Una tragedia evitable

La noticia acaparó los primeros planos de la información nacional desde la tarde del jueves hasta ayer: el derrumbe de un edificio que estaba siendo reciclado causó –además de la lógica conmoción– la muerte de dos operarios y heridas a otros cuatro y a un transeúnte que pasaba por el lugar.

Las imágenes –que recuerdan las de los barrios de Beirut luego de los bombardeos israelíes– mostraron un panorama de desolación al que los uruguayos no estamos acostumbrados.

Sin embargo, no se trató de un bombardeo ni de un terremoto. La causa debe buscarse en la negligencia y/o impericia de los responsables de la obra. La Ciudad Vieja (el casco antiguo de la ciudad) cuenta con un altísimo porcentaje de edificios antiguos, algunos de los cuales de innegable valor patrimonial, cuya vetustez y falta de mantenimiento los habían tornado potencialmente peligrosos. Muchas veces, alguna vieja casona ha debido ser desalojada por la posibilidad de derrumbe, en ese barrio o en otros de la capital; se colocaba un vallado para impedir el paso en las cercanías y luego se procedía a su restauración o, si ello no era viable por razones técnicas o económicas, se ordenaba su demolición. Así ocurrió con inmuebles emblemáticos como el famoso conventillo del Medio Mundo.

Es muy importante la conservación del patrimonio arquitectónico, y siempre hemos sido partidarios de preservar la memoria colectiva. Nos hemos opuesto con firmeza a esa moda frívola que propugna una modernización mal entendida, haciendo tabla rasa del pasado y demoliendo edificios de gran valor para construir en su lugar torres anodinas sin carácter, que sólo se explican por el afán de realizar negocios particularmente lucrativos o de mera especulación inmobiliaria.

Pero la preservación del patrimonio arquitectónico exige medidas estrictas de conservación y mantenimiento. Los reciclajes aparecieron como una excelente alternativa para poner a punto y hacer funcionales edificios obsoletos. De ese modo, se restauraban viviendas inhóspitas y se las convertía en soluciones habitacionales decentes y bien resueltas; se conjugaba, así, el interés municipal en la conservación de edificios de valor patrimonial con el interés de las empresas constructoras, el de las inmobiliarias y el de los usuarios.

Ahora bien, el trágico episodio del jueves debe operar como un llamado de atención. Algo, evidentemente, ha fallado. Algo que aparece como ajeno a las medidas de prevención y de protección habituales que las empresas constructoras están obligadas a adoptar; parece claro que de poco o nada hubieran servido cascos y cinturones de seguridad. Aquí ha habido imprevisión y/o falta de controles; como decimos al comienzo, ha habido negligencia y/o impericia.

Cuando se emprende una obra con características de reciclaje, además de las medidas de seguridad inherentes (medidas que desgraciadamente muchas veces no se tienen en cuenta), era preciso un estudio técnico concienzudo para determinar la resistencia de los materiales viejos y la incidencia que podrían tener las tareas a realizar.

Reiteramos que los reciclajes son una muy buena solución, pero creemos que el municipio debe extremar los controles y los empresarios de la construcción deben cumplir a rajatabla las disposiciones sobre seguridad en las obras. Están en juego vidas humanas. *

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