La frivolidad de la Sra. Ruth Richardson
Jorge R. Bruni
«Nos tiene realmente indignados. No tenemos otra palabra para expresarlo. Como uruguayo, como ciudadano, como hombre que está en un cargo de gobierno, como representante de los trabajadores, no le puedo aceptar a esta señora que no conozco, que no se qué estudios ha hecho de nuestro país, que acusa a la OIT por haber destruido puestos de trabajo ….etc.»
Palabras de Ernesto Murro referidas a Ruth Richardson, quien se ha molestado en venir a Uruguay, perdiendo su precioso tiempo, para dictarnos sentencias varias, indicándonos qué es lo que los uruguayos tenemos que hacer para solucionar nuestros problemas. Con bombos y platillos fue recibida por el Presidente de la República.
Actuó altaneramente. No se podía esperar otra cosa.
1.- Mis discrepancias con Ernesto Murro.
Comienzo por decir que no estoy de acuerdo con mi amigo Ernesto. Esta cavernaria señora de funestos antecedentes es una figura muy conocida para quienes nos dedicamos al Derecho Laboral.
En 1991, siendo ministra de Finanzas de Nueva Zelanda, ¡cuándo no, la economía mandando a la política!, se le ocurrió eliminar la justicia laboral. ¿Qué le llevó a plantear tan peregrina idea?
2.- La propuesta de Doña Ruth
Según esta distinguida y retrógrada dama, recibida con los más altos honores por la derecha vernácula y algunos otros distraídos, cuando un trabajador negocia en forma individual las condiciones de trabajo con un empresario, lo hace en un plano de igualdad. Tiene el mismo poder negociador quien da trabajo que quien lo toma. La cuestión es la fuerza que cada uno tiene para imponer sus puntos de vista. Así de sencillo, descarnado.
Para ella es exactamente igual negociar un mísero salario que acordar la compra de una casa, un campo o adquirir un paquete accionario de una empresa transnacional, como ha sucedido en los últimos tiempos en nuestro país, con supermercados por demás conocidos, dicho sea de paso.
Todo es cuestión de quién tiene más poder negociador.
Y como la negociación se hace entre iguales, según Ruth, no tiene sentido entonces que exista una justicia especializada como la laboral, cuyo objetivo esencial es tener en cuenta, precisamente al momento de dictar sentencia, las diferencias que en la vida real existe entre los poderosos y los trabajadores.
Por ello uno de los principios sustanciales del D. del Trabajo y la Justicia Laboral es el protector, cuya traducción popular es «en caso de duda a favor del trabajador».
Según Richardson, si hay pleito, debe dilucidarse en la misma justicia civil y comercial donde se dirimen los conflictos entre los grandes terratenientes, intereses inmobiliarios, poderosos banqueros, grandes fortunas o sociedades anónimas transnacionales, en este último caso, siempre que no se les ocurra negar la jurisdicción nacional.
Todo ellos con sus poderosísimos staff de connotados estudios jurídicos – contables a cuesta a los que les da lo mismo hacer un divorcio, defender una empresa o prestarse a lavar dinero.
¡Bárbaro!, doña Ruth. La propuesta es digna de quien la presenta. Hay gente que entra a la historia reculando, decía Peloduro. O con los ojos en la nuca, que es lo mismo. Debo concluir que la proposición es acorde a la antigualla político – ideológica que la presentó, que más que andar dictando cátedra por el mundo, debería estar en un museo junto a Margaret Tatcher o Ronald Reagan. Al menos, por los resultados a la vista.
3.- Un debate inoportuno y sin sentido
Extemporáneo, porque usted, señora Richardson, dijo soberbiamente unos cuantos disparates y se fue.
Sin sentido, porque advierto que ni siquiera valdría la pena discutirlo. No por petulancia, sino porque intento controvertir ideas con fanáticos fundamentalistas, es perder el tiempo. Sean neozelandeses o de la farándula criolla.
Pero, venciendo la náusea, haremos un esfuerzo.
Sra. ex ministra de Finanzas, doña Ruth Richardson, o usted no sabe de lo que habla, o realmente se gana la vida haciendo mandados ajenos, que entre otras cosas le mandan decir que hay que tratar de limitar la actividad de los sindicatos.
Porque usted, distinguida señora, recordará sus propios dichos y actos. ¿No? ¿O acaso no impulsó en su país la Ley de Contratos de Empleos y la radical individualización de las negociaciones laborales en 1991, preocupándose además de limitar severamente la actividad y las facultades de representación de los sindicatos, (1) no sea cosa que traten de negociar de igual con aquellos que tienen la sartén por el mango?
Doña Ruth, ¿usted me quiere hacer creer que ignora realmente que cuando un trabajador busca trabajo en una empresa, solito con su alma, sin el sindicato, está en un plano de igualdad con el empresario? ¿No sabe acaso que no tiene la más mínima posibilidad de negociar nada, considerando la larga cola de candidatos desocupados y subocupados que tiene detrás? ¿Que pase el que sigue?
En definitiva, y para no dar por el pito más de lo que el pito vale, ¿desconoce que la relación de trabajo más que jurídica, es un vínculo en la que una parte, la empresa, dispone de la fuerza, y la otra tiene que aceptar lo que venga? Se trata de una relación de poder, mi querida Richardson.
Mire que esto de la relación de poder no es un invento mío. No soy un hombre de derecho destacado. No soy tan creativo y profundo. Apenas me considero un sintetizador y difusor de cosas ajenas.
Quien lo dijo es un señor llamado Hugo Sinzheimer, en un obra que se llama «La Crisis del Derecho del Trabajo«.
Este señor es citado por Mario Ackerman, profesor titular del D. del Trabajo de la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires, en un artículo publicado en «La Evolución del Pensamiento Jus Laboralista» en homenaje a ese ilustre hombre, orgullo uruguayo, que es el Dr. Héctor Barbagelata (2).
Y lo dijo en 1993, en Alemania. Era el año en que Hitler accedía al poder. El año «del caos oscuro y apenas imaginable» en leguaje de Ackerman.
En el nuestro, de aprendiz, era cuando se definía por el oficialismo nazi a los artistas disidente como «degenerados». Era el año de la Marcha Nazi de las Antorchas, perfectamente alineada, preparada desde años atrás, convergiendo hacia la puerta de Brandemburgo. (3)
4.- En conclusión.
Y todo esto viene a cuento porque en este mundo laboral, globalizado, el discurso, machaconamente repetido, es que lo importante es competir. Y si unos triunfan, otros pierden. Y para estos últimos son los reproches, el desprecio, responsabilizando al pobre de su pobreza y al ignorante de su ignorancia. Y esto tampoco es mío, señora ex ministra. Lo dice Mario Ackerman.
Y así, un poquito de a pie y otro poquito andando, como el burrito de San Fernando, como quien no quiere la cosa, ¿qué distancia existe entre los degenerados artistas de 1933 y los perdedores excluidos de este salvaje capitalismo que ha logrado, entre otras cosas, que la cifra global de las doscientas principales empresas del planeta representan más de un cuarto de la actividad económica mundial, y sin embargo emplean menos del 0,75% de la mano de obra mundial? (4)
Se lo digo de otra forma: la riqueza de las tres personas más ricas del mundo es superior a la suma del Producto Nacional Bruto de todos los países menos desarrollados, o sea ¡600 millones de personas! (5) ¿Qué le parece?
Sinceramente, Ruth, no la creo tan ignorante. Pero por las dudas, no estaría mal un repasito, no más, de lo que dijo Sinzheimer hace 67 años y lo que expresa actualmente el ilustre profesor argentino, q
uien afirma como al descuido: ¿Seremos acaso tan imbéciles como para repetir la experiencia?
(1) Ver G.M. Kelly. Efectos de la reestructuración en el régimen laboral de Nueva Zelanda en Revista Internacional del Trabajo 1995, Vol. 114, pág. 383
(2) «De Ganadores y Perdedores», en Evolución del Pensamiento Juslaboralista . Pág. 25 y ss.
(3) Gunter Grass. Premio Nobel de Literatura, en Mi Siglo. Pág. 137 a 141.
(4) y (5) Ignacio Ramonet en Le Monde Diplomatique Agosto 2000 . Efectos de la Globalización en los Países en desarrollo.
* Integrante del Equipo de Representación de los Trabajadores en el BPS
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