A propósito de la historia oficial

Los hombres no pueden ser mejor que sus dioses, porque éstos están hechos a su imagen y semejanza. Cuando los panteones nacionales se construyen sobre la impostura y la traición, generan en los pueblos desconciertos colectivos, semejantes a los que padecen los individuos cuestionados en la legitimidad de su origen. Como colectivo social estamos desgarrados en nuestra conciencia, mutilados en nuestra memoria, por sucesivos estupros históricos.

Tenemos una vaga idea de nuestro ancestral origen europeo, por el cual hace unos quinientos años se expandiera el idioma que hablamos desde las Antillas a las lejanas Filipinas. Desde California al Cabo de Hornos, en el más fulminante imperio mundial, organizado en poco más de treinta años y que duraría tres siglos. Ningún imperio de origen europeo fue tan vasto y tan duradero como aquel del que formáramos parte hasta hace doscientos años. ¡De esto nuestra enseñanza jamás nos dio cuenta!

De cómo ese imperio «donde jamás se ponía el sol», se desmoronó en dos décadas, devorado por las guerras civiles y las intervenciones extranjeras. Atomizado por las conjuras de las oligarquías exportadoras aliadas al inglés, o al yanqui. Un siglo de Holocausto americano, desde Paraguay a México. España no corrió mejor suerte, carcomida por las guerras napoleónicas y una infinita sucesión de guerras civiles, no tuvo paz hasta la muerte su último verdugo: Franco.

En el Estado Oriental, las dirigencias políticas gastadas por medio siglo de sangrías y latrocinios optaron por darle sentido a este rico territorio en el seno de la Pax Británica. Un veterano de la Guerra del Paraguay, hombre del millitrismo colorado, Lorenzo Latorre, dará definitivamente forma al Uruguay. Los doctores que administraban los intereses británicos del comercio y del puerto, las autodenominadas «clases conservadoras», la «gente decente», se organizan en 1872, creando las bases del bipartidismo. El Club Nacional dará origen al Partido Nacional, el cual se vestirá con algunas gloriosas tradiciones recortadas. Inventará a un Oribe inexplicable sin Juan Manuel de Rosas. El Artiguismo sin federación. Por otra parte, el Club Liberal cobijaría a los doctores colorados, a la juventud civil que intentaría domar el potro del militarismo de su propio partido en aras de la «paz productiva» para «la estancia cuyo directorio está en Londres». Fundarán sus tradiciones partidarias más en el olvido que en el recuerdo de infames circunstancias. El Partido Colorado, como entidad civil y civilizada, es una creación de José Batlle y Ordóñez. Latorre y su ministro de Instrucción, J. P. Varela, lanzan la escuela pública.

La «historia oficial» amalgamará a inmigrantes externos e internos. El Hermano Damasceno (HD) por varias generaciones nos crearía los santos y demonios de nuestro panteón patrio, siguiendo a Bartolomé Mitre en todo menos en su odio a Artigas, el que quedó convertido en ícono nacional, posibilitando la coexistencia pacífica de Liberales y Nacionales, de los nuevos blancos y colorados. ¡La teoría de los dos demonios se corporizó en los caudillos y la ignorancia! En 1879 Zorrilla de San Martín lee su poema «La Leyenda Patria», ante una multitud emocionada hasta las lágrimas en La Florida. El genocidio del siglo XIX ha desvirtudado nuestra historia, manchado nuestras ciudades con los nombres infamantes del milicaje colorado. De nuestra memoria dependerá que tanto crímenes antiguos como recientes no se repitan.

Todos los degolladores de oficio, la plana mayor de la oficialidad mitrista era oriental, de Venancio Flores abajo, una veintena de personajes que hicieron gala del mayor terrorismo organizado, siguiendo el consejo que diera Sarmiento a Mitre: «No ahorre sangre de gauchos. Este es el abono que es preciso hacer útil al país. La sangre es lo único que tienen de humanos». Así lo entendieron Flores, Sandes, Paunero, Rivas en Cañada de Gómez (22/11/862), donde los floristas declaran dos bajas, los enemigos 300 y no hay cautivos. La fiera llegará a Paysandú, degollando a los heridos y fusilando a los vencidos, y no se saciará hasta llegar a Yatay, en Paraguay, donde quedarán maniatados y degollados en el campo de batalla 1.200 rendidos paraguayos. Infatigables artesanos de la navaja.

Pero nada de esto figura en la historia oficial, la que recién comenzaría a ser cuestionada por uno de los descendientes de los vencidos, Luis Alberto de Herrera, padre del revisionismo histórico americano. Las colectividades, como los individuos, requieren de la memoria para la construcción de su identidad. Sin personalidad, identidad cultural, no es posible la elaboración de proyectos de futuro. Todo se construye desde la identidad. Los pueblos como los individuos pueden carecer de ella y colectivamente convertirse en «idiotas». Si todavía tenemos futuro, ha de edificarse sobre la verdad. Ya tuvimos demasiados Hermanos Damascenos en nuestra docencia. *

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