Desbordes de los terroristas de Estado

A medida que el cerco de dignidad, verdad y justicia va cerrándose sobre los terroristas de Estado, éstos hacen oír sus voces destempladas, arrogantes y amenazadoras.

En esta semana hemos asistido, atónitos, a una escalada reivindicativa proveniente de militares retirados implicados en crímenes de lesa humanidad, combinada con alegatos impresentables fabricados por asesores dispuestos a lavar la imagen deteriorada de los esbirros. Por un lado, hubimos de soportar la defensa ensayada por el profesor Rodolfo Fattoruso, destinada a desprestigiar la Justicia argentina y presentarla como no confiable y dependiente del poder político, con patéticos llamados de advertencia sobre la falta de garantías y de imparcialidad en el proceso que eventualmente habrán de enfrentar los militares encarcelados por su actuación en el marco del Plan Cóndor y por su responsabilidad en el caso de María Claudia García de Gelman.

Por otro lado, merced a una prensa siempre dispuesta a dar cabida a los requeridos por la Justicia argentina, el ex prófugo recapturado Gilberto Vázquez se despacha a piacere sobre tópicos varios. Lejos de nuestro ánimo está pretender cercenar el derecho que a todos los ciudadanos asiste de expresar sus opiniones y puntos de vista. Pero las temerarias expresiones de este patético y siniestro personaje deben ser denunciadas casi como una apología del delito.

En una carta abierta publicada en la última entrega del semanario Búsqueda (jueves 3), el requerido por la Justicia argentina reconoce su participación en el Plan Cóndor así como el papel que desempeñó en la OCOA. Pero en momento alguno hay asomo de arrepentimiento, ni siquiera exhibe un adarme de conciencia de haber cometido «excesos». Antes bien, por el contrario, las parrafadas de Gilberto Vázquez apuntan a justificar los crímenes abyectos en aras de la defensa contra «las fuerzas que intentaron el siglo pasado imponer por la fuerza (principalmente) un modelo de país marxista». De este modo, el Plan Cóndor, el accionar de la OCOA, el secuestro, la tortura, las vejaciones, las desapariciones, todo ese modus operandi repugnante queda justificado y sus operadores absueltos, libres de culpa, sin remordimientos, amparados en la impunidad y el silencio que generosamente propiciaron los políticos conservadores.

Y para terminar, no podemos soslayar la actitud soberbia, prepotente e indecorosa que observan ciertos militares retirados en ocasión de sus visitas de cortesía y camaradería a sus pares recluidos en la Cárcel Central. En nota de nuestro compañero de tareas Carlos Lemos, aparecida en nuestra edición del viernes 4, se informa del malestar que han generado dichas actitudes entre los funcionarios policiales que vigilan a los militares detenidos. El destrato, las groserías y los desplantes de que son víctimas estos funcionarios de parte de los visitantes hablan a las claras de una mentalidad demasiado acendrada en el espíritu castrense. Una mentalidad que desprecia profundamente al resto de la sociedad –los no militares son llamados «pichis»– como si los integrantes de las Fuerzas Armadas constituyeran un estamento superior, inmaculado, pundonoroso.

Dicha mentalidad –reprobable y condenable en cualquier individuo y en todo segmento de la sociedad– se torna particularmente odiosa y peligrosa cuando quienes la ostentan son los depositarios de la seguridad de un país y están por ende en poder de las armas con las que supuestamente deben defender a la nación. *

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