Energía nuclear: no, gracias, ¿o sí?

Argentina anuncia por estas horas la prosecución de las obras de la central nuclear de Atucha Dos a poco más de cien kilómetros de Buenos Aires, y la posible construcción de una cuarta unidad nuclear de producción de energía eléctrica para satisfacer su demanda actual y de futuro. Es la puesta en marcha de un plan sobre el complejo y gravísimo manejo de una serie de plantas nucleares instaladas al lado nuestro.

Así de simple. No son plantas de producción de pasta de celulosa, son plantas nucleares. Más que a la Corte de La Haya, dada la diferencia de escala entre estas dos categorías de asuntos, en caso de desacuerdo, el tema seguramente un día debiera terminar en un tribunal intergaláctico.

Desde ya que querríamos cero plantas nucleares en el país y en la zona. Eso lo tenemos claro desde siempre, tal como Alemania por ejemplo, un día determinó salir de toda producción de electricidad de fuente nuclear, aunque ahora lo esté por revisar.

Personalmente siempre hemos suscrito el criterio que los europeos sintetizan con: «energía nuclear, no gracias», en la convicción de que cuanto más lejos vivamos de ese poderosísimo y escalofriante poder, mejor será, ya que como toda obra humana, su gestión y control a lo largo de los años es siempre un riesgo.

La vida se ha ocupado de enseñar esta dura verdad a quienes creen que todo es controlable y garantizable por la tecnología, en este mundo lleno de relatividades fácticas y catástrofes prevenidas por medias estadísticas de riesgo.

Centrales nucleares argentinas funcionando a pocos kilómetros de Uruguay, nos obligan a tener que confiar en la responsabilidad y eficiencia en el manejo y en la alerta temprana de una falla eventual, pero todo sin monitoreo conjunto. Y no se trata de un tema de contaminación, del río sí o no, sino de un asunto que nos borraría del mapa.

Cuando tenía responsabilidades en el manejo del Sistema Nacional de Emergencias de Uruguay, un día debímos solicitar al organismo competente información para el plan de acción de contingencia, sobre la eventualidad de un riesgo de catástrofe o escape radiactivo desde Atucha.

Créanme, lo dijimos en Cámara y está documentado en la Comisión de Salud Pública junto a la respuesta confirmatoria del Ministerio de Salud Pública uruguayo, que es mucha la impotencia, la cercanía y la magnitud del riesgo.

Sabemos que Uruguay tiene una creciente necesidad de energía eléctrica, y para ello debe salir a comprarla, siempre y cuando al vecino le parezca bien vendérnosla o dejarla pasar por su red de trasmisión. Parte de esa energía electrica que les compramos será producida por un sistema que incluirá varias centrales nucleares operando a una ráfaga de viento de distancia de nosotros. Sin control, monitoreo y mucho menos consentimiento nuestro. Entonces tenemos el deber inexcusable de repensar seriamente este tema, a la luz de las nuevas circunstancias. Si para el desarrollo futuro del país no alcanza con la energía eléctrica producida desde otras fuentes, ya sea esta eólica, hidroeléctrica, termoeléctrica con gas natural de suministro asegurado o cualquier otro combustible, deberemos comprar la que producen con varias centrales nucleares alineadas en Argentina, entonces debemos repensar nuestro criterio. Habrá que pensar en serio la conveniencia y factibilidad de la producción de electricidad desde lo nuclear en el país, en un proceso que lleva por lo menos cinco años de construcción y que debe pensarse y evaluarse con mucho tiempo por delante, por no hablar de su gigantesca financiación y su amortización a largo plazo.

No será fácil estar tranquilos con tanta central nuclear tan cerca, de las que no sabremos nada hasta que se trate de hechos consumados, de esos que de consumarse, después ya poco importa.

Pensemos seriamente en evaluar si no será entonces conveniente producir nuestra propia electricidad en una planta nuclear uruguaya, gestionada y controlada por expertos bajo nuestra responsabilidad, con estrictos estándares internacionales de seguridad, garantizándonos nuestra imprescindible independencia energética en esta área. Resulta poco aceptable correr con los riesgos ajenos, pagar el precio que nos fijen, sufrir las consecuencias de sus eventuales errores, y no tener asegurada la continuidad del suministro, en lugar de hacerlo por nosotros mismos.

Una central nuclear, según se informa, genera en forma continua el equivalente de toda la energía eléctrica que Uruguay recibe hoy de la represa de Salto Grande. No es poca cosa.

Pensar en serio en este tema parece imprescindible y poco cuesta, sobre todo porque es una tarea para muchos años por delante.

Mucha agua debajo de los puentes pasará entre que se analice si esta es una buena opción, hasta ponerla en funciones algún día.

Como el camino es largo, debemos comenzar a recorrerlo cuanto antes, hasta saber qué es lo mejor para el país. *

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