Dignificar a las olvidadas de siempre

Gran repercusión ha generado a nivel nacional la noticia de que el gobierno, a través del Ministerio de Trabajo y del Parlamento, se dispone aprobar una ley que regula la tarea de las domésticas (y de los domésticos, que son el 1% del total). La iniciativa, en general, ha sido bien recibida por los diversos actores involucrados, sobre todo por las más directas afectadas: las propias domésticas.

No descubro nada cuando digo que el trabajo doméstico es, junto al rural, una de las actividades laborales más olvidadas y consistentemente dejadas de lado por los pasados gobiernos. De esta forma, no pueden asombrar ciertos datos y cifras:

1) Recién el año pasado se creó el sindicato de las trabajadoras y trabajadores domésticas/os, que cuenta actualmente con 500 afiliadas.

2) Es uno de los sectores de actividad que nunca ha participado de los Consejos de Salarios

3) De las 90.000 trabajadoras del sector, solamente 1 de cada 10 está en caja; mientras que el resto trabaja en «negro».

Salta a la vista, entonces, el desamparo y precariedad en que estas trabajadoras llevan a cabo sus tareas. También se puede notar cómo las anteriores administraciones prohijaron esta severa omisión.

Por supuesto, muchos podrán decir que si las cosas han funcionado así hasta ahora, ¿por qué molestarse en cambiarlas, en mejorarlas? Y seguramente saldrán los liberales a decir que con esta regulación se perderán muchos puestos de trabajo.

Tal vez, es una posibilidad que no se puede negar. Pero seamos claros, si alguien contrata a una trabajadora doméstica (o trabajador) y no le puede dar todos los beneficios sociales de los que debe gozar todo trabajador/a, entonces sencillamente lo está explotando, está lucrando a costa del futuro de esa empleada o empleado. Y posiblemente lo hagan de buena fe, pero con esa buena fe, simplemente están coartando el futuro de su empleada.

No es mi intención entrar en terrenos de discusión propios de la ética o la filosofía política; pero el planteo liberal de la posible pérdida de empleos nos lleva a la eterna discusión de si es preferible generar más trabajo pero a costa de los derechos y salarios de los trabajadores, o que se genere un poco menos de trabajo pero de mejor calidad en todo sentido.

Yo no tengo ninguna duda. Mi aspiración no es un proyecto de país como algunos de ciertas regiones, que generan una enorme riqueza anual al costo de los salarios y derechos de sus trabajadores. Me quedo con el modelo escandinavo (Suecia, Finlandia, etc), países que gracias a sus regulaciones han sabido mejorar la calidad de vida del conjunto de sus ciudadanos.

De esta forma, el proyecto de ley plantea un máximo laboral de 8 horas diarias y 48 semanales, con un día de descanso semanal obligatorio que sería el Domingo. Establece también que el personal que labora «sin retiro» (con cama) podrá disponer libremente de su tiempo.

Al igual que acontece con otros sectores, las domésticas tendrán derecho a la indemnización por despido luego de los primeros 90 días de trabajo; gozarán de cobertura por desempleo; subsidio por enfermedad y protecciones adicionales en caso de embarazo.

Será el propio Ministerio de Trabajo el organismo responsable de controlar el efectivo cumplimiento de la futura ley, y queda habilitado a realizar inspecciones domiciliarias (con la respectiva orden judicial) cuando exista presunción de incumplimiento de la misma.

Pero la iniciativa de este gobierno no se queda solamente en esta ley. También involucra la instalación del sector de las domésticas en los Consejos de Salarios del presente año, al igual que a los trabajadores rurales.

En definitiva, sin prisas pero sin pausas, estamos transitando el camino de los cambios prometidos en la campaña política. Buscamos profundizar no solo las vías de participación democrática, sino también incluir y dignificar a sectores sociales y económicos que muchas veces por carecer de voz propia y capacidad de presión, han sido postergados y olvidados por otros actores políticos, sociales y económicos.

En la sociedad integrada, justa y equitativa que pretendemos alcanzar, ya no son de recibo ni podemos admitir más postergaciones y olvidos. *

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