Escritos desvergonzados en defensa de la impunidad

Los defensores de la impunidad, ese estrafalario ejército cívico-militar en penosa retirada, formulan, cada día que pasa, una más que penosa e impresentable argumentación.

Cuando parecía que ese discurso moriría por falta de sustento legal y teórico, unas últimas estribaciones de esa prosa condenada se han desatado ahora a partir del procesamiento de seis militares y dos policías acusados de violaciones a los derechos humanos durante la dictadura.

El cauce rutinario de este tipo de alegato ha tendido a ser el matutino El País, y especialmente la edición dominguera. Esta vez la columna en la que se atacan las decisiones del Presidente de la República, y luego las de los funcionarios del Poder Judicial, ha dado no uno sino varios pasos atrás.

El razonamiento que se pretende demostrar es una brutalidad que se presenta como revestida del atractivo atributo de la sencillez. Es tan sencilla como falsa.

Ante la cuestión del carácter continuado del delito de desaparición forzosa, el analista de El País resuelve el asunto a golpes de cuchilla, y guillotina todo intento de razonar. Como todo el mundo sabe –sostiene «científicamente»– las víctimas de «privación de libertad han muerto».

Todo el debate existente en torno a la tipificación del delito de desaparición al que se han abocado juristas de buena parte del mundo resulta ajeno a estos «hombres de derecho» que apelan al sentido común como línea de fundamentación científica.

La cuestión ha merecido tanto en Argentina como en nuestro país análisis importantes, todos ellos resultado de un abordaje comprometido con concepciones del derecho fundadas en los valores de convivencia de una sociedad democrática.

Días pasados, en un abordaje hecho desde otra disciplina, Jorge Jinkis, en Página 12, sostenía esta interesante desagregación conceptual: «la desaparición admite tres tiempos. Primer tiempo. Se trata de un factor que me parece decisivo y particular. Sabemos que ningún desaparecido fue ‘detenido’ en el sentido legal del término, nunca recibió un cargo jurídico, nunca se admitió que estuviera en manos del poder militar, no tuvo una tumba con su nombre. ¿Qué es un desaparecido? Algo que concierne a la falta de identificación y que permitió el pase del adjetivo al nombre.

Segundo tiempo. Es el momento en el que Jorge Rafael Videla, la más alta autoridad visible del régimen, de un modo público, frente a las cámaras, se ve llevado (¿obligado?) a decir la palabra: ‘… en tanto esté como tal, es una incógnita el desaparecido, si el hombre apareciera, bueno, tendrá un tratamiento equis, y si la desaparición se convirtiera en certeza de su fallecimiento, tiene un tratamiento zeta, pero mientras sea un desaparecido no puede tener ningún tratamiento especial, es incógnita, es un desaparecido, no tiene entidad, no está, ni muerto ni vivo, está desaparecido’. Este es el momento en que se produce el pasaje al enunciado.

El tercer tiempo es anterior al primero, cuando las Madres de Plaza de Mayo inscriben lo ocurrido, lo que ocurre, como trauma. Las Madres han hecho todo para hacer del acontecimiento trágico, de ese acontecimiento que llamamos ‘desaparecidos’, un trauma de nuestra historia. (….) En este trabajo de la represión se conforma ‘desaparecido’ como nombre de nuestro síntoma, este significante nos representa, él está donde nosotros (‘argentinos’) faltamos, y la vergüenza que produce revela esta identificación».

Como se advierte en el texto, la realidad de las desapariciones está mirada aquí desde el ángulo psicológico y ético. Está visto desde la realidad moral de una sociedad. Sin estas apreciaciones y esta sensibilidad, sin esa dimensión otorgada al delito de lesa humanidad que es la desaparición, no se puede reflexionar. Se puede hacer lo que hace el diario El País. Y en su texto da la medida de su ausencia de toda razón, de la carencia de toda verdad y de toda vergüenza. *

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