Destino, entre ilusión y esperanza
Erley Quinteros *
Vuelve a cabalgar entre nosotros, recorriendo el territorio y rincones de la patria, el fantasma de la emigración, destierro, exilio por la realidad socioeconómica. Fantasma que hoy miles de compatriotas miran como la posibilidad para aliviar la angustia que nos genera la falta de trabajo, la dificultad en vivienda, salud y educación. La posibilidad de emigrar se instala como el camino inevitable a recorrer para ir a forjar el futuro de cada uno en otras tierras. Quizás estemos signados ahí en lo más profundo de nuestro ser, por aquel acontecimiento histórico que llevó a la determinación de José Artigas al camino del éxodo, agobiado por las traiciones y derrotas. Pero hoy ¿qué sucede hoy en la tierra de Artigas? ¿Qué le pasa hoy a nuestra gente? También se sienten traicionados, decepcionados, pues ante las necesidades y reclamos parece que se mira para otro lado y no aparecen las respuestas o algunas medidas que puedan recrear la ilusión de la esperanza.
Derrotados en los anhelos de ir construyendo su futuro con la aspiración de sentirse útiles, productivos, es decir sujeto social activo, con lugar en su tierra para hundir sus raíces y lograr pertenencia, para mantener continuidad de sí. La herencia cultural nos da el carácter de sujeto histórico, articulado con vivencias en las relaciones familiares, la ciudad o pueblo, en los grupos de pertenencia, que son constituyentes de la identidad, instituida a través de, y que necesita transitarse en continuidad en tiempo y espacio.
La emigración es una ruptura en esa continuidad instituyente, que modifica al sujeto, a la familia, al grupo, que potencializa sentimientos contradictorios de descreimiento, bronca por el abandono, bronca por no ser contenido, sentimiento de rechazo, de olvido y soledad.
Por un lado el que se va se siente rechazado, sin lugar para él, con el profundo dolor (negado) por lo que deja, por lo propio y cotidiano. Por otro lado los de su entorno se sienten traicionados, abandonados, pues el otro no quiere quedarse a compartir las desdichas, pero también los invade el dolor de la pérdida.
Son muchos los sentimientos que se despliegan como un abanico, permeabilizando a la sociedad, formando en sí una constante cultural, parecería como signada por el destino. Impronta cultural en búsqueda de la tierra prometida. Parece volver del tiempo el único camino posible, camino recorrido con valentía por nuestro prócer. Pero es que hoy las condiciones son otras y no puede ser que el único camino de futuro para nuestra gente sea la opción de irse. En esto hay responsabilidades, ¿cuánto perdemos? En cada técnico, obrero calificado, artista, inversión que la sociedad ha hecho en prepararlos.
Hay responsabilidades y también hacernos responsables. Sería muy malo que siguiéramos incorporando como algo normal la modalidad cultural de la búsqueda de la tierra prometida creando sentimientos de ausencia del «no me importa», de partida permanente, de impotencia. Derrota en lo interno de los anhelos y proyectos, soledad ante todo.
Hay responsabilidades, unos más que otros, pero la labor es tratar de construir una sociedad que no acepte la soledad, soledad que es también pérdida, una sociedad que no abandone, no segregue, que sea capaz de contener a todos y saber darle un lugar en la forja de un destino propio y compartido para ser pertenecientes, es decir tener identidad, que no es solamente la historia, los símbolos, es también aquello que nos dice «la patria es el lugar donde todos los días miro el sol que sale y puedo ver con optimismo el futuro, planificar el mío y constuir el de todos».
La emigración es una herida que nos desgarra a todos, ruptura que debemos reparar, dolor permanente que hay que aliviar lo más rápido posible para avivar la esperanza de tener una patria justa, para que las generacioens que vienen no nos reprochen que no hicimos lo suficiente. ¿Qué hacer? La pregunta siempre nos cuestiona, es bueno formulárnosla, «donde nadie es más que nadie».
* Egresado de la Primera Escuela de Psicología Social Enrique Pichón Rivière, Bs. As., Argentina
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