Escrito por: HERNAN BONILLA
Todo el mundo opina sobre el TLC con Estados Unidos, en general con escasos fundamentos económicos y con muchos preconceptos ideológicos (empezando por el canciller, claro está). Esto no llama la atención en un paÃs donde los debates sobre temas económicos suelen ser calamitosamente pobres, debido a la férrea resistencia que ha tenido nuestro sistema educativo para incorporar a la economÃa. No es necesario aclarar que no es casual la ausencia de esta materia, muy por el contrario, es funcional a la persistencia de algunos prejuicios que datan del primer batllismo y que benefician a grupos de presión bien determinados. Ya lo decÃa el genial AgustÃn de Vedia en las cámaras principistas de 1873-1875: “La República no se constituye sin ciudadanos. Estos no se forman sin educación, sin aptitudes, sin inteligencia. [...] La ignorancia, que es el envilecimiento del espÃritu, no es sino el pedestal de la tiranÃa”.
Lugo de la queja, el análisis. Lo primero que queremos señalar es que no contribuyen en lo más mÃnimo al presente debate las declamaciones terroristas de un lado y del otro. Ni la firma del tratado soluciona todos nuestros problemas ni implica el fin de nuestra soberanÃa. Si, por ejemplo, Juan Manuel Quijano, que se alistó en las filas de los acérrimos opositores al TLC, afirma que el tratado llevarÃa a “la clausura de la innovación nacional”, no está precisamente colaborando a elevar el nivel de la discusión.
Supongamos que dos paÃses, uno rico y otro pobre, firman un acuerdo de libre comercio. Supongamos además que ambos ofrecen igual seguridad jurÃdica para los inversores, estabilidad polÃtica y un poder judicial eficaz y eficiente. ¿Qué sucederÃa? Los capitales del paÃs rico irán al pobre, ya que tendrán mayores rendimientos debido al escaso capital instalado. Esto desencadenarÃa un cÃrculo virtuoso de mayor inversión, mayor producto, más empleo y mejores salarios. Además aumentarÃa el intercambio comercial y cada paÃs venderÃa al otro aquello en lo que es relativamente mejor. Pero estas ventajas no son estáticas. SerÃa perfectamente posible que el paÃs pobre desarrollara buenos servicios y productos que exportar. Asimismo podrÃa comprar algunos más baratos, lo que es bueno para la sociedad en su conjunto. Por lo tanto, en teorÃa el libre comercio es bueno y el mejor de los mundos posibles serÃa uno donde el comercio fuera enteramente libre.
Y la teorÃa no falla, lo que no se cumple son los supuestos. En primer lugar nuestro paÃs no tiene toda la seguridad jurÃdica que serÃa deseable (gracias a las reformas en materia laboral del actual gobierno en buena medida), ni un sistema judicial eficaz ni eficiente. Por lo tanto, no podemos esperar un aluvión de inversiones en el caso concreto de un TLC con Estados Unidos. Pero la culpa no es del tratado, la culpa es nuestra.
También debemos agregar que lo que se está negociando no es un tratado de libre comercio puro, sino que se incluyen varias cláusulas extraeconómicas que habrá que negociar con mucha atención. Nuestro paÃs debe trabajar con los mejores técnicos disponibles para que la negociación sea lo más favorable posible a los intereses nacionales. Esto sin perder de vista que estamos ante un juego de suma positiva, vale decir, los dos paÃses ganan con el tratado.
Pero más allá del árbol debemos mirar al bosque. ¿Hacia dónde vamos en materia de polÃtica comercial? Según versiones de prensa, el Presidente de la República quiere que el Mercosur baje sus aranceles y se constituya en una zona más abierta, buscando la incorporación de Chile y Bolivia. De confirmarse, estarÃa mostrando que el paÃs tiene un rumbo definido y acertado. La transformación del Mercosur es necesaria para que no siga perjudicando a nuestro paÃs, y la búsqueda de nuevos tratados comerciales es la mejor forma de buscar un crecimiento económico sostenible en el tiempo.
Un TLC con Estados Unidos es un buen paso en este camino. *
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