El neoliberalismo, enemigo de la democracia
Un factor que actúa a favor de la subsistencia de la retórica conocida como «pensamiento único» es su capacidad de repetición. Su permanencia y la asiduidad de su monserga. En realidad, sus «virtudes» como pensamiento son más bien las de sus bases materiales para la reiteración. O sea la capacidad de su aparato de propaganda.
Esa estructura estatal mediática procede, simultáneamente, a la eliminación de toda información que no sea favorable a sus axiomas favoritos. Si no encajan en la retórica neoliberal, los hechos no existen.
En la actualidad eso sucede con todo lo que tiene que ver con los logros del gobierno bolivariano de Venezuela, con sus acuerdos y realizaciones con Cuba, con el proceso que se desarrolla en Bolivia y, por extensión, todo lo que se relaciona con el nuevo proceso de integración en el Mercosur que los gobiernos progresistas de la región vienen impulsando: puesto que no es favorable a la visión estadounidense, la cuestión no existe. Sin el visto bueno del Banco Mundial, del FMI y demás agencias asociadas, las realidades emergentes no tienen lugar.
Dicho de otra manera, siendo la mención de la tolerancia un leit motiv permanente, el pensamiento único es expresión mayor de la intolerancia. Y es, por tanto, pertinazmente antidemocrático.
Sobre este tema acaba de publicarse un trabajo de interés excepcional escrito por un especialista reconocido, Eric Toussaint. La revista digital «Rebelión» difunde en estos días el prefacio del libro «Banco Mundial: El golpe de Estado permanente. La ruptura como salida».
Dice el texto mencionado: «La lista de gobiernos surgidos de golpes de Estado militares apoyados por el Banco Mundial es impresionante.
Entre los ejemplos más conocidos, citemos la dictadura del sha de Irán, instaurada en 1953 tras el derrocamiento del primer ministro Mossadeg; la dictadura militar en Guatemala impuesta por Estados Unidos en 1954 después de deponer al presidente democrático Jacobo Arbenz; la de Duvalier en Haití, en 1957; la del general Park Chung Hee en Corea del Sur, en 1961; la de los generales brasileños en 1964, la de Mobutu en el Congo y la de Suharto en Indonesia en 1965; la de los militares en Tailandia en 1966, la de Idi Amín Dada en Uganda y la del general Hugo Bánzer en Bolivia en 1971; la de Ferdinand Marcos en Filipinas en 1972, la de Augusto Pinochet en Chile, la de los generales uruguayos y la de Habyarimana en Ruanda en 1973, la de la junta militar argentina en 1976; el régimen de Arap Moi en Kenya en 1978; la dictadura en Pakistán desde 1978, el golpe de Estado de Saddam Hussein en 1979 y la dictadura militar turca en 1980″.
Y agrega Toussaint «El apoyo del Banco Mundial a los regímenes dictatoriales se ha manifestado con la concesión de ayuda financiera así como con la asistencia tanto técnica como económica. Este apoyo financiero y esta asistencia han ayudado a las dictaduras a mantenerse en el poder y perpetrar sus crímenes. Igualmente, el Banco Mundial ha contribuido a que estos regímenes no se vieran aislados en el escenario internacional, porque el apoyo y la asistencia han facilitado siempre las relaciones con los bancos privados y las empresas transnacionales.
El modelo neoliberal se impuso progresivamente en el mundo a partir de las dictaduras de Augusto Pinochet en Chile, en 1973, y de Ferdinand Marcos en Filipinas, en 1972. Ambos regímenes fueron apoyados activamente por el Banco Mundial. Cuando tales regímenes llegaban a su fin, el Banco Mundial exigía, sistemáticamente, a los gobiernos democráticos que los sucedían que asumieran las deudas contraídas por sus predecesores. En resumen, la ayuda financiera cómplice del Banco a las dictaduras se transforma en una carga para los pueblos. Estos deben pagar ahora las armas compradas por los dictadores para oprimirlos».
Las reflexiones del periodista de Le Monde Diplomatique son provocativas y, a la vez, bien fundadas. No resulta un ejercicio inútil intentar pensar por fuera de los estrechos límites impuestos por el pensamiento único.
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