La Cumbre del Milenio
La reunión de los jefes de Estado de los países miembro de la Organización de Naciones Unidas en Nueva York constituye a la vez una impresionante instancia político-diplomática y una muestra actualizada del complejo –y hasta pintoresco– panorama del papel del organismo en relación con la singular y enredada situación del mundo.
Desde el punto de vista de las organizaciones contestatarias que hicieron oír fuerte sus voces de protesta en la Conferencia de Seattle, la actual conferencia de la ONU no aparece como centro de demostraciones del tipo de las ya realizadas ante organismos como el FMI o la Organización Mundial del Comercio.
Según da cuenta la prensa europea, quienes se oponen a la globalización, «ese arrollador impulso del capitalismo y la información, han enterrado el hacha de la guerra y prefieren esperar».
Para gran parte de estos movimientos la ONU es quizá el último dique contra la marea que impulsan las grandes corporaciones y algunos organismos internacionales.
En la sesión del miércoles, el sorteo en cuanto al orden de los oradores, llevó a Fidel Castro a ser el último orador de la tarde.
Un Fidel Castro del que el ultra reaccionario alcalde de Nueva York, Giuliani, había dicho que si entraba en la ciudad era contra su voluntad, hizo una apretada síntesis del pensamiento que comparten buena parte de los dirigentes de los pueblos del Tercer Mundo, señalando las responsabilidades de las potencias más desarrolladas y de las concepciones neoliberales prevalecientes en las tremendas desigualdades que afectan a la humanidad, el deterioro del medio ambiente y los riesgos para la subsistencia del hombre sobre la tierra que entraña las actuales relaciones predatorias del hombre con la naturaleza.
Clinton, una vez más, se colocó en una posición con aristas más o menos centristas, de acuerdo al «look» Tercera Vía en el que ha venido transitando de la mano de Blair y Schroeder.
El presidente saliente de los EEUU defendió el rol de Naciones Unidas, hecho que algunos comentaristas señalan como yendo contra la corriente de algunas fuertes tendencias anti-ONU hegemónicas en el Congreso de los Estados Unidos y que han llevado a este país a no pagar las cuotas a las que está comprometido, creando graves dificultades para el funcionamiento del organismo.
Se da cuenta así de un atraso de casi 1.700 millones de dólares que Washington debe a la ONU y no faltan quienes sostienen la conveniencia de que la ciudad de Nueva York expulse a las Naciones Unidas.
Una actitud de sabotaje parecida a la norteamericana vienen mostrando una cantidad de países que, como Japón, siguen pagando la cuota como cuando su economía estaba destruida por la guerra y no de acuerdo a su potencial económico actual. Algo similar ocurre con Arabia Saudita y Singapur.
A esta situación hay que sumar la existencia de mecanismos de decisión absolutamente antidemocráticos que permiten que los grandes países que integran el Consejo de Seguridad (Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia, Rusia y China) posean, cada uno de ellos, el poder de veto sobre cualquier resolución adoptada por la mayoría del conjunto de naciones pertenecientes al organismo.
En ese cuadro, los esfuerzos del diplomático de Ghana, Dr. Kofi Annan, resultan cuando menos patéticos.
Son enteramente compartibles sus palabras: «En una era en la que hemos aprendido el código de la vida humana y cuando podemos trasmitir nuestros conocimientos de un continente a otro en unos pocos segundos, una madre no puede entender por qué su hijo debe morir de malnutrición o por una enfermedad que pudo prevenirse. Estos desafíos no pueden ser afrontados por un solo país o un solo gobierno. Y los cambios no pueden ser detenidos por las fronteras.»
El Secretario General de la ONU terminó su alocución rogando a los asistentes que fueran conscientes de la solemnidad del momento: «Este es un acontecimiento único. Una oportunidad única. La responsabilidad, por tanto, es única».
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