Los frentes de lucha contra la droga

La sociedad se ha visto conmocionada por la muerte de un individuo a manos de su padre. Un filicidio no es un acontecimiento común y detrás del hecho de sangre, del procesamiento del padre homicida y del drama que ha vivido y vive esa familia, aflora una realidad en la que el consumo de drogas –y sobre todo de la versión «popular» de la cocaína, la pasta base– adquiere un protagonismo aterrador.

La dolorosa anécdota que desembocó en el hecho luctuoso parece calcada de otras situaciones, algunas de las cuales ni siquiera son objeto de crónica en los medios y nos enteramos de ellas por medio de comentarios de conocidos y vecinos: la adicción, la drogadependencia es tan fuerte, que quien se halla atrapado en esa esclavitud no repara en medios para obtener la sustancia que ha de calmarlo durante unos minutos. Es así que el adicto pierde todo parámetro moral o punto de referencia con tal de hacerse de la dosis necesaria; robos, arrebatos, rapiñas, son moneda corriente, y se llega incluso –como es el caso del hombre muerto por su propio padre– a vender muebles, electrodomésticos y hasta partes de una vivienda (hojas de ventanas y puertas) amén de otras pertenencias familiares para obtener recursos con que satisfacer las necesidades de droga.

Son innumerables los dramas familiares que se viven a diario, cada vez con mayor frecuencia, y fundamentalmente en los sectores sociales más vulnerables. Esta última acotación es de suma importancia, ya que estamos en presencia de un producto de bajísima calidad que, además de los trastornos que implica la adicción a toda sustancia psicoactiva, trae aparejado un daño adicional por su alta toxicidad debida al hecho de ser el residuo de la elaboración de cocaína refinada. Su precio es notoriamente menor que el de otras drogas y por ello el mercado consumidor está conformado en un altísimo porcentaje por jóvenes y adultos de clase baja.

La alarma de la población ante esta realidad es explicable, y se ha constituido una asociación civil, «Madres de la Plaza», integrada por madres y familiares en general de jóvenes adictos a la pasta base. Este grupo reclama una acción más firme de las autoridades y exige que se ataquen las «bocas» de distribución de la droga, a pesar de que es notorio que en el correr de los últimos doce meses la Policía ha asestado golpes importantes al negocio de venta de pasta base.

También reclaman tratamientos clínicos más eficaces, pues sostienen que los centros de rehabilitación –públicos y privados– ejercen una continentación del adicto muy limitada.

Toda esta realidad dramática debería obligarnos a reflexionar acerca del porqué los jóvenes (y cada vez más los niños) ingresan a ese mundo del que después no pueden salir. Entendemos que la lucha contra la droga debe darse en varios frentes a la vez: una acción policial –preventiva y represiva– en coordinación con Aduanas; la implementación de centros de rehabilitación para los adictos que abarquen los aspectos médicos pero también el seguimiento de los adictos recuperados por parte de asistentes sociales; y, finalmente, indagar en las causas que están detrás de las adicciones; es decir, por qué todos esos muchachos necesitan refugiarse en los paraísos artificiales.

Suponemos que en este último aspecto debe de haber una multicausalidad y nos consta que el problema no es para nada sencillo. Pero entendemos que es menester empezar a averiguar esos porqués de manera de poder enfrentar el problema y atacarlo en sus causas.

Hace ya demasiado tiempo que hablamos de que los jóvenes no tienen un lugar en la sociedad actual, que no tienen horizontes, que no avizoran un futuro auspicioso, que carecen de espacios donde reunirse. Es hora, pues, de reconocer esa realidad y buscar las formas de cambiarla. *

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