El gran juego mediático
Toda ilusión de autonomía se ve conmocionada y coartada para el ciudadano argentino, con deseos de estar informado, en cuanto se enfrenta con la imagen del mundo mediático-virtual impuesta por el poder: los acontecimientos se multiplican a una velocidad vertiginosa y la regla que los ordena se escurre. Todo se torna incierto, los rumores mediático-policiales, mediático-políticos, mediático deportivos, mediático-farandulescos, mediático-sociales, tras haber sido repetidos tres o cuatro veces, toman carácter de evidencia y el peso indiscutible de pruebas históricas seculares.
Se construyen reputaciones de periodistas-policías, que garantizan una cobertura desinformante al servicio de intereses particulares pasajeramente en conflicto. Estos hombres formados, instruidos y entrenados para actuar en el secreto, armados de archivos reservados, disponen de diversas técnicas de manipulación y creación del consenso, en puntuales procesos en lo que hace a la realidad socio-político-cultural de la Argentina de hoy. La incertidumbre crece, la impostura se enriquece.
Un crimen sin explicación puede llamarse también suicidio, una coima en el Senado puede entenderse como fondos de necesidad y urgencia, la disolución de la lógica y el sentido común permite impulsar investigaciones y procesos que caen en lo irracional, falseados por singulares expertos de dudosa reputación, una suerte de poesía de los servicios. Lo expresado nos lleva a pensar que en otras épocas se conspiraba en Argentina contra un orden establecido. Pareciera que hoy en día conspirar a favor es un oficio de gran futuro. Bajo la dominación de este régimen, se conspira para mantenerla y para asegurar lo que solo ella podrá denominar su buena marcha, apelando a un revival de los años setenta (que persiste en forma legítima y dolorosa y a no dudarlo, solamente en la memoria de los que soportamos la dictadura militar y sus tremendas consecuencias: muerte, desaparición, exilio) y adaptados a un presente de futuro calculado, sumado a una falsa crítica contraperiodística y los macroproblemas desenfocados de la mira de las corporaciones económico-mediáticas.
La ley, por ende quizás de este modo actúa como corteza que legitima el delito, al no marcar los límites de un Estado omnímodo, cuya principal contradicción es vigilar, infiltrar, contestar a una seudooposición a la que se atribuye querer subvertir el orden establecido, quienes hoy están apelando al vacío ante el tema: «super poderes», un delirio con final calculado.
El estado actual de desarrollo de la industria mediática entonces se tensiona entre dos polos. En un extremo la figura enaltecida de algunos periodistas independientes, cuya opinión en lo que hace a la significación del mundo satisface el ideal del sujeto autoconsciente.
En el otro polo, la figura degradada y adictiva del «negocio mediático»: sensacionalismo, generación de estados de alarma, intrusión en el campo de las libertades individuales, «bombardeo» informativo al servicio de la desinformación, todas estas manifestaciones reduplican el caos de la realidad, deslizando al sujeto por la pendiente del sin sentido llegando a la disfunción narcotizante del exceso de información lanzada donde «parece que pasa de todo y no pasa nada».
En esta vertiente, el pacto de credibilidad se rompe, el receptor idóneo es dominado por la lógica de la sospecha y el fantasma de la mala fe del emisor, buscará como último refugio la «lectura-entre-líneas» para evitar sentirse un incauto frente a juegos de luces y sombras que pretenden extraviarlo en la ubicuidad de la ausencia de la verdad en la información mediática y en definitiva manipularlo.
El desprecio que despierta en la legítima inteligencia este «espectáculo mediático» hoy en acto, devuelve así por razones nuevas un atractivo a lo que, en tiempos de Kipling pudo llamarse: «El Gran Juego».
Compartí tu opinión con toda la comunidad