A 170 años: ¡viva el Partido Nacional!

Ciento setenta años de vida no es poca cosa por cierto. Por lo pronto, cuando los que sueñan con la novelería infantil en «barbas» revolucionarias foráneas, pues las propias apenas son preámbulo de «bozo», las nuestras nos llegan a los «tobillos» ¡Son las más viejas del mundo! Los blancos hicimos la Paria. ¡Les guste o no a quien sea! Y cuando encendamos los fogones al festejo, a su cabeza en tan magna fecha, estará el Libertador Brigadier General Manuel Seferino Oribe y Viana. Uno de los tres Padres y Constructores de la Nación Oriental. Al centro el federal Don José Artigas y a su otro lado Don Juan Antonio Lavalleja, el otro Libertador que por rara coincidencia también fue Blanco. Otro de esa trascendencia, no hubo: estaba bien pago por los «portugos» de Lecor. Don José, creador de la nacionalidad, Juan Antonio y don Manuel con sus treinta y dos orientales blancos y un solo «colado» que no lo era, Manuel Freire, consiguieron la independencia del orgulloso «paisito». El Uruguay no se concibe históricamente sin Oribe y sus blancos. No solo por la libertad conculcada, sino por haberla mantenido y cultivado con ejemplo de integridad en sus propios cimientos. El enfrentamiento permanente contra los imperios de la época, salvando el Plata de las banderas totalitarias inglesas y francesas junto con el gran Restaurador don Juan Manual de Rosas. Mientras los «vende patria» corruptos resistirían en la «defensa» respaldados por las flotas imperialistas galas y británicas en la rada de Montevideo. La abolición de la esclavitud, la creación de la Universidad, el Correo, el primigenio reparto de tierras, idea artiguista concretada por Oribe como auténtica reforma agraria de la época, la organización de la Salud Pública, red de escuelas urbanas y rurales, posteriormente por sus hijos de obtención del voto secreto y representación proporcional de las minorías de Saravia, Ley de 8 horas de Herrera y Roxlo a los trabajadores, creación de las Cajas de Jubilaciones de Carnelli, la garantía del Contencioso Administrativo, Ley de Aguinaldos, la defensa permanente de la libertad religiosa cuando la Iglesia Católica era perseguida particularmente en el Pías por décadas, por determinado gobernante de turno. Pero por sobretodo, la integración con la esencia misma de lo nuestro. Consustanciados por el sabor de la tierra arada, el verde de nuestros campos y el vuelo libertario de calandrias y chingolos. Enfrentados a lo extranjero y foráneo, al «gringo» explotador y mezquino. Nacionalistas hasta la médula no sólo en lo nuestro sino solidarios con los hermanos en la idea de la defensa libertaria de sus patrias en nuestra América y el Mundo. Anti imperialistas sustantivos.

«Allá ellos los rubios y amarillos del norte con sus problemas». «No será con la sangre joven latinoamericana que los imperios defiendan sus intereses». Lo decía Herrera, fiel al mandato del padre Oribe.

Recientemente, con el genocidio a Irak por los yanquis, el único partido político del Uruguay que condenó, incluso por manifiesto escrito, cincelándolo en la historia de la patria, fue el blanco. Jamás se dijo «yanquis go home» para después callar aceptando y solidarizándose con sus acciones «amistosamente», de hecho en silencio, por intereses o cobardía. Y tampoco y mucho menos, del brazo imperial invadir la Patria incendiando y destruyendo Paysandú, para –enancados en poderosos– hacerse del poder. Ante esa criminal violación, el presidente blanco Atanasio Aguirre quemaba dignamente los Tratados vergonzantes del 51 con el imperio del Brasil en la Plaza Matriz, y Leandro Gómez, con Azambuya, Lucas Píriz, Braga, Fernández y oros grandes caían inmolados como héroes en «La Heroica» como adalides de la libertad y la soberanía. Es el único partido político en el mundo que ha hecho revoluciones no para obtener el poder e imponer ideas foráneas fracasadas en todo el orbe, sino para obtener libertades y derechos públicos e institucionales. Voto secreto, representación proporcional de las minorías, honestidad administrativa del Aguila del Cordobés, etc. Terminadas las revoluciones, que fueron muchas: Guerra Grande, Las Lanzas, Quebracho, La Tricolor, la del 97 y 904, como la del Paso Morlán que tuvieron a los blancos como protagonistas primigenios y relevantes, se «desensilló» el tordillo y se le ató a un arado, se estiró un alero, se tuvo hijos y criaron nietos haciendo Patria, parafraseando al vate.

Sobrevino entonces toda la legislación en lucha permanente en defensa de la Constitución y la Ley, como también lo mandatara don Manuel.

«Defensores de las Leyes» fue la divisa. Ningún blanco dio jamás un golpe de estado. El cerno partidario nunca se levantó contra la libertad y el orden.

No obstante, 170 años es demasiado tiempo. Siempre puede haber y es humano que lo hubiera, algún sector claudicador circunstancialmente.

Pero la grandeza estribaba inmediatamente volviendo a montar el «tordillo» para seguir adelante defendiendo libertades, principios y conductas. O sea, la defensa de la Patria misma. Para construir naciones no basta sólo con el esfuerzo de los héroes. Oribe dio el origen de los principios y la grandeza de los ejemplos con su ética, Leandro Gómez (su antiguo oficial) se inmoló por la soberanía; el «mulato» Timoteo por la libertad y el orden; Berro por su probidad y progresismo institucional y social; Atanasio Aguirre la dignidad soberana; Saravia contra la corrupción y por la moralidad pública y electoral; Herrera caudillo ideológico, impidiendo la instalación de bases imperiales yanquis en Laguna del Sauce que sería entregada por los colorados como era su costumbre. Wilson, enfrentando la ilegalidad de facto, y al igual que don Manuel en su tiempo, volver a la Patria a pacificarla, a riesgo de su propia vida, en aquella memorable oración de la Explanada. Son 170 años. Y en esos imaginarios fogones, la milicia blanca rendiremos homenaje nostálgicos y solemnes a todos esos viejos «servidores», los Cicerón Marim, Yarza, Carmelo Cabrera, Anselmo Uran, los Basilio Muñoz, «Chiquito», Nepomuceno, o Villanueva con Gumersindo y Aparicio, y de tantas otras gloriosas barbas que son la historia misma de la Patria Vieja que nos hacen decir con voz engolada por la emoción: «qué lindo es sentirse blanco». Viva mi muy viejo y querido Partido Nacional. *

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