudiantes soviéticos carecían de la imaginación y autosuficiencia de los nuestros pero, aun bajo un régimen despiadado, podían enseñarles a ser correctos, educados y, sobre todo, dedicarse a estudiar, que para eso están los que deben estudiar».
El matutino caganchero se regocija del hecho que en la URSS los estudiantes no podían hacer peajes, ni huelgas, ni ocupaciones, ni pintadas. Una curiosa coincidencia de puntos de vista entre El País y Stalin. *
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