Hoy, 20 de mayo, se cumplen veinte años de uno de los crÃmenes más atroces de la historia contemporánea de nuestro paÃs: el asesinato de dos lÃderes polÃticos, Zelmar Michelini y Héctor Gutiérrez Ruiz y de dos militantes revolucionarios, William Whitelaw y Sonia Barredo.
Ya el episodio en sÃ, abordado incluso despojándolo de sus inevitables contextos, concentra toda la infamia, el engaño y la villanÃa de quienes en aquel momento se encontraban en las cimas del Estado, tanto en Argentina como en Uruguay.
Efectivamente, al asesinato de los dos dirigentes polÃticos conocidos por su militancia pública en el Frente Amplio y el Partido Nacional, se agregó el de una pareja de militantes jóvenes, inclusión mediante la cual se pretendió enturbiar las aguas presentando el episodio como una lucha entre grupos de izquierda.
Tuvo aquella mentira patas muy cortas. Y muy rápidamente el mundo supo que se trataba de un crimen de la dictadura uruguaya con la complicidad activa de los dictadores que se habÃan adueñado del poder en Argentina.
El asesinato de Zelmar y el Toba, desde entonces, se ha transformado en un episodio emblemático. Un punto de referencia para todas las personas, movimientos y tendencias polÃticas en el paÃs que se identifican con las tradiciones democráticas y libertarias que caracterizaron a Uruguay durante mucho tiempo.
Ambos legisladores formaron parte de la minorÃa de parlamentarios que en el invierno del 72, alzaron sus voces de protesta y sus denuncias, mientras el paÃs vivÃa bajo el “Estado de Guerra Interno” y regÃa la suspensión de las garantÃas individuales previstas en la Constitución.
En ese invierno de 1972, asistimos al prolegómeno del largo ciclo de dictadura que recién conoció su final en 1985. En ese momento en nuestro paÃs se instaló la maquinaria de la represión terrorista, se generalizó la tortura, se montó el andamiaje de la “justicia militar” y se violaron todos los derechos democráticos de la población.
Desde el Parlamento, prácticamente en soledad, los legisladores de izquierda se convirtieron en los portavoces de los derechos humanos de todas las vÃctimas de la represión. Por sus bocas se conocieron las denuncias que la prensa tenÃa prohibido publicar y que no llegaban a la justicia ordinaria pues ésta habÃa sido sustituida por fiscales y jueces militares.
En esos años siniestros, las resistencias democráticas se desarrollaron en forma clandestina y nunca cesaron. No cesaron en 1972 y tampoco en 1973 cuando el Parlamento nacional fue clausurado y en su lugar se instaló un Consejo de Estado nombrado por los mandos militares. Hubo una gigantesca huelga general contra el golpe y aun después de terminada la misma, la resistencia de los trabajadores continuó bajo mil formas.
En esos años, pese a que el cÃrculo de la dictadura se estrechaba en el Cono Sur, con dictaduras militares en Brasil, Chile, Bolivia, Paraguay y Argentina, las resistencias civiles se mantuvieron: denuncias que circulaban de mano en mano, colectas en solidaridad con las familias de los presos polÃticos, muros pintados que pedÃan la libertad de Seregni, de Jaime Pérez, de los rehenes y de todos los presos polÃticos.
Resistencias en la Universidad, manteniéndose el apoyo a la FEUU. Resistencias de los sindicatos agrupados en la Convención Nacional de Trabajadores que lograron enfrentar las campañas lanzadas desde el Ministerio de Trabajo para desalojar a la izquierda de las organizaciones obreras.
Cuando en mayo de 1976 se decidió ultimar a Zelmar y al Toba era una forma de reconocer que la batalla la estaba perdiendo el despotismo.
Era una forma de amenaza, cruel y brutal, propia del terrorismo de Estado, mediante la cual se les decÃa, a los hombres y a las mujeres que protagonizaban la resistencia cotidiana: nosotros, los dictadores civiles y militares, todo lo podemos. Somos omnipotentes. Matamos a Zelmar y al Toba, ¿qué no podrÃamos hacer contigo?
Recién 30 años después la justicia parece acercarse a este crimen contra la democracia y contra el pueblo uruguayo. *
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