Un periodista independiente que no lo es
Carlos Peláez
Desde hace cinco meses los uruguayos asisten –sin entender mucho– a un patético y perverso espectáculo. Leyendo crónicas periodísticas y cartas de lectores o lo que los oyentes dicen en las radios, me asalta la impresión de que el país ha dividido sus opiniones en torno al periodista Danilo Arbilla. Algo tan trascendente en sí como la importancia de la galleta malteada para las civilizaciones preincaicas, pero revelador de que este país está muy enfermo.
Pues bien, expongamos algunas premisas:
1) Arbilla no es un narcolavador.
2) Arbilla no es el periodista independiente que a todos nos dijo era.
3) El poder se mueve a espaldas nuestras.
4) La mitad de los periodistas creen que la otra mitad del periodismo uruguayo es una mierda.
5) Arbilla se comporta como un elefante en el bazar.
6) La institucionalidad, nuestra muñeca de porcelana, se tambalea en el estante.
Desde el viernes 9 de junio cuando la periodista María Urruzola expuso en el semanario Brecha lo que hasta ese momento sabía sobre la destitución del inspector Roberto Rivero y los movimientos realizados por el influyente periodista Danilo Arbilla, muchas piezas se movieron o directamente cayeron.
Las gestiones del Director de Búsqueda motivaron la destitución de Rivero como director nacional de Policía; la liquidación de la Brigada Antidrogas nada menos que en Maldonado; dejaron mal parado al vicepresidente de la República, Luis Hierro López; provocaron una severa caída en la imagen del ministro del Interior, Guillermo Stirling; tambalea el Fiscal de Corte, Oscar Peri Valdez; el fiscal de Maldonado, Gilberto Rodríguez, quedó expuesto como un funcionario sin personalidad y finalmente, varios aprovechan para intentar cobrarse la cabeza de la jueza Fanny Canessa. En el medio ha quedado el periodismo uruguayo, que sería tonto negarlo, tiene posición tomada a favor o en contra de Arbilla quién, en medio del marasmo y consecuente con su pasado, no se ahorra calificativos. Del otro lado hay un sistema político pusilánime que no llega a ver los riesgos institucionales planteados. Como tampoco los vio en 1973.
Asumamos que hasta el momento no existe una evidencia seria para sostener que Arbilla pueda ser un narcolavador. En realidad, éste es el único tanto a su favor porque en adelante todo lo que ha hecho demuestra que está muy lejos de ser el periodista independiente que durante 20 años nos dijo era. Desde sus páginas nos dio clases, formó intelectual y filosóficamente a muchos colegas; su prestigio profesional, social y político es innegable.
Pero ocurre que la gran mayoría, por las razones que fuere, olvidó que el vicepresidente de la SIP y presidente de la Comisión de Libertad de Prensa, fue un destacado funcionario de la dictadura uruguaya entre el 27 de junio de 1973 y fines de 1975, a cargo de la Dirección de Información y Difusión de la Presidencia de la República. Fue en ese período que se clausuraron varios medios de prensa; fueron detenidos muchos periodistas y se exiliaron otros; la dictadura cerró la sede de la vieja APU, algo que la nueva APU también olvidó.
En medio de tanta desmemoria no debería llamar la atención que el poder político se mueva para salvar al defensor del establishement. Alguien muy importante en el actual gobierno se preguntó off the record delante de varios periodistas: «¿Si la gente no le cree a Búsqueda, a quién le creerá entonces?»
Es decir, para los gobernantes el semanario de los jueves tiene características de Biblia. O peor aún. En la eventualidad, vaya uno a saber qué seres terribles –con rabo y cuernos– pueden llegar a ser a futuro los nuevos gurúes de la comunicación.
Entonces, una vez más, se acciona para demostrar que quienes actúan a conciencia son unos canallas, difamadores, resentidos sociales, con cuentas pendientes a cobrar (marque el casillero que mejor le parezca) y, por el contrario, quienes se roban todo o generan el descreimiento actual son víctimas de aquéllos. Todas las personas que en los últimos cinco años han denunciado a dirigentes políticos o gobernantes fueron condenados por esta lógica perversa.
El país parece tener sus valores al revés, y el poder trabaja para salvar a los culpables y culpar a los inocentes. La Biblia, sí. Pero junto a ella, también el calefón.
Para entender cómo funciona esto, me permitiré relatar dos hechos que conozco de primera mano, sólo porque participé en ambos.
En enero de 1998, después que denunciara las presiones que existían para trasladar a la jueza Canessa con el objetivo de evitar que procesara a un médico y dirigente del Partido Colorado, alguien muy poderoso vino a verme a casa. Pretendía que le diera el nombre del dirigente colorado que me había proporcionado esa información. Primero amenazó con citarme a una investigadora parlamentaria; como no tuvo éxito amenazó con «clavarme de cabeza en un juzgado». Le dije que esperaba la citación.
Entonces dijo algo muy soez, que no voy a reproducir, y luego aseguró que «haría echar a la jueza Canessa». En mayo de ese año el mismo sujeto se comprometió públicamente a terminar «con los jueces y periodistas que se reunían a tomar café». A la luz de algunos acontecimientos, todo parece indicar que por ahora va logrando su objetivo. Y esto se relaciona al segundo hecho que prometí relatar.
El 11 de febrero de este año, Danilo Arbilla me invitó a almorzar junto a otros dos colegas de Maldonado. Hasta entonces nuestro conocimiento mutuo no pasaba de habernos encontrado en algún juzgado.
Fue una jornada extensa, donde se habló de temas que interesan a los periodistas. En determinado momento preguntó sobre mi situación laboral y entonces dijo algo que, francamente yo sospechaba pero no tenía certeza: «Sé que vos estás en una lista negra de los empresarios de la comunicación de Maldonado». Resulta obvio que los medios radiales locales se han cerrado a mi presencia. Pero no sabía lo que sí sabía el presidente de la Comisión de Libertad de Prensa de la SIP.
Entonces le envié por mail algunos datos y el 3 de marzo constestó: «Recibí todos tus mensajes. Gracias. Creo que hay mucho tema para sentarnos a conversar e incluso ver la posibilidad de plantear una discusión a nivel de gremio sobre algunos de las inquietudes e informaciones tuyas. Un abrazo. Te llamo en cuanto llegue. Danilo».
Me quedé esperando lo que se proponía hacer el presidente de la Comisión de Libertad de Prensa de la SIP, que se ha interesado con mucho éxito sobre la situación de periodistas en Guatemala, Colombia y Perú. Pero nada ocurrió.
Su siguiente, y último mail, llegó el 18 de abril y me confundió: «Qué dice compañero. Leí su reportaje a la doctora Canessa, me pareció bueno y necesario.
Como hemos coincidido, esa señora vale mucho y es valiente y además, como ocurre siempre aquí con los orejanos, los tratan de reventar. Te voy a llamar en las próximas horas para reunirnos a tomar un café y charlar. Un abrazo, Danilo». Lo que a Arbilla le pareció una nota «propagandística» en realidad había sido realizada en el marco del Día Internacional de la Mujer.
Nunca más hubo mails, ni charla, ni café. Tampoco ninguna gestión del presidente de la Comisión de Libertad de Prensa de la SIP que revelara, por lo menos, alguna preocupación ante la existencia de listas negras de periodistas en Uruguay. Con todo derecho eligió destinar su tiempo a las gestiones que tuvo que hacer para defenderse de un oficio policial que lo acusaba. Ahora está en Perú y no
puedo menos que confesar mi asombro porque, en medio de ese berenjenal, continuó preocupándole más la suerte de periodistas de otra parte de América que de su propio país.
Sin embargo, hoy sabemos un poco más. Sabemos, por ejemplo, que Danilo Arbilla se comportó como un elefante en el bazar. Y también sabemos que esa muñeca de porcelana que es la institucionalidad, se tambalea en el estante ante la mirada impávida de todos. Y sé con exactitud que detrás de esto, también está empujando la mano del «poderoso» personaje que juró terminar con jueces y periodistas.
* Periodista
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