Crisis, desempleo y emigración

En la segunda mitad del siglo que expira comenzó a revertirse lentamente el proceso migratorio que había caracterizado a nuestro país prácticamente desde el comienzo de su vida como nación. Una serie de circunstancias había operado de manera de convertir a Uruguay en una tierra apetecible para los europeos que no hallaban en sus patrias las posibilidades de desarrollar una vida digna.

Es así que desde las naciones más pobres de Europa llegaban importantes contingentes a afincarse en un país con perspectivas y a integrarse a una sociedad abierta y acogedora. Los aportes de los inmigrantes extranjeros fueron numerosos e incidieron de manera notoria en la conformación de nuestra cultura y de nuestra idiosincrasia.

Pues bien, esa situación empezó a revertirse desde hace aproximadamente cuarenta años, y de ser un país de inmigrantes, Uruguay pasó a expulsar a sus hijos, a exportar obreros calificados, técnicos, profesionales que empezaron a advertir que su patria no les ofrecía un futuro medianamente potable.

Ya no se trata de atraer brazos y/o cerebros para poblar el país y hacerlo producir. Ahora, de lo que se trata es de atraer capitales sin importar los antecedentes ni los propósitos del inversor. Y sin que importe que los uruguayos sigan el éxodo.

Hoy la sangría no se ha detenido. Por oleadas, a impulsos que responden por lo general a situaciones particularmente críticas –como lo es el momento que estamos viviendo– los uruguayos (y fundamentalmente los jóvenes) se preocupan por obtener el pasaporte más que la credencial.

Inexorablemente, a medida que las cifras e indicadores van confirmando la «sensación térmica» percibida por todos, revelando un panorama sombrío y sin perspectivas, debemos asistir al triste espectáculo de las colas de jóvenes intentando obtener una visa, buscando en otras latitudes lo que su tierra les niega.

No deja de ser llamativo que al tiempo que nos enteramos del aumento alarmante del índice de desocupación, se produce otro empuje emigratorio. Pero el momento actual ofrece ciertas facetas que lo distinguen de otras situaciones de crisis. Hay, en efecto, aspectos subjetivos que cuentan y mucho en la decisión de emigrar. Y uno de ellos es la desesperanza, el descreimiento, que ha ido gananado poco a poco a la juventud. Una juventud condenada a escuchar mensajes optimistas y promesas de reactivación sistemáticamente olvidados o traicionados por la realidad brutal, que se ocupa de desmentir el discurso rosado (en más de un sentido) de que se valen las fuerzas conservadoras para mantener el statu quo.

Son quince años (si contamos a partir del retorno a la normalidad democrática) durante los cuales, con pequeñas variantes, quienes han tenido en sus manos la conducción de los destinos nacionales no se apataron ni un milímetro de las recetas impuestas desde los centros de poder.

Con una tenacidad digna de mejor causa –y con una lamentable orfandad de iniciativas–, se han mantenido fieles al modelo excluyente y empobrecedor, y nada han hecho para detener la sangría humana.

Palabras engañosas y promesas que no se cumplen han sido la única respuesta de los políticos tradicionales frente a un fenómeno aterrador.

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