Proust redivivo, 40 años después

CUANDO SE MENCIONA a Marcel Proust, uno recuerda de inmediato el famoso episodio de A la recherche du temps perdu en que el personaje se conmueve al contacto con la magdalena, un bizcochuelo que lo retrotrae a su niñez. Con muy buen estilo, figura a justo título en el capítulo de la memoria de los manuales de psicología. Utiliza expresiones muy vívidas, como aquellas en que describe el sobresalto experimentado al contacto de la magdalena contra el paladar, para ponerse a observar luego atentamente lo que sucede en su interior, introspección pura.

A mí acaba de pasarme algo análogo, pero no en el plano olfativo y gustativo, sino en el auditivo y de la lectura. Estaba leyendo el miércoles el interesante suplemento Diario del Uruguay Nº XXI referido al golpe de Estado de Terra. Allí se cuenta la historia conocida, que se inicia cuando la Asamblea General se niega a votarle al dictador en ciernes las medidas de seguridad. Hice un paralelo con el gobierno de Pacheco, que gobernó casi a permanencia con el régimen de medidas de seguridad, una y otra vez levantadas por la Asamblea General y vueltas a decretar. Aparece el suicidio de Baltasar Brum, el asesinato de Julio César Grauert, y por ahí me acuerdo de Alba Roballo. Veo que el 26 de abril prohíben las huelgas y desatan la represión antisindical. El 6 de mayo de 1934, en plena dictadura, se aprueba la ley de lemas, y pienso que los dos partidos tradicionales usaron todos los recursos imaginables para perpetuar el sistema bipartidista, y que eso los llevó en la última reforma constitucional a imaginar el sistema de balotaje más antidemocrático del mundo, el que impone mayores exigencias, y que aún así el Frente Amplio consumó la proeza de ganarles a todos juntos en la primera vuelta de la elección de 2004. Volviendo al origen, me detengo un instante en observar en la página 5 el decreto de censura, y ahí viene mi sobresalto al leer las primeras líneas del decreto del 30 de marzo, vísperas del golpe, firmado por Gabriel Terra, Alberto Demicheli y el general Domingo Mendívil.

El artículo 1º dice así: «Decrétase la censura previa de los órganos de publicidad que hayan atribuido o atribuyan propósitos dictatoriales al Presidente de la República». A mayor abundamiento, el mensaje a la Asamblea General enviado el mismo día 30 por el triunvirato expresa: «Las medidas de seguridad adoptadas por ahora consisten: 1º- En censurar la propaganda de aquellos órganos de publicidad que atribuyan propósitos dictatoriales a la Presidencia de la República».

Fue el retintín de esa expresión reiterada que me quedó sonando en el oído. Porque es exactamente la misma que utilizó el coronel doctor Néstor J. Bolentini en el torpe intento de justificar el golpe de Estado del 27 de junio de 1973. Cuando le escuché en la mañana de ese día exponer el macarrónico decreto, pensé que él era el autor del dislate. Pero me equivoqué: lo había inventado Terra 40 años antes. Bolentini lo plagió. Esos días Marcha tituló en letras catástrofe: «No es dictadura».

La noche anterior yo había estado en la memorable sesión del Senado. Un rato antes de iniciarse, Hierro Gambardella se allegó al despacho de Enrique Rodríguez, diciendo que estaba firmado el decreto de disolución del Parlamento y que él había visto la rúbrica de Bordaberry al pie. En la mañana siguiente, cuando ya las tropas se habían instalado en el Palacio Legislativo, los redactores responsables de los diarios fuimos convocados al ministerio del Interior. Yo desempeñaba ese papel en El Popular, y tuve que tragarme la cháchara infame del coronel abogado. Después entramos a notificarnos, y otro coronel nos rezó la cartilla. A mí me tocó ingresar con el redactor responsable de El País, que no era otro que Daniel Rodríguez Larreta, con quien había mantenido una áspera polémica periodística en días anteriores. Después de la grandiosa manifestación antidictatorial del 9 de julio El Popular fue invadido por las Fuerzas Conjuntas y a los golpes fuimos a parar a la Jefatura y después al Cilindro, que estaba lleno de militantes obreros y de izquierda. Pero no era dictadura.

La historia se repite. «Hegel dice en alguna parte que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal aparecen, como si dijéramos, dos veces. Pero se olvidó de agregar: una vez como tragedia y la otra como farsa». Así comienza Marx una de sus obras más notables, «El dieciocho Brumario de Luis Bonaparte», para afirmar a renglón seguido que los hombres son los creadores de su propia historia. *

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